Industria química <br>Juego de gigantes

Las mutaciones de los consorcios mundiales dan el ritmo y el tono a la globalización del sector qu?

Fuertemente competida, en el mundo la industria química es conocida por su tendencia a las prácticas oligopólicas y un -modus operandi con cierta dosis de irracionalidad.

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Obligados por sus cuantiosas inversiones a producir en niveles que intermitentemente rebasan la demanda real, los gigantes químicos avanzan sorteando los abruptos altibajos de un mercado cíclico en el que, paradójicamente, ellos mismos presionan los precios a la baja.

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De algún modo sometidas a la lógica que los gigantes imponen, otras firmas de menor tamaño se reparten productos y mercados, desarrollan nichos vírgenes o poco explorados, pactan alianzas y luchan por sobrevivir en un ámbito gobernado por las leyes de la globalización.

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La industria química mexicana, concentrada en un puñado de grandes empresas, experimenta desde hace algunos años un dinámico proceso de recomposición que ha significado, entre otros cambios relevantes, la integración, fusión, reestructuración o desaparición de diversos negocios, la ampliación de los campos de acción de algunos -jugadores, el establecimiento de nuevas alianzas comerciales, tecnológicas o de capital e, incluso, la eliminación de la competencia en la fabricación de algunos productos.

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Consorcios multinacionales que hasta hace poco no podían sentarse a sus anchas en el farragoso terreno de la producción petroquímica del país, hoy apuestan a dominar el mercado orientando sus baterías hacia adelante en las cadenas productivas, ahí donde el valor agregado y la rentabilidad ofrecen mejores perspectivas: resinas, fibras o fertilizantes, por ejemplo.

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Círculos concéntricos
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Según datos de la Asociación Nacional de la Industria Química (ANIQ), entre 1994 y 1995 se produjeron cambios importantes en el sector. Con la compra de Celanese Corp. por parte de la alemana Química Hoechst, Celanese Mexicana —espina dorsal, según algunos, de la petroquímica privada en México— se deshizo de dos empresas: Resinas de México y Univex. La primera fue adquirida por Reichhold, una firma fabricante de pinturas y esmaltes, mientras que la segunda paró en manos de Alpek, la división química de Alfa, a través de una sociedad con DuPont. Univex produce el caprolactama con que se hace el nylon spandex.

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Asimismo, la producción de tripolifosfato de sodio (materia prima en la elaboración de poliéster) que antes se realizaba en tres empresas, quedó monopolizada por Girsa, toda vez que ésta compró Polifos, que a su vez había adquirido a su competidor. Por su parte, la tapatía Arancia compró a Canamex, ampliando con ello su capacidad de producción de resinas poliéster y etoxilados.

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Alpek adquirió además Tereftalatos Mexicanos (otrora paraestatal) e Indelpro, al tiempo que consolidó su alianza con Basf al elevar ésta a 50% su participación en Polioles, también de grupo Alfa. A su vez, se aliaron INSA-Uniroyal, Cydsa-Bayer y Troy-Albright Willson. En otro orden, y como parte de los procesos de racionalización y eficientización, Celanese desmanteló su planta de 2 etil hexanol (2-ETOH) y Primex hizo lo mismo con la de PVC que tiene en Puebla.

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En el campo farmacéutico, respondiendo a alianzas internacionales, -Roche y Syntex formaron el Grupo Roche-Syntex México. Roussel se transformó en Roussel Uclaf vía la alianza -Hoechst-Merrel-Roussel y Schering Plough-Agrevo en Agrevo Mexicana. Asimismo, la asociación Hoechst-Bayer en Alemania se tradujo en México en la formación de una nueva empresa: Dystar.

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Los ejemplos apuntan, sin duda, a demostrar que la concentración de la industria química es un proceso inexorable.

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Integración artificial
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En México como en otros países eufemísticamente llamados en desarrollo, el sector químico tiene una estructura a la vez compleja y contradictoria, que dista mucho del esquema seguido por los países industrializados, sedes de las más grandes firmas.

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Mientras en Alemania, Japón o Estados Unidos compañías como Basf, Mitsubishi o Shell encadenan procesos que van, por citar un ejemplo, desde la elaboración del estireno hasta la fabricación de lentes o cintas magnéticas (y en algunos casos desde la extracción o refinación del crudo), en México, salvo casos aislados, las petroquímicas se detienen en los insumos intermedios, cuyos márgenes no son tan altos como en los pasos subsecuentes de las cadenas.

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Para Raúl Millares, presidente de la ANIQ, no existe una real integración de la industria química mexicana. Por el contrario, en la medida en que el Estado impuso cerrojos a la participación privada en la petroquímica, a finales de los años 50, fincó una serie de barreras artificiales que han impedido una verdadera integración sectorial. “Se generó —dice— una línea divisoria en cuanto a la producción de unos y otros petroquímicos, impidiendo la integración y restándole competitividad a toda la industria”.

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Si bien el fenómeno tiene distintas lecturas y explicaciones, es innegable que esta rama tiene un peso fundamental en la industria manufacturera y en la economía en general. Según Millares, la petroquímica privada representa entre 15 y 20% del valor de la producción de la industria química. En esta lógica, las mayores inversiones se han -concentrado precisamente en dicho campo. Hay dos razones para ello: la dimensión de su infraestructura y la inminente -privatización de la petroquímica, luego de la última reclasificación.

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En el último lustro, las inversiones de este subsector promedian $500 millones de dólares anuales, pero se estima que aumentarán en los próximos años.

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Aunque algunas cifras suscitan sospecha: en la lista de ANIQ relativa a inversiones para 1996 aparece un proyecto del Grupo Serbo, que preside el mal afamado Sergio Bolaños, con $1,500 millones de dólares para una nueva planta de VCM, estireno, p-xileno, etileno, propileno y butadieno. Al canto, entre paréntesis, aparece la observación “difícil realización”.

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El resto de lo proyectado apenas rebasa los $1,000 millones dividido entre 11 empresas, de las que la inversión mayor es de Alpek, con $300 millones de dólares. Las otras son menores a $200 millones cada una (ver cuadro) y corresponden a empresas como Basf, Shell, Bayer, Canamex, Protexa-Motorola, Dow Química, Akzo (asociada a Alpek en Akra Fibras y Poliéster), Celanese, Insa y DuPont-Alpek. La suma de todos estos proyectos —algunos ya en ejecución— no alcanza la suma que registra Serbo.

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Otro caso de inversión que inquieta a la industria es el de Chem Tech, una empresa sin rostro que al parecer sirve como coor­dinadora para el desarrollo del parque químico más grande de Latinoamérica en Altamira, Tamaulipas, y constituye el embrión del primer -cluster.

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Poco se sabe de ella excepto que estaría operando en condiciones de privilegio. Una resolución emitida en el -Diario Oficial a mediados del año pasado la autoriza a elaborar ocho -petroquímicos secundarios en una planta que deberá iniciar operaciones en 1997. Asimismo, se le autoriza para traer del extranjero sus materias primas —entre ellas las naftas, que vendrán de Panamá—, vía un contrato con Pemex establecido para el efecto. Lo curioso es que “nadie” sabe quiénes son sus dueños ni de dónde viene el capital, no obstante estar respaldada por el gobierno de Tamaulipas.

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Para jugar en grande
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Pese a las lustradas cifras de la ANIQ, relativas a un universo poco mayor de 200 compañías grandes y medianas, sucede que una parte considerable de los negocios que existen en México está conformado por empresas pequeñas, poco sofisticadas o incluso obsoletas, contaminantes, con bajos niveles de capitalización y orientadas por necesidad al mercado interno.

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De 4,000 compañías registradas por Canacintra dentro del ramo de la industria química, a lo sumo 180 son grandes, 251 medianas y el resto (casi 90%) pequeñas y micro.

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El tamaño no es irrelevante. Víctor Manuel Terrones, ex presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación (Canacintra), explica que en la industria química se conjugan dos esquemas de producción: el de los -commodities y el de la química fina. Y aunque en ambos casos los jugadores dominantes suelen ser firmas modernas con tecnología avanzada, en el primero se trata de compañías gigantescas con procesos continuos de producción, grandes escalas y mercados masivos. Es el segmento en el que recaen las ventajas competitivas de este grupo.

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No es coincidencia, pues, que sean enormes corporativos quienes manejen el grueso de la producción, las ventas y el comercio exterior de este sector.

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Como en el resto del mundo, también ellos están racionalizando sus estructuras, deshaciéndose de activos no rentables y adquiriendo otros que les favorecen. Girsa, por ejemplo, “se tuvo que enfocar a un grupo de negocios básicos, se deshizo de una serie de actividades y de plantas y redefinió su estructura corporativa”, cuenta Millares.

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La tendencia supone cierto grado de especialización en función de ciertos productos y/o cadenas. Es el caso de los etoxilados, por ejemplo, en los que una sola firma, Polioles, concentra 82% de la producción; el resto se lo reparten 40 empresas. En el caso de la urea, la empresa que domina la producción privada es Agroquímicos. Interesada en la planta de amoniaco que Pemex tiene en Cosoleacaque, su adquisición le permitirá controlar prácticamente toda la producción y el mercado de fertilizantes en el país.

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Del otro lado de los números
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Distantes de la estadística de ANIQ como Plutón del sol, las cifras de Canacintra dan cuenta de un fenómeno que ha extrañado a muchos: la proliferación de micro negocios en plena crisis. Durante 1994 desaparecieron de la escena cinco firmas grandes, 12 medianas y 35 pequeñas; en cambio, las micro crecieron más de 15%.

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Según Terrones (él mismo es un industrial del ramo) la proliferación ocurrió como una alternativa de supervivencia que halló cauce sobre todo en el campo de las formulaciones, área que ANIQ excluye de su definición de industria química.

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Valga, empero, una precisión: las cifras de Canacintra están basadas en las de INEGI e incluyen no sólo a las empresas productoras de químicos propiamente dichos, sino a negocios que los transforman en productos finales: fabricantes de -detergentes, artículos de limpieza, farmacéuticas, del plástico y hasta de juguetes.

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Es conveniente, pues, tomarlas con pinzas o, de plano, pasarlas por alto. De cualquier modo, en términos cualitativos el proceso que ha seguido la industria tiene rasgos muy similares. Véase el caso de la rama farmacéutica, donde el proceso de reacomodo del mercado cobró con la apertura dimensiones violentas.

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César Conde, actual presidente de la Comisión de Petroquímica de la Canacintra, comenta que algunas empresas que operaban con costos relativamente mayores a los de la competencia optaron por traer los productos terminados y, abandonando el grueso o todas sus líneas de producción, se convirtieron en revendedores.

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Ciertamente, matiza, algunas políticas gubernamentales de sexenios anteriores habían minado el potencial de la industria, al menos en ciertas áreas. México, que hasta principios de los años 70 era el primer productor de diogenina, usada en la formulación de -anticonceptivos, se convirtió en muy poco tiempo en importador neto “gracias” a los oficios de un presidente que, preocupado por el desarrollo del Tercer Mundo, dio la pauta para que otras naciones de Asia y África le ganaran la batalla al país, desplazándolo completamente del mercado.

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La realidad hoy es que la industria farmacéutica mexicana no ha podido levantarse, si bien el camino de las exportaciones le ha dado aire a algunas de ellas. Según Conde —y los datos de INEGI lo confirman— en menos de un decenio la planta productiva se redujo de 99 a 11 laboratorios. Asimismo, mientras en 1987 se producían más de 200 productos farmacéuticos básicos, hoy se fabrican sólo 25.

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Y lo grave, concluye, es que salvo una que otra excepción estas empresas son subsidiarias de firmas internacionales cuyas estrategias de crecimiento, producción y ventas obedecen a criterios de rentabilidad empresarial aplicados desde las matrices, en general lejanos de las prioridades nacionales, lo que coloca al país en una posición muy vulnerable.

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Su temor no es infundado. Hace algunos meses, Guenther Martin, presidente de Hoechst en México, declaró a EXPANSIÓN, a propósito de las compras y fusiones que el grupo estaba haciendo, que “lo que se busca es un mejor rendimiento de las empresas. No sabemos cuántas compañías continuarán o desaparecerán, ya que esto depende de las ventas, compras o -joint ventures que realice Hoechst AG a nivel mundial.”

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En la actualidad, esta industria —la mayoría de cuyas cadenas productivas está desintegrada— depende fuertemente de insumos extranjeros, encarecidos ahora por la devaluación del peso. Esta circunstancia, aunada a la depresión del mercado interno (de entre 45 y 50% en el caso de fármacos populares), ha gatillado las exportaciones, pero ha propiciado al mismo tiempo escasez y desabasto.

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Rentable, ¿para quién?
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Fundamental y estratégica, la industria química nacional no cubre ni de lejos la demanda interna, no obstante la disponibilidad privilegiada de materias primas.

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Hace tres lustros México formaba parte de la élite petroquímica mundial. Ahora tiene que importar más de 50% de los insumos derivados de los hidrocarburos. Al margen de la obvia necesidad de comprar en el exterior lo que no se produce aquí, dos hechos explican el febril crecimiento de las importaciones.

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Por un lado, está la insuficiente oferta petroquímica de Pemex. Millares, también director de Polioles, estima en $870 millones de dólares el valor de las importaciones realizadas en 1995, “sólo para cubrir los faltantes originados por la paraestatal”. Según él, hoy sólo hay dos productos que exceden la demanda nacional: amoniaco y etilenglicol; “en el resto hay déficit”.

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Por otro lado, ocurre el abandono deliberado de la producción de algunos insumos para sustituirlos por sus similares importados. Celanese, ilustra Gilberto Ortiz, ex presidente de la Comisión de Petroquímica de Canacintra, cerró en México su línea de 2 etil hexanol y ahora lo trae de su matriz en Alemania.

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Criterios de rentabilidad, dirán algunos. Sin embargo, para Ortiz se trata de una decisión de alto costo para México en la medida en que supone una triangulación de productos y procesos que redunda en un menor beneficio: Hoechst en Alemania importa de Celanese Corp. el acetaldehído que Pemex exporta y que aquélla utilizará para producir, entre otras cosas, el 2 etil hexanol que luego exportará a sus subsidiarias. ¿Es esto lo que se entiende por más rentable? O tal vez la pregunta correcta debiera ser: rentable, ¿para quién?

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Es un hecho que siendo la química una de las divisiones más dinámicas de la industria manufacturera del país, su creciente dependencia de insumos extranjeros ha convertido en crónicos sus déficit.

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Mucho ruido... ¿y las nueces?
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De acuerdo con datos de ANIQ, la producción de la industria química pasó de 21 millones de toneladas en 1994 a 22.5 millones el año pasado, y su participación en el PIB manufacturero se mantuvo, como desde hace algunos años, en alrededor de 18%. Con un comportamiento privilegiado a lo largo de 1995 (11 de las 13 ramas que la integran tuvieron crecimientos muy significativos en producción y ventas), las empresas del sector no lograron, sin embargo, eliminar sus desequilibrios externos.

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Las exportaciones químicas de 104 empresas grandes y medianas registraron incrementos sustanciales al punto de que entre noviembre de 1994 y noviembre de 1995 el saldo negativo de la balanza comercial del sector retrocedió 50%; el déficit total se contrajo de $2,111 millones de dólares a $901 millones, al lograrse un incremento de 49% en las exportaciones mexicanas —que ascendieron de $2,272 millones de dólares a $3,403 millones— y una reducción de 1.82% en las importaciones —que bajaron de $4,384 millones a $4,304.

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Es una incógnita hasta dónde este avance representa una tendencia de largo plazo que elimine la cronicidad de los desequilibrios. En su análisis coyuntural, la ANIQ expone que en el último trimestre del año pasado “sectores como el de fibras artificiales y sintéticas, petroquímica, hules y hulequímicos presentaron reducciones significativas en sus volúmenes de ventas al exterior”, debido quizá al repliegue de los precios internacionales, motivado por la “creciente sobreoferta de los mercados, el comportamiento cíclico de la industria y el aumento de los costos en pesos”.

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Es inquietante, además, que las exportaciones a Estados Unidos (que capta 45% de las ventas mexicanas de químicos al exterior) no estén creciendo al ritmo que podría esperarse en virtud del TLC, del tamaño de su propio mercado y de la magnitud de las operaciones que tradicionalmente se realizan. Mientras Canadá casi triplicó sus importaciones de químicos mexicanos, Estados Unidos las elevó 39%. Con la Comunidad Europea se registró en cambio un incremento de 140% en favor de las exportaciones mexicanas y de 52% con los países de la ALADI.

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Las políticas comerciales de las compañías multinacionales, la propia capacidad de producción, el valor de las divisas y los movimientos mundiales en torno a la oferta y la demanda son algunos de los factores determinantes del crecimiento exportador de México.

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En cualquier caso, y siguiendo una tendencia mundial impuesta por la globalización de las empresas, una parte sustancial de los intercambios con los países más desarrollados en este campo se dio por efecto de los flujos intrafirma que realizan las matrices con sus subsidiarias. -Significativamente, el desbalance mexicano radica de manera fundamental en el comercio -desarrollado con tres potencias: Estados Unidos, Alemania y Francia, países cuyos capitales tienen en México una fuerte presencia dentro del ramo.

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Volver adentro
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Frente a esta realidad, la reactivación del mercado interno es apremiante. El colapso que afecta casi sin excepción a todas las ramas de la industria repercute en la química. La demanda local de -insumos también está en declive. Las exportaciones han resultado una efectiva salida de emergencia, pero no una solución estructural o de fondo; esta vez la caída del mercado doméstico coincidió con un repunte de la demanda internacional, pero estas coincidencias no son frecuentes.

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Según José Montemayor, director de ANIQ, “todos los países desarrollados tienen industrias ancla que se sustentan en el mercado interno”. Mientras en ellos los montos de exportación suelen variar en torno al 20% de la producción, en México el promedio es de 40% y hay empresas que llegan a vender hasta 90% de su producción fuera del país.

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“Lo que tenemos que hacer es encadenar empresas a través de una estrategia de apoyo a proveedores y clientes”. Pero este apoyo, aclara, no puede estar basado sólo en el precio. A estas alturas, la competitividad se sustenta fundamentalmente en factores que tienen que ver más con la calidad, el diseño, la administración de los recursos, la modernización gerencial, la escala y la eficiencia de los procesos tecnológicos.

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Todos los entrevistados creen que el potencial de desarrollo de la industria química mexicana es enorme. Pero los tiempos cuentan y no es fácil sobrevivir a largo plazo si las condiciones de una mayor competitividad no se dan. Cuáles son estas condiciones, es una cuestión en la que aún hay diferencias y es probable que las siga habiendo hasta el final de los tiempos. En un punto coinciden, sin embargo: el futuro depende de lo que ocurra con la petroquímica.

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Rodolfo Navarro, presidente del Instituto Mexicano de Ingenieros Químicos (IMIQ), y Juan de Dios Mastachi, organizador de la Expoquim, no eluden el debate. “México —opinan— ya no tiene ni el tiempo ni el dinero que se requiere para resolver las limitaciones estructurales de su industria, ni para construir plantas con las economías de escala que quisiéramos”.

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Es necesario, entonces, buscar salidas que partan de lo que hoy existe. Después de todo, la industria -química-petroquímica ha logrado crear tecnologías suficientemente competitivas como para situar a las empresas mexicanas al nivel de muchos competidores y que bien pueden servir como plataforma de arranque. Para ello se “requiere una definición interna muy clara de las empresas petroquímicas privadas y estatales, que asegure la inserción de una estrategia de desarrollo tecnológico como parte fundamental de su estrategia de negocios”. Más allá de quiénes resulten ser los nuevos jugadores, la industria, advierten, no podrá recuperar su fuerza encadenadora sin una estrategia que ponga por delante las necesidades del país.

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¿Hasta dónde esto es posible en un mundo globalizado, en el que las grandes transnacionales centralizan sus decisiones al tiempo que descentralizan sus negocios y sus capitales?

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Según Montemayor, el peso de estas firmas en México es todavía poco significativo. ¿Habrá que deducir de esto que México aún tiene un amplio margen de maniobra? Si así fuera, la duda seguirá existiendo. El futuro de la industria química pende de un hilo invisible. Tal vez algún alquimista pueda hallar a tiempo una respuesta.

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