Mojados a la europea

Al igual que los mexicanos en Estados Unidos, la avalancha de sudamericanos, africanos y chinos prov
Yolanda Ruiz / Madriz

María Luna tenía un comercio en Ecuador. Vendía de todo. Pero tenía que fiar tanto, que siempre acababa con pérdidas. La situación económica de su país, cada vez más crítica, le hizo pensar en migrar a España. Junto con su marido y su hijo de siete años, emprendió la aventura hace dos años.

Hoy, ambos tienen permiso de trabajo y planes para quedarse a vivir en el país mediterráneo. Su esposo trabaja en un restaurante de la localidad murciana de Lorca y ella realiza tareas en el campo. María es una más en las estadísticas de los inmigrantes que residen en España, unos 800,000 legales y alrededor de 200,000 en situación irregular.

Aunque en total representan sólo 2.5% de la población del país, la sociedad ha puesto el grito en el cielo.

Temen la cultura ajena, la competencia laboral y el gasto que pueden ocasionar al Estado.

La última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de España revela que la inmigración es uno de los temas que más inquietan a los hispanos, después del terrorismo y el desempleo. Pero el país tiene otros problemas por los que preocuparse que guardan más relación de la imaginada con este fenómeno. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la población española descenderá 22% en 2045, fecha en la que los mayores de 60% serán 44% del total, mientras que hoy son 6%. Esto significa un envejecimiento acelerado que, junto a la tasa de natalidad más baja del mundo, hace peligrar el estado de bienestar conseguido por los ibéricos.

Si se cumple tal pronóstico, el sistema de pensiones será insostenible (se basa en los impuestos que pagan los trabajadores) y numerosos puestos laborales quedarán vacantes por el déficit de población activa. ¿Solución? Muchos son los que ponen la mirada en los inmigrantes para solventar estos problemas, que afectan también al resto de los países de la Unión Europea (UE), aunque en menor medida.

Juan Rojas, experto demógrafo, sostiene que "dadas las bajas tasas de fertilidad, el progresivo aumento de la esperanza de vida y el objetivo de mantener unas pensiones dignas en relación a los salarios, la única solución a corto plazo se encuentra en mejorar el nivel de empleo a través de la inmigración". También argumenta que el tamaño del flujo inmigratorio anual debería ascender de forma progresiva hasta alcanzar cerca de 200,000 personas anuales en 2050, de manera que se mantuviera la población actual. Con estas cifras, lo que está claro es que hacen falta cupos de inmigración muy superiores a los vigentes para resolver el problema de las pensiones. El propio presidente, José María Aznar, reconoce: "España necesita inmigrantes."

Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) aborda la paradoja del desempleo en la UE y la falta de mano de obra. Cita como ejemplo a España, en donde sectores como la agricultura, la construcción, la industria tradicional o la nueva industria tecnológica padecen un serio problema de mano de obra, a pesar de que el paro afecta a 2.5 millones de personas, 15% de la población activa.

Rosa Aparicio, directora de la maestría por internet del Instituto de Migraciones de la Universidad Pontificia de Comillas, en Madrid, asegura que si bien se puede integrar mayor personal femenino y extender la edad de la jubilación, eso no es suficiente para cubrir las carencias de mano de obra "porque el déficit es muy alto", y se requiere de los inmigrantes para ello.

En el libro La inmigración y la economía española, junto a otro experto, Andrés Torno, Aparicio desmitifica la creencia de que los inmigrantes representan una fuerte carga fiscal para el Estado. Según el texto, en 1998 éste desembolsó $481 millones de dólares en los gastos de salud y desempleo para aquellas personas extranjeras, mientras que el aporte de éstas a la Seguridad Social fue tres veces mayor: $1,485 millones. Hay quienes creen que como el inmigrante llega sin nada, "viene a vivir del erario; pero no consideran el siguiente paso, cuando empieza a trabajar y aporta. Por lo pronto, la gente lo ve como amenaza inmediata."

Pese a los recelos, muchas voces alertan sobre la necesidad de mano de obra adicional a la propia. Los economistas de Banco Bilbao Vizcaya-Argentaria calculan que España necesitará más de 300,000 inmigrantes anuales (hoy se autoriza la entrada a 30,000) para cubrir la demanda de empleos, si no cambian drásticamente las migraciones interiores dentro del país y la natalidad.

Según encuestas del CIS, más de la mitad de los hispanos piensa que los inmigrantes son necesarios para paliar el déficit de mano de obra y casi la mitad opina que su llegada es positiva para "un país desarrollado" pero también tienen miedo: 21% piensa que se trata de un fenómeno negativo para la nación y 18% reclama que este grupo "olvide sus tradiciones, aprenda el idioma y acepte las costumbres españolas como propias". Además, los encuestados diferencian claramente a los extranjeros según su nacionalidad: en tanto los latinoamericanos y europeos del este son bien recibidos, los magrebíes (de Túnez, Marruecos y Argelia) son rechazados.

Explotación y soledad

Mientras el debate sigue su curso, la realidad cotidiana de la inmigración se viste de empleo precario, soledad y un rechazo que en algunas ciudades o pueblos se ha convertido en un auténtico apartheid. Todo esto aderezado por una ley de extranjería restrictiva, que prohibe a los inmigrantes irregulares los derechos de reunión, sindicación y huelga.

Las ciudades de España están plagadas de encierros de inmigrantes que han utilizado las iglesias y las naves abandonadas para pedir una solución al gobierno: la regularización. El primer encierro tuvo lugar en el pueblo de Lorca, en Murcia. De ahí, esta estrategia se ha propagado por todo el territorio: Huelva, Granada, Barcelona, Madrid. Por ejemplo, en una iglesia de Orcasitas, un barrio en la periferia de Madrid, han vivido unos 50 irregulares durante meses, amontonados en el suelo de una capilla. Cerca de 30 son latinoamericanos, la mayoría ecuatorianos, y algunos peruanos, colombianos y argentinos. Una integrante del grupo, Narcisa, lleva seis años en España, es ecuatoriana y lucha por conseguir sus papeles. "No es que no haya trabajo en nuestros países, si hay, son países ricos, pero el beneficio es para pocos y la miseria es para muchos. Todo se ha privatizado, se ha quedado mucha gente en el desempleo, la situación laboral es cada vez más deprimente", relata esta mujer de 34 años que ejercía de bibliotecaria en su país.

Quienes peor la tienen son los desplazados, que viven en algunas zonas donde el rechazo es muy acentuado. El Ejido, un pueblo de Almería, al sur de España, es el mejor ejemplo de racismo y xenofobia. La mayoría de los trabajadores extranjeros son marroquíes. Trabajan en invernaderos, a 45 grados centígrados, con una humedad de 90% y en contacto con agentes químicos que dañan su salud. Pero casi peor que las condiciones de trabajo son el desprecio y el ataque sistemático de la población local contra los árabes.

La violencia

El pasado enero la xenofobia volvió a cobrar una víctima. Esta vez en Barcelona. Era madrugada cuando los vigilantes de un antro en el puerto de la ciudad mediterránea se opusieron a que un ecuatoriano, Wilson Pacheco, entrara a un bar de copas. Le propinaron una brutal paliza y luego lo echaron al agua. Murió ahogado. Aunque las cámaras del complejo Maremágnum grabaron la agresión y la policía detuvo a cuatro implicados en el homicidio, tres de ellos ya están libres.

Un rechazo también violento se produjo en febrero de 2000 en El Ejido, cuando el pueblo entero salió a la calle armado con bates de beisbol y escopetas a cazar un extranjero indocumentado. Este comportamiento se debió al asesinato de una chica a manos de un inmigrante, el mismo que había pedido ayuda unos días antes en el hospital porque se sentía trastornado. A dos años de ese suceso, la mayoría de los marroquíes no pueden entrar a los bares y si lo hacen les cobran más caro o les sirven mal.

Así le ocurre a diario a Mohamed Aamer, que cruzó el Atlántico en una patera (pequeña embarcación) junto a 32 personas, "todas muertas de miedo", recalca. La gente de El Ejido "es mala. Nos echa los perros. Una vez uno me atacó y la dueña siguió fumando su cigarro sin hacer nada. Nos miran mal, no les importamos. Dicen moro igual a mierda." Por eso y porque reciben un salario muy bajo por un trabajo muy duro que no quieren hacer los españoles, Mohamed y sus compatriotas quieren irse a Francia o Italia. "En España hay pocos extranjeros y por eso están cabreados con ellos."

Los empresarios siguen contratando mano de obra irregular porque es más barata, flexible y sumisa, a pesar que la nueva ley es más dura con las sanciones; la compañía que contrate ilegales pagará multas de hasta el equivalente a $500,000 pesos mexicanos si la descubren, e incluso pueden cerrarla hasta cinco años.

El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales asegura que muchas firmas se ven obligadas a contratar ciudadanos extranjeros en situación irregular porque el proceso administrativo de legalización es "difícil, lento y complejo".

Por el momento, el gobierno ha decidido establecer convenios con los principales países de origen de los migrantes. Ya lo ha hecho con Ecuador, Polonia, Marruecos, República Dominicana, Rumania y Colombia. Estos acuerdos pretenden establecer cuotas anuales de personas que llegarían a España con un contrato ya en regla.

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El mismo ministro del Interior (secretario de Gobernación), Jaime Mayor Oreja, admite que en un par de años se duplicará la cantidad de inmigrantes en España, y asegura que la nueva ley de extranjería "no es una orden de caza " contra ellos. El gobierno ya ha puesto en marcha dicha norma, a través del Programa Global de Regulación y Coordinación de la Extranjería y la Inmigración en España, la primera iniciativa para afrontar este nuevo reto, que durará hasta 2004.

Mientras el debate continúa, María Luna seguirá trabajando. No sabe que su presencia en el país ibérico es mucho más importante de lo que imagina. Tal vez lo alcancen a saber sus hijos, nacidos ya en España.

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