Hora trágica

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Andrés Piedragil Gálvez

Hace 18 años, durante las primeras horas del 19 de septiembre, México enfrentó una de las peores tragedias de su historia: un sismo, cuya intensidad fue de 8.1 grados en la escala de Richter, causó devastación sin precedentes en el Distrito Federal. Algunas fuentes indican que 6,000 personas perdieron la vida; otras aseguran que 10,000 capitalinos murieron en el terremoto. Las pérdidas económicas se calcularon en varios millones de dólares.

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En la portada de su edición 426 (con fecha de 16 de octubre de 1985), Expansión analizaba el papel que el sector corporativo, ya debilitado por un ambiente económico difícil, había desempeñado en los días posteriores al desastre. La solidaridad fue el rasgo común: las industrias química y farmacéutica brindaron medicinas, material curativo y personal calificado; los restauranteros instalaron cocinas portátiles en las zonas de rescate; el sector textil proporcionó mantas, cobertores y prendas de vestir. Como ocurrió con otros grupos sociales, ante la lenta reacción del gobierno, los empresarios optaron por la vía de la acción.

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Incluso, algunos organismos consideraban que el lamentable evento tendría que contribuir a mejorar ciertas cosas. “Hay que aprovechar la trágica coyuntura para iniciar un cambio estructural, como la descentralización, tanto de la planta productiva como del sector gubernamental”, decía Carlos Mireles, en ese momento presidente de la Canacintra.

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A casi dos décadas de distancia, se puede afirmar que la lección de la solidaridad se aprendió bien. ¿Se puede decir lo mismo respecto a la descentralización?

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