Horror al éxito

He aquí un breve pero triste y emotivo homenaje a una nación que celebra con más entusiasmo los f
Javier Martínez Staines*

Los mexicanos somos el prototipo más acabado de la perpetua desconfianza. Basta con que alguien comience a coquetear con el éxito para atraer de inmediato una completa galería de suspicacias. En este país, el reconocimiento a la labor ajena no forma parte del diccionario de la vida cotidiana.

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Detrás de esta actitud, escondemos una especie de trauma paralizante. Bajo el estigma de un sentimiento de víctimas, nos invade el pánico escénico cuando nos cercioramos de que es posible ser (económicamente) exitoso: ganar dinero, ascender posiciones, obtener un empleo bien remunerado, viajar en primera clase… Los que logran hacerlo, merecen a la mayor brevedad posible una explosiva carga de adjetivos acusadores (sin descartar, por supuesto, que hay quienes sí se los han ganado con esmero): corruptos, narcotraficantes, transas, fayuqueros, etcétera. Es más fácil refugiarse en el aparente fracaso, que asumir la responsabilidad de compartir las ganancias. ¡Viva la derrota!

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A fin de cuentas, los mexicanos no nos quejamos: nos lamentamos. Somos maestros (y mercaderes) inigualables de la lástima. Eternos resentidos. Y, curiosamente, junto con el “pobrecitos” llega un estado vegetativo que no nos hace inmunes a los verdaderos abusos. Si alguien lo duda todavía, ahí están 70 años sin interrupción de reparto sexenal del poder entre batallones de priístas que hicieron lo que quisieron con el país, bajo la silenciosa complicidad de millones de compatriotas.

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Ese sentimiento de inferioridad es tan profundo que descarta cualquier tipo de acción, como no sea la de la efímera fuga que brindan las fiestas sin motivo aparente (a fumar, a chupar y a bailar, que el mundo se va a acabar). Lo más osado que se nos ocurre, ya cuando se trata de opinar, es dejar correr un río interminable de críticas. Y si se abre paso a la posibilidad de plantear propuestas, de crear, de proponer soluciones, entonces reina el silencio. ¡Qué flojera! Eso que lo decidan los expertos y los poderosos, que al fin y al cabo son los responsables de conducir el vehículo. Los demás no tenemos nada que ver.

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y, después de tan convincente terapia, ha dejado de tenerle horror al éxito. Retroalimentación a: jstaines@expansion.com.mx.

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