Inversión extranjera. Atracción vital

En los inicios de los 90, México captó 50% del capital foráneo llegado a América Latina, pero s?
Mario Guillermo Huacuja

Entre 1990 y 1994, con el reforzamiento de su programa de reformas económicas, México captó cerca de 50% de los flujos netos de capital llegados a América Latina. Pero en ese último año el país perdió 40% de lo captado del exterior en todo el sexenio: alrededor de $23,500 millones de dólares. Por lo que hace a 1995, de acuerdo con el Banco de México, al tercer trimestre había un saldo negativo en inversión extranjera acumulada por $7,093 millones de dólares. En los últimos años menos de 15% de esa inversión se colocó en el área productiva.

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En las condiciones actuales, México no tiene otra alternativa que no sea la de captar un monto mayor de inversión externa. Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) la inversión extranjera privada se constituyó como la principal fuente de financiamiento en Latinoamérica, representando 91.1% de los flujos totales de financiamiento externo en 1994. Mientras en ese año la inversión en cartera disminuyó drásticamente, la inversión directa fue la única de las corrientes privadas que no redujo su magnitud respecto del año anterior. Ciertamente el tiempo de maduración de esta inversión es mayor, pero ante eventos especulativos su solidez también lo es.

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Al indagar las causas de la crisis mexicana, algunos de los más conspicuos empresarios locales hablaron de los flujos de divisas y de inversión extranjera como parte del problema. Un argumento extraño y paradójico, porque generalmente la inversión extranjera se contempla como parte de la solución y no del problema.

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Para Carlos Slim, presidente de Grupo Carso, México perdió en 1982 y 1994 sus oportunidades históricas para salir del subdesarrollo al recurrir al ahorro externo para financiar sus déficit de cuenta corriente, pues eso condujo a la sobrevaluación de la moneda. Julio A. Millán, presidente de Consultores Internacionales, declaró recientemente que el gobierno debería aplicar -candados al capital especulativo que llega del exterior para evitar la volatilidad de la economía. Y muchos analistas están convencidos de que las inversiones en cartera sólo producen espejismos de progreso, porque abandonan el país a la menor suspicacia con el simple accionar de los botones de una computadora.

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Según informe de Naciones Unidas, Estados Unidos recuperó la supremacía entre los inversionistas que lanzan sus capitales fuera de sus fronteras en la presente década. Si bien los japoneses habían sido los líderes en el último lustro de los 80, los estadounidenses recuperaron esa posición gracias a la reestructuración de sus empresas, al aumento de la competitividad y a la caída del dólar. Por esa combinación de factores, Estados Unidos invirtió en el exterior $46,000 millones de dólares en 1994, frente a los $39,000 millones de dólares invertidos por alemanes y japoneses juntos.

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Aunque la caída del Muro de Berlín y el ascenso de las economías emergentes en Asia abrieron nuevas oportunidades para la inversión internacional, Latinoamérica no ha dejado de ser una zona redituable. En 1995 se calcula que fueron $20,000 millones y para 1996 la suma podría llegar a los $25,000 millones de dólares.

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A pesar del descalabro del año pasado, México sigue teniendo ventajas comparativas. Su situación geográfica, como vecino del mayor mercado del mundo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, su fuerza de trabajo joven, abundante, escolarizada y barata, y las reformas llevadas a cabo por el gobierno, así como las privatizaciones anunciadas, constituyen un señuelo apetecible para los capitales foráneos.

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Para ilustrar el pesimismo
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Aunque vista en perspectiva, la inversión externa está regresando, la primera reacción ante la crisis fue de miedo. Durante el primer semestre de 1995, la devaluación del peso mexicano la puso en alerta roja. Ésta impuso un freno a los flujos de capital que se dirigían a los países en desarrollo y provocó la venta masiva de sus valores en empresas de esas naciones.

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La alarma cundió como un reguero de pólvora y los visionarios del mundo financiero dijeron que si México no recibía una ayuda decidida, sólida y a tiempo, se crearía una espiral ingobernable que arrastraría al conjunto de los mercados financieros a la ruina.

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Muchos empresarios se sintieron decepcionados de un país que parecía estar a punto de dar el gran salto hacia el desarrollo. En el reporte de 1995 de competitividad entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y 24 naciones en desarrollo, México descendió del sitio 26 al 44 en apenas 12 meses. Una caída de 31 escalones. Los factores considerados como las causas del desplome fueron el gobierno, el sistema financiero, la infraestructura, las comunicaciones, la ciencia y la tecnología. Al calificar al gobierno, por ejemplo, el estudio indica que la administración pública mexicana había sido considerada en 1994 como la tercera a nivel mundial por su facilidad para adecuarse a los nuevos escenarios, pero que en 1995 —después de una serie de escándalos relacionados con funcionarios públicos— su credibilidad se desplomó hasta el lugar número 44.

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Lo mismo ocurrió con el sistema financiero. Después de ser visto como un modelo a seguir dentro de los procesos de privatización bancaria, la realidad de la crisis mostró cómo el banco central mexicano ha resultado incapaz de controlar la especulación; el costo del capital se elevó abruptamente; el acceso al crédito en México se volvió sumamente difícil, y cómo la confianza de los bancos internacionales en el sistema financiero mexicano se ha venido abajo. En infraestructura el panorama es también sombrío: en términos generales los sistemas de comunicación, carreteras, ferrocarriles y puertos no satisfacen los niveles requeridos para el buen funcionamiento de los negocios. El nivel de reinversión en infraestructura se considera inadecuado y, por ello, México se ubica dentro de los 15 países más rezagados del mundo en ese renglón.

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Sin embargo, para suavizar sus sentencias, el estudio acepta que, probablemente, México ocupará un mejor sitio en 1996, ya que la evaluación se hizo justo a la mitad de la crisis económica, cuando la imagen de México en el exterior era pésima.

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¿Cambia el temporal? 
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John J. Mack, presidente de Morgan Stanley Group, señaló a finales del año pasado que la recuperación de la economía nacional era inminente, y que lo que faltaba por verse era si tal recuperación iba a desembocar en un crecimiento sostenido. A su juicio, las inversiones comunes y las privatizaciones en puerta funcionarían como catapultas para impulsar las próximas inversiones.

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En fechas recientes, las corredurías de Wall Street señalaron que el sector de telecomunicaciones es el que más crecerá en México durante los próximos años. Algunos proyectos en esta área se han consolidado a través de sociedades entre grandes multinacionales y consorcios mexicanos.

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Más atractivas, aún, resultan las áreas privatizadas, o que podrían estarlo en el corto plazo. En la generación de energía eléctrica se permite la inversión privada en áreas de producción restringida; en gas natural el congreso mexicano acaba de aprobar la participación del sector privado en transporte, distribución y almacenamiento; y en la petroquímica secundaria se espera que más de 60 operaciones petroquímicas sean privatizadas en el presente año.

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También se encuentran en proceso de privatización las actividades portuarias, especialmente las de Altamira, Lázaro Cárdenas, Manzanillo y Veracruz, que representan 70% de la transportación marítima nacional. En el mismo caso se encuentran los 58 aeropuertos más importantes del país, así como los 3,200 kilómetros de supercarreteras que se construirán con capital privado en los próximos años. En los ferrocarriles se espera uno de los procesos de privatización más importantes del sexenio: las nuevas concesiones serían por un máximo de 50 años y la inversión extranjera permitida sería de 49% del total, y de 100% en servicios auxiliares como el mantenimiento de vías, fletes y suministro de gasolina y lubricantes.

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El 4 de diciembre de 1995, el presidente Ernesto Zedillo se reunió con los directores de las 100 principales empresas extranjeras que operan en México, que dan trabajo a 300,000 mexicanos y tienen ventas por $35,000 millones de dólares. Se comprometieron a invertir en el país $6,300 millones de dólares en 1996 en los sectores agroindustrial, de telecomunicaciones, energía, automotriz y de bienes de consumo.

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Así sea.

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