Investigar para desarrollar

Pequeñas y medianas empresas tienen en sus manos el arma para superar los ataques del libre mercado
Verónica García

¿Cuál es la diferencia entre una firma donde un trabajador labora al año 1,700 horas y produce en promedio $85,000 dólares (por cierto, una cuarta parte de ellos se traduce en sus ingresos personales) con otra donde un empleado trabaja 2,250 horas anuales para generar menos de $12,000 dólares, de los cuales se echa a la bolsa menos de 14%?

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Seguramente usted contestó productividad o competitividad como elementos distintivos. En realidad, la pregunta anterior tiene otra respuesta. Según Guillermo Aguirre, director adjunto de Modernización Tecnológica en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), la disparidad entre ambas compañías es que la primera invierte en investigación y desarrollo tecnológico, con lo que genera productos con valor agregado que le permiten cobrar más y acceder a nuevos mercados. La segunda se concreta a repetir el patrón que otros ya siguieron, sin atreverse a averiguar si hay o no otra manera de hacerlo.

-Los ejemplos arriba mencionados son reales. La organización con un gran desempeño, a decir del entrevistado, corresponde a un perfil común en los países con alto desarrollo económico (Estados Unidos, Japón y Alemania, por ejemplo). Por desgracia, su contraparte representa a la mayoría de los negocios establecidos en naciones en vías de desarrollo: “Increíble cuando existen evidencias sobre cómo crece la capacidad de generar riqueza de un país en proporción a la inversión que hacen su gobierno y empresas en investigación y desarrollo –expresa Aguirre–. Países que le apuestan a este binomio invierten entre 2.5% y 3% de su producto interno bruto. Naciones como México destinan menos de 0.5%. Ahí está la razón de por qué Corea multiplicó por 25 su capacidad de producción en los últimos 30 años, mientras que México tan sólo la triplicó.”

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Usos y costumbres
Las razones que explican por qué se relega el tema científico y tecnológico en nuestro país descansan sobre factores económicos, pero también culturales. Según Marisol Pérez Lizaur, antropóloga social de la Universidad Iberoamericana, existe una gran tradición, que nace en la época de las Leyes de Reforma, donde se delega la responsabilidad de estos temas al Estado. Por muchos años, en medio de una economía cerrada y cobijada por políticas paternalistas, los empresarios no consideraron útil hacer productos diferenciados.

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Quizá por ello el gobierno realiza 80% de la inversión en ciencia y tecnología (el resto corre por cuenta de la iniciativa privada), una estrategia contraria a la que ejecutan países del primer mundo. “Aún existe una tendencia en nuestro país a elaborar commodities o productos sin valor agregado –afirma Aguirre–; todavía hacemos negocio con productos ya existentes e importamos soluciones y aplicaciones de otros países, sin adecuarlas a las necesidades de la empresa mexicana.”

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Para Ricardo Viramontes, director de Investigación y Desarrollo en Hylsa, la falta de una dirección encaminada a buscar conocimientos nuevos y su aplicación destaca en corporativos con operaciones redundantes, que gastan mucho en recursos físicos y financieros. “Para salir adelante –dice– se deben diseñar nuevos procesos con tecnología propia, responder cómo una compañía puede bajar sus costos fijos y competir con productos provenientes de países con mano de obra y materia prima baratas, como China.”

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Sin desestimar totalmente la adquisición de soluciones externas, Julián Adame, presidente de la Asociación Mexicana de Directivos en Investigación Aplicada (ADIAT), asevera que “desarrollar tecnología nos permite estar a la vanguardia y delante de la competencia. No debemos olvidar que, por lo general, a los desarrollos importados que son accesibles para las empresas mexicanas y que al parecer son innovadores, les resta en realidad poco tiempo de vida.”

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Nuevos paradigmas
Según los entrevistados, en torno a la dupla ciencia y tecnología existen ideas “erróneas” en la mente de los hombres de negocio. Cuando se habla de investigación, algunos creen que deben montar grandes laboratorios con equipos sofisticados, contratar despachos caros o pagar científicos extranjeros. En otras palabras: la expresión “desarrollo tecnológico” lleva a muchos a pensar en grandes máquinas y elaboradas herramientas. En general, se cree que emprender dichas tareas es muy costoso y está fuera de su alcance. “Pero hay que cambiar el paradigma –comenta Adame–: el empresario debe saber que investigar sí es negocio.”

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Al contrario de lo que se cree, interviene Aguirre, la tecnología no son máquinas ni productos; son soluciones. “Es lo opuesto a improvisar. Es empezar a resolver las cosas bien desde un principio y seguir así. Es aplicar un método.” ¿Resultados? Un producto con valor agregado, multiplicación de ganancias, disminución de costos y diversificación de mercados. “Tenemos que cuestionar cómo se hacen las cosas, repensar el diseño de un producto o proceso. Esa es la primera fase de la investigación y el desarrollo tecnológico. Lo contrario es hacer lo que otros ya hicieron, gastar en lo que otros ya gastaron.”

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De ahí que Conacyt identifique tres etapas que constituyen estadios de la investigación aplicada y que reditúan, cada una, ganancias para el empresario:
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1. Preguntarse qué desea el mercado y atreverse a saber más sobre su producto. Esta parte implica conocer el proceso de producción, determinar si el artículo o servicio satisface las necesidades de sus consumidores, estudiar a la competencia (sin copiar) para innovar. Sólo así la ejecución del proceso se traduce en una mejora en calidad y disminución en costos.

2. Un nuevo diseño del producto. Aquí se abre la posibilidad de superar al rival y aumentar la participación de mercado.

3. Expandir el negocio. Es la fase en la que surgen plataformas, productos o servicios nuevos. Para ejemplificar los puntos, Aguirre recurre a su experiencia en una fábrica de refrigeradores: “El principal desperfecto que teníamos en la elaboración del producto eran fugas en el sistema de soldado. Se usaban nueve tipos de sopletes: con una flama, doble flama o flama grande. Cada trabajador usaba el que consideraba mejor. Ante el problema, decidimos investigar cómo se llevaba a cabo el proceso de soldado. Resolvimos el enigma. No con flamas, sino haciendo especificaciones al empleado sobre cómo soldar.”
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