Inferiores, absténganse

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Xavier Velasco

La presente es para certificar que la señorita Fredesvinda Schwarzekatzen desempeñó sus servicios en esta empresa durante los últimos siete meses. Cabe añadir: los más memorables en la triste vida de su Inmediato Superior.

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Más allá de su excedente presentación, la señorita en cuestión se distinguió por su total entrega en horas de trabajo, para satisfacción y estímulo de su Inmediato Superior. En tal sentido, y con el fin de subrayar la agudeza de su percepción, cabe hacer ver que aun sin haber leído nuestro Manual de inducción, Fredesvinda alcanzó los más altos niveles en otro tipo de inducciones. En especial el día que indujo a su Inmediato Superior a triplicarle el salario –con la consiguiente mejoría en las prestaciones– armada de los argumentos más sólidos jamás vertidos.

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En todo este tiempo, la empleada acometió sin miedo los conceptos comprometidos, evitando con éxito las concepciones comprometedoras. No obstante, su Inmediato Superior reporta que con frecuencia sus ventajas y atributos elevaban en tal medida su potencial humano que veíase orillado a descuidar todo control de calidad, en aras de un incontrolable desplazamiento de producto. Todo lo cual fue, ciertamente, un importante factor de motivación no sólo para su Inmediato Superior, sino para un porcentaje altamente representativo de la plantilla laboral. Si bien no se mostraba participativa en las tormentas de cerebros, la señorita demostró ser una experta atormentando las neuronas de nuestros mejores elementos, ante la sola perspectiva de un próximo encuentro entre sus mutuas directrices.

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Lo anterior, evidentemente, ha resultado motivo de orgullo personal y gratitud profesional para su Inmediato Superior: nadie como ella ha elevado en tan alta medida su imagen hacia dentro de la empresa, amén de su moral en la batalla. Y es justamente ese combate, librado sin cuartel en contra de una cónyuge naturalmente insolidaria, el que hoy obliga a su Inmediato Superior a redactar la presente, atendiendo a una conveniencia flagrantemente monopólica.

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Ninguna persona sabe mejor que la eficiente señorita Schwarzekatzen lo que esta pérdida nos afectará, pero ello no es razón para que ahora la recomiende con argumentos endebles que a la postre la perjudicarían. Si he de poner un énfasis en sus habilidades personales, que sin duda son múltiples y de la más sensible modernidad, sería poco honesto elogiar su desempeño como secretaria, asistente, ejecutiva o directiva –puestos que fue escalando mes a mes, sin para ello tomarse la molestia de al menos levantar una engrapadora–, dado que en una profesional de su clase no se elogian tanto los méritos como los resultados. En este sentido, debo confesar que Fredesvinda no ha hecho en esta compañía sino llevar los índices a un alza permanente. No vayamos más lejos: es por causa del índice de mi esposa, quien para mi desgracia es propietaria de la firma, que ahora me veo escribiendo esta misiva.

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Fredesvinda Schwarzekatzen no es, cómo afirma mi cónyuge, “una seria amenaza para la organización”. Pues al contrario, son justamente las amenazas de mi señora las que no me permiten continuar empleándola, so pena de ya nunca más volver a ser el Inmediato Superior de nadie. Así las cosas, extiendo la presente con sincero pesar por la sensible pérdida, si bien confiado en el luminoso porvenir de mi hasta ayer cercana colaboradora: la mujer a quien tantas veces vi ponerse la camiseta, luego de haberle echado ganas durante las horas-hombre mejor capitalizadas de mi existencia.

Por todas las razones anteriores, amén de dolorosas sinrazones conexas, me permito certificar que jamás lo inmediato fue tan superior.
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