Industria editorial. Las batallas en el

Sin lectores y sin dinero, inmersos en una espiral crítica que cada vez aprieta más fuerte, los ed
María Hope

A la mitad del camino de una cadena que se inicia con los monopolios del papel y termina con la abstinencia de los lectores potenciales, la industria editorial mexicana transita hoy por ese lugar común llamado crisis.

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Sólo que, a diferencia de lo que ocurre con otros giros, su crisis tiene un componente estructural que la agudiza: la monopolización por el Estado de dos terceras partes de la oferta editorial.

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De acuerdo con datos de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), solamente los libros de texto gratuito representaron el año pasado más de 56% del acervo total que entró en circulación. Y este hecho, no necesariamente negativo en sí mismo, ha tenido tales repercusiones sobre el juego de la oferta y demanda, que se ha convertido en una especie de chivo expiatorio al que los editores atribuyen la fragilidad del sector y la delgadez extrema del mercado.

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Cierta o no tal factura, la realidad es que la industria editorial mexicana está encogiéndose a tal punto que, si nada cambia, no sería descabellado imaginar la entrada al siglo XXI con la mitad de los editores actuales y el doble de analfabetas funcionales.

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Hay mucha "pedacería". Por lo pronto, el número de socios en la Caniem ha caído en picada: en 1980 había 1,315 editores; en 1990 ya eran 880 y a la fecha suman 550. Más o menos la mitad produce libros y sólo unos cuantos combinan esta especialidad con la edición de publicaciones periódicas.

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La caída no refleja únicamente la des­aparición de empresas, los vaivenes de los editores ocasionales, la suspensión temporal de actividades en algunas firmas o hasta la negligencia para cumplir el trámite de inscripción, sino también un proceso de concentración que ha facilitado la expansión de unos cuantos grupos que controlan el grueso del mercado privado de libros: Planeta, Santillana, Noriega, Grijalbo, Diana, Trillas, Fernández, y otros.

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En 1990, 7% de los editores -aquellos que producían más de un millón de ejemplares- concentraban 75% de la producción, mientras en la base, 73% -aquellos que producían hasta 100,000 ejemplares- contribuyeron con 8%.

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Tres años después, la pirámide se acentuó: situados en la cúspide, 5% de los editores concentraron 74.8% del mercado, mientras en el estrato inferior, 70% de los editores se las arreglaron con 4.1% de la oferta.

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La tendencia a que menos editores controlen más mercados no es privativa del país. Sin embargo, aquí la industria vive una paradoja, expresada de la siguiente manera por Juan Saldívar, editor de Plaza & Janés: "En México está muy concentrada la producción editorial, pero no hay muchos editores grandes y fuertes. Hay mucha pedacería".

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Al paso en que van las cosas, ya tampoco habrá pedacería. Es probable que, arrastradas por el impulso globalizador, buena parte de las empresas se incorpore a distintos grupos nacionales o extranjeros, o simplemente se esfume.

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Sin embargo, el vaticinio de una total desaparición de las empresas chicas es muy débil, pues siempre habrá un nicho para microeditores muy especializados y de alta calidad. Por ejemplo: El Tucán de Virgina, El Equilibrista, Jordi Boldó, Ediciones El Milagro o Heliópolis.

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El mercado no es sanforizado. El encogimiento de la industria editorial en el último lustro es patente en las estadísticas elaboradas por IBCON, firma de información bibliográfica: en 1990 se publicaron 21,500 títulos con 142 millones de ejemplares (excluidos los libros de texto gratuito), y el número de novedades fue de 4,879.

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En 1993, la producción fue de 16,055 títulos con 107 millones de ejemplares, y el número de novedades, de 6,045. Los datos, empero, no son del todo comparables, ya que los procedimientos metodológicos que se siguieron entre el primero y el último informe se fueron afinando con los años y la base de los encuestados también varió.

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Julio Sanz Crespo, presidente de la Caniem, señala que el mercado ha decrecido a lo largo de varios años, pero en este último la contracción ha sido brutal.

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"Estamos desesperados", dice, y el lamento no es gratuito: "Estamos publicando menos de 4,500 novedades, sin que exista, como contrapartida, un aumento generalizado en los tirajes; además, la demanda ha caído a la mitad y lo que el año pasado se vendía en un plazo de dos a tres meses, ahora tarda cinco o seis, con el consecuente efecto que esto tiene sobre el ingreso de los editores y, desde luego, de impresores, encuadernadores, distribuidores y libreros (no es igual la situación de los papeleros porque ellos cobran contra entrega o no surten).

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Quienes han estado mucho tiempo dentro del área editorial dicen que esta crisis huele a vieja. Sin embargo, es como si a cada vuelta se presentara con mayor ferocidad, sumando nuevas víctimas, forzando a una racionalidad para la que no todos están preparados y creando en quien la vive el sentimiento de que nunca antes las cosas habían estado peor.

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En 1993, José Luis Ramírez, presidente de Editorial Diana, aseguraba a la prensa: "Este ha sido el año más difícil en la historia de la industria editorial del país". Las ventas, calculaba, habían decrecido 50% y aún las grandes editoriales estaban achicando el número de novedades. Sus palabras siguen vigentes.

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Plataforma de expansión. Pero la historia no siempre fue así. Tras el deterioro de la industria argentina a partir de la crisis de 1982, la industria editorial mexicana tomó la delantera en Latinoamérica y se convirtió en la segunda del mundo hispánico.

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Poco a poco, México se ha ido transformando en plataforma de expansión hacia el norte y el sur del continente para las empresas de otros países y algunas locales, no sólo para los llamados libros de entretenimiento o interés general, sino también para el controvertido libro de texto.

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"Editores de Canadá, Estados Unidos y España están interesados por invertir en México y para fines de este año y en 1996 vamos a tener muy buenas sorpresas", señala Sanz, sin mencionar nombres, para no estorbar las negociaciones. Son, sobre todo, consorcios que buscan alianzas estratégicas con sellos reconocidos para atacar el mercado de habla hispana en Estados Unidos ("con mejor poder adquisitivo y mejor nivel de lectura que los mexicanos de acá").

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En sentido contrario, algunas firmas extranjeras han optado por un replie­gue estratégico dado que la devalua­ción anuló sus posibilidades de nego­cio. Con Grupo Editorial Patria, por ejemplo, se deshicieron las alianzas que había establecido con Penguin y Lady Bird, ambas británicas, y la que hizo con NTC Publishing Group, de Estados Uni­dos.

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Por su parte, las empresas mexicanas están saliendo más en busca de opciones para coeditar, distribuir y vender (Alfaguara, por ejemplo, está lanzando en España a autores mexicanos con tirajes de por lo menos 15,000 ejempla­res), y es probable que venga una nueva oleada de fusiones y alianzas por las que algunas editoriales integren sus sellos a los de grupos poderosos, que "pueden ofrecer apoyo financiero, sinergia, for­mas más eficientes de control interno, y una estructura internacional de distribu­ción y comercio que solas quizá no al­canzarían ni en 10 años", según lo afirma el editor de un importante consorcio ex­tranjero.

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Ya no se pintan solos. Encadenadas invevitablemente a la industria editorial, las artes gráficas no se salvan de la crisis. Informes de prensa muestran una indus­tria agonizante, que no puede crecer por­que está ocupada en sobrevivir, golpeada también por el monopolio papelero y por problemas financieros que rebasan la coyuntura presente.

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Atomizada, y con un rezago de hasta 20 años, la industria ha sido calificada de ineficiente. Incluso, durante algún tiem­po, y hasta hace poco, algunas editoriales optaron por imprimir fuera del país por­que en términos de calidad, oportunidad de entrega, y a veces costo, les resultaba mejor. El Equilibrista, por ejemplo, lle­gó a imprimir en Estados Unidos y otros se fueron a Colombia ‑"el Singapur de las artes gráficas en América Latina", como lo llama un editor‑. Pero eso se acabó con la devaluación.

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Aun cuando la apertura permitió a muchos impresores gráficos mejorar sus insumos y sus equipos, el rezago general no se superó. Y quienes se embarcaron en procesos de modernización, acicateados por la competencia internacional tanto fuera como dentro del país, arribaron a 1995 con la soga al cuello. Hoy, entre los sobrevivientes abundan los negocios endeudados, con problemas de cartera vencida y cero liquidez.

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Pero a diferencia de lo que ocurrió con los papeleros a lo largo del último año y medio, los impresores no sacaron ventajas de la crisis. La padecieron. Sus "aumentos han sido menos drásticos y más escalonados, por lo que la industria editorial sí los ha podido absorber", según afirma el presidente de Caniem.

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Papeleros: un papel discutible. Mientras sectores como el papelero gozan de una cierta protección e incluso pueden ejercer prácticas monopólicas que desalientan el desarrollo de la cultura impresa, los empresarios ligados a la edición, impresión y distribución de libros son dejados a la deriva, sin considerar su muy particular circunstancia.

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En un análisis sobre la industria editorial y su tratamiento fiscal, Lorena Ruano, investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), escribe: "No resulta justo lanzar a las empresas a regirse por las reglas del libre mercado, si el Estado permanece como actor privilegiado, distorsionándolo". Y en el ramo editorial mexicano así ocurre.

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"Desde tiempos de Manuel Avila Camacho -recuerda la investigadora- la industria editorial había gozado de un régimen fiscal especial, que funcionaba como un subsidio para estimular la reinversión, y esto no sólo porque siempre se ha considerado al editorial como un sector clave para el desarrollo intelectual y cultural del país (por lo que el Estado se convirtió él mismo en el editor más importante), sino porque sus utilidades generalmente se quedan en los inventarios".

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Olvidando esta peculiaridad, en 1991 el gobierno salinista eliminó todos los subsidios e impuso nuevos tributos sin ceder un centímetro de su monopolio editorial. De este modo, mientras los editores luchan por la supervivencia, el Estado, dueño y señor de dos terceras partes de la oferta librera anual, "puede darse el lujo de regalar o malbaratar su producción porque no está sujeto a las reglas del mercado, ni al pago de impuestos, ni a la racionalidad empresarial", añade Ruano.

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En declaraciones a La Jornada, el escritor Sealtiel Alatriste, editor de Alfaguara México, asevera que aquí "se regalan dos libros por cada uno que se produce. Y esto -dice- es lo que tiene totalmente deprimido al mercado".

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