Historias menudas

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Ricardo Medina

La Historia, así con mayúscula, se hace con las historias menudas. Con los relatos surgidos durante una velada de buena comida y buen vino. La memoria magnifica la narración y le añade detalles novedosos, tal vez míticos, o por el contrario la sintetiza en un aforismo o en una moraleja.

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1. Lucrecia Morales o la tragedia de conseguir marido. A fines de los años 60 y principios de los 70 era secretaria en un despacho de contadores. Dicen las malas lenguas que no usaba minifaldas sino cinturones exageradamente anchos, medias caladas y zapatos -de plataforma. Conoció a un joven abogado cuya principal virtud era ser hijo de otro abogado adinerado y tener fama de mujeriego. No se sabe si por redimirlo o por redimirse ella misma, Lucrecia se propuso conquistar al muchacho. No fue una tarea fácil, porque la familia del joven veía con malos ojos las muy morales intenciones de Lucrecia, quien deseaba casarse y no ser otra aventura del aspirante a -playboy. Lucrecia salió avante y hoy es una respetable madre de familia, infaltable en causas filantrópicas y morales. Defiende con denuedo los blasones de su familia política que hoy es su familia. Su casa en Valle es un verdadero encanto. Su marido es un costal de desórdenes nerviosos.

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La anécdota se vuelve historia al reflexionar sobre las causas de estos desencantos y desencuentros. Dicen que quien no pacta, cede, concede, renuncia o transa, no avanza. El marido de Lucrecia, agobiado y dichoso a la vez por el peso de los blasones y de las presiones paternas, siente nostalgia por los tiempos en que fuera soltero codiciable y no abogado codicioso. Nadie sabe si Lucrecia, quien oscila entre la mortificación y el desprecio por los desafortunados, es feliz. Los días se llenan con pleitos mezquinos que reproducen a escala los grandes pleitos nacionales, aquellos en que los políticos se descalifican unos a otros y en los que los medios de comunicación son plataformas para el lanzamiento de agravios.

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2. Pancho Villaflores y los símbolos de poder. Pancho fue un estudiante mediano pero tenaz. En su juventud fue devoto de las mejores causas morales y sociales. Las buenas amistades y las tardes somnolientas lo hicieron encallar en un partido político victorioso y seguro (hay varios, no sólo uno), y poco a poco las mejores causas se fueron transformando en las causas de Pancho Villaflores. Las buenas amistades, otra vez, y el azar (que según Napoleón nunca es causa de nada) lo llevaron al poder. Un poder que se mide por el grosor del blindaje en el automóvil, el número de sujetos que forman la escolta, los metros cuadrados de la casa grande y de la casa chica, la frecuencia de los viajes a Europa, el número de esquelas con su nombre que se publicarán al día siguiente de su muerte.

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Dicen que nadie sabe para quien trabaja. Pancho cree que sabe para quien trabaja, para sí mismo, pero en realidad trabaja para que su muerte sea medida en líneas ágata. En otra tarde somnolienta leyó, aburrido, un discurso de Václav Hável, en el cual el presidente checo decía a sus compatriotas al tomar posesión del cargo: “Supongo que no me han elegido para que al igual que mis predecesores también yo les mienta”…Pancho sonrió con amargura, movió la cabeza incrédulo… si Pancho Villaflores dijera eso decepcionaría a sus seguidores…Un hombre de poder, un hombre del poder, un hombre en el poder no puede decir esas cosas, no debe decir esas cosas. “Ese checo es un ingenuo o un insolente”, se dice Pancho en una tarde somnolienta.

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Historias menudas. Relatos de la gran historia. Reflejos del disimulo que parece haberse vuelto regla. No todo es así, ni seguirá siendo de esa forma.

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3. María y la ternura. Una jovencita cojea casi imperceptiblemente al cruzar una calle, y la sonrisa leve se le congela en un titubeo. Parece que el universo entero vacila por un instante y sale adelante merced a la ternura. María estrena la vida todos los días y es cómplice del sol, de las nubes, de la lluvia. María sabe que, como dijo León Bloy, sólo hay una verdadera tristeza: no ser santos.

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