Inventar el hilo negro

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Sergio Sarmiento*

No es difícil ver cuáles son los países que han logrado salir de la pobreza en el último medio siglo. Son muy identificables. En Asia: Hong Kong, Taiwán, Singapur y Corea del Sur; en Europa: España e Irlanda; en América Latina: Chile. Todas eran naciones más pobres que la nuestra hace unas cuantas décadas. Hoy tienen un nivel de vida que ampliamente nos supera. Todas vencieron la pobreza, mientras que en México sigue carcomiendo a la sociedad.

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Ninguna de ellas pretendió descubrir súbitamente el hilo negro de la economía. Si bien cada una tuvo una filosofía particular, todas entendieron que hay ciertas reglas que permiten que un país funcione y se desarrolle. Abrieron así su economía, porque comprendieron que en un mundo globalizado sólo el comercio puede promover las ventajas competitivas y generar riqueza.

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Mantuvieron finanzas públicas sanas, para no endeudar a sus futuras generaciones. Permitieron la inversión privada, para dejar al Estado el papel de regulador y otorgarle el de inversionista solamente en aquellas áreas en que la iniciativa privada no puede intervenir de manera rentable. Invirtieron además todos sus recursos disponibles en infraestructura física y en educación.

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No es en realidad una fórmula muy difícil. México pudo haberla aplicado hace décadas y dejado atrás esa lacerante miseria que tanto sufrimiento genera. Lo sorprendente es que, a pesar de la evidencia de que esa estrategia funciona, nosotros continuamos aferrándonos a recetas económicas obsoletas.

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Los sectores de la economía que se han abierto a la globalización han tenido un buen desempeño, pero ante el persistente cierre al mercado en actividades como la energética, nuestros productores tienen que competir en condiciones de desigualdad al pagar más por combustibles y por electricidad de inferior calidad.

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Hemos logrado un mayor equilibrio en las finanzas públicas, pero no el suficiente, por lo que la deuda para las futuras generaciones sigue aumentando. Hemos mantenido las restricciones a la inversión privada en campos estratégicos, precisamente donde es más necesaria, y en cambio hemos mantenido un Estado que interviene constantemente en las decisiones de los productores o que produce él mismo. Finalmente hemos gastado el poco dinero que tiene el gobierno en burocracia, en lugar de en infraestructura y educación.

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No nos debería sorprender que México siga siendo pobre.

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El problema es que nuestros políticos insisten en aplicar estrategias obsoletas con la esperanza de que en el camino de alguna manera podrán descubrir el hilo negro del desarrollo.

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*El autor es columnista de Reforma.

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