Jaime Zabludowsky, de Secofi. &#34La ape

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Elíptico en sus respuestas, elusivo a veces, sin traicionar su convicción de que la apertura económica del país -inevitable en un mundo globalizado marcha por el rumbo correcto, Jaime Zabludowsky, subsecretario de Negociaciones Comerciales Internacionales de la Secofi, debate en torno a algunos de los cuestionamientos que empresarios y economistas hacen del nuevo modelo comercial de México.

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Algunos críticos señalan que la falla central de la apertura de México a los mercados internacionales es la falta de una verdadera política comercial, sustentada en una visión estratégica y coherente con el tipo de desarrollo económico que se tiene y se quiere. ¿Qué piensa usted de esto?
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Yo creo que la apertura tenía y tiene una gran racionalidad interna: había que exponer a la planta productiva mexicana a una mayor competencia con el exterior para dar incentivos a que se modernizara y empezara a ver hacia el mercado externo. Uno de los problemas que tiene una política proteccionista es que no crea condiciones, no crea incentivos, para que los productores nacionales traten de exportar. ¿Y por qué no crea incentivos? Bueno, pues obviamente una política proteccionista encarece las ventas al mercado interno, da un premio por vender en el mercado nacional y con ello hace poco o relativamente poco atractiva la exportación.

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Al mismo tiempo, cuando los productores mexicanos tratan de exportar en un entorno proteccionista, descubren que sus insumos muchas veces son más caros y no tienen la calidad suficiente como para poder exportar, Entonces para poderle dar una vitalidad nueva al sector productivo mexicano a fin de que exportara, había que bajar la protección para que fuera relativamente menos rentable vender en el mercado interno. 0, dicho de otra manera, hacer más atractivas las exportaciones dando condiciones a los productores para que pudieran exportar, en términos de poder comprar a precios y calidad internacionales.

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Sin embargo, existe un sentimiento generalizado en cuanto a que esta apertura se realizó con demasiada rapidez y de manera indiscriminada...
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Con frecuencia la gente identifica el proceso de apertura con el TLC, cosa que me parece injusta, porque ya lleva 10 ó 12 años. Cuando la economía mexicana se cerró totalmente al comercio exterior, como resultado de la crisis de 1982, se impusieron permisos previos a todas las importaciones y aranceles de hasta 100%. Sin embargo, entre 1983 y 1987 se dio un proceso gradual de eliminación de permisos previos, de sustitución de permisos por aranceles y de reducción arancelaria, y realmente durante la administración pasada ya no hubo muchos cambios en la política comercial. Casi le podría decir que de 1988 a 1994 no hubo una desgravación adicional, aunque sí se eliminaron algunos otros permisos previos y se redujeron algunos aranceles.

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Ahora bien, respecto a si la apertura ha sido indiscriminada, nuestra obligación como miembros de la Organización Mundial de Comercio, lo que era antes el GATT, es no discriminar. Nuestra apertura no puede ser con unos países sí, con otros no.

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Pero a muchos empresarios les parece que ese tiempo no fue suficiente para prepararse y competir de igual a igual. Es el caso del sector textil, por ejemplo.
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Es cierto que los sectores de la confección y del calzado se han visto afectados o presionados por la apertura, pero creo que esto se debe a una combinación de factores. En muchos casos eran empresas que como habían crecido en un entorno muy protegido no habían invertido en su aparato productivo para poder exportar, pero otras se han reconvertido y están exportando muy exitosamente.

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Lo que sí creo que lo que sucedió es que a lo mejor algunos agentes económicos pensaron -y probablemente tenían elementos sólidos para hacerlo- que la apertura no venía en serio y que se iba a revertir, porque se habían hecho esfuerzos anteriores de apertura que luego se habían revertido, y algunos sectores a lo mejor pospusieron el inicio de sus procesos de ajuste. Pero realmente el proceso de apertura empezó en 1983 y ha sido bastante gradual, probablemente mucho más gradual de lo que la gente piensa.

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Pero no se puede negar el efecto negativo que causó a muchas empresas la falta de reciprocidad comercial con muchos países y la entrada masiva de importaciones que se vendían incluso por debajo del costo...
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Es cierto que estamos viviendo en un mundo cada vez más competido, donde países que hasta hace unos años no participaban en los mercados mundiales han empezado a participar, en particular algunos países asiáticos. Nuestro esfuerzo de apertura y de incursión en un mercado globalizado coincidió con la incursión de estos países en esos mercados, y en algunos en términos de prácticas desleales de comercio, vendiendo por debajo del precio o en prácticas subsidiadas. Pero eso lo hemos enfrentado a través de la ley contra prácticas desleales, toda vez que s e prueba que ha habido daño a la industria mexicana.

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Algunos han calificado esta apertura de ingenua, en la medida en que, se dice, pretende enfrentar a una competencia de iguales a países desiguales, no sólo en términos de infraestructura, desarrollo tecnológico o calificación y capacitación de la mano de obra, sino también del papel que los gobiernos de países como Estados Unidos, Japón, el sudeste asiático o Europa juegan para fomentar su inversión productiva y su comercio exterior, al tiempo que en México se elimina toda clase de apoyo gubernamental a la inversión productiva, e incluso se la grava. ¿Qué piensa usted de esto?
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Bueno, en primer lugar creo que el asunto de los apoyos directos hay que verlo con cautela, porque hay disciplinas muy fuertes en la OMC con respecto a apoyos que puedan significar un subsidio a las exportaciones, a la actividad industrial. Cuando se prueba que hay exportaciones en condiciones subsidiadas se pueden imponer impuestos compensatorios y así ha sido el caso cuando se ha probado este tipo de prácticas en el mercado mexicano. Yo no creo que el hecho de que haya prácticas subsidiadas en el comercio internacional sea un argumento legítimo para posponer el proceso de apertura. En segundo lugar, tampoco creo que el hecho de que los países ricos tengan recursos para investigación y desarrollo o para dar otro tipo de facilidades a sus inversionistas, y un país en desarrollo como México no los tenga, sea un argumento para posponer el proceso de apertura. Yo creo que el proceso de apertura hay que verlo en el entorno de un mundo cada vez más competitivo, donde se están dando procesos de integración muy elevados y donde se ha visto que para poder crecer hay que exportar y que muchas veces para poder exportar hay que importar.

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Si vemos lo que ha pasado en México en los últimos 10 años, desde que empezó la apertura, podemos decir -sin olvidar los problemas macroeconómicos que hemos tenido y que han hecho que pongamos en operación un plan de ajuste- que esta apertura ha sido un proceso exitoso. Y no sólo eso: hemos presenciado la transformación de México en un país que no exportaba, o que nada más exportaba petróleo a un país donde la inmensa mayoría de las exportaciones son productos manufactureros. Esto es el mejor indicio de que la apertura ha sido un proceso muy saludable. Estoy convencido de que la transformación del sector exportador mexicano sería inimaginable sin este proceso de apertura. En 1982 hubo una devaluación mucho más seria que la que vivimos recientemente y pasaron muchos años antes de que el aparato productivo mexicano pudiera aprovecharla para exportar.

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Hoy hemos visto desde el primer semestre de 1995 una respuesta muy dinámica por parte de las exportaciones mexicanas, en particular las manufactureras diferentes a la maquila. Y esto sólo pudo ser posible gracias al esfuerzo de 10 años de reconversión, gracias a la señal continua durante 10 años de apertura de que México se va a insertar en los mercados internacionales y gracias a que los exportadores mexicanos han salido al exterior a ver mercados, a establecer alianzas estratégicas, a establecer Coinversiones, y hoy son jugadores muchos de ellos en las grandes ligas, que pueden aprovechar esta coyuntura de una mayor competitividad del tipo de cambio y la contracción del mercado interno para salir y vender. Este comportamiento de las exportaciones hubiera sido inimaginable sin la apertura.

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¿Entonces, no hay nada que corregir, nada que cambiar?
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Claro que hay mucho por hacer. Una de las grandes tareas que tenemos que enfrentar es colgar a los pequeños y medianos empresarios en la cadena exportadora, hacer del productor mexicano un exportador indirecto: que se suba al tren de un gran exportador y le dé partes, insumos, materias primas... Aquí hay un gran potencial en la pequeña y mediana empresa y estoy seguro que en los próximos años empezaremos a ver los resultados de esta alianza entre grandes y pequeños exportadores mexicanos. Construir una plataforma exportadora no se hace de la noche a la mañana, pero llevamos un buen trecho andado y cada vez es más fácil para productores mexicanos incursionar en el mercado externo, directa o indirectamente.

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Diversos analistas cuestionan el éxito de la política exportadora mexicana en el sentido de que, si bien es cierto que 80 % de las exportaciones son hoy manufactureras, la mayor parte procede de la industria maquiladora y del comercio intra firma que realizan las empresas trasnacionales, y advierten del riesgo de que México se convierta por esta ruta en un simple ensamblador internacional.
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Hay un cierto tono negativista o peyorativo con respecto a las actividades de ensamble o de maquila, cosa que simplemente no comparto. Las actividades de maquila, y en particular la maquila mexicana, han sido una gran experiencia y un gran motor de desarrollo. En algunas regiones del país han sido un elemento fundamental para explicar el desarrollo económico de esa zona. Además, para muchos obreros mexicanos la maquila se ha traducido en una oportunidad de empleo bien remunerado, que los ha expuesto en algunos casos a tecnologías de punta, a disciplinas de producción y de entregas en tiempos muy perentorios, con importantes controles de calidad.

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Sin embargo, estas exportaciones tienen un alto contenido de importación, un valor agregado relativamente bajo y su crecimiento está casi siempre limitado por los planes de expansión global de los corporativos...
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Es cierto que nos gustaría que hubiera un mayor nivel de insumos mexicanos, y ese es uno de los grandes retos que tenemos en el futuro: lograr una mayor integración, pero también es cierto que en los años en los que la economía mexicana estuvo cerrada, esa integración no era posible porque no había proveedores competitivos en precio y calidad para las maquiladoras. Sin embargo, en un mundo crecientemente globalizado e interdependiente es cada vez más difícil encontrar un producto que se haga 100% en un solo país. Y eso lo podemos ver en productos europeos, asiáticos, en fin... eso es parte inherente del proceso de globalización. Entonces, dónde empieza un proceso de maquila o de ensamble y dónde un proceso de producción compartida, producto de la globalización, es una cuestión cada vez más difícil de deslindar.

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Ahora, respecto de si la mayor parte es maquila o comercio intrafirma, las cifras demuestran que cada vez hay más productores mexicanos muy importantes jugando en las grandes ligas, en lo que llamamos la exportación no maquiladora: tenemos competidores internacionales muy exitosos en la industria petroquímica, siderúrgica, electrodoméstica, de autopartes, del vidrio, de la confección, en fin, una mezcla muy variada de exportadores que van desde maquila o ensamble muy sencillo, y ensambles muy sofisticados que requieren tecnología de punta, hasta las grandes empresas multinacionales que, si bien es cierto hacen decisiones intrafirma, también es cierto que sus plantas en diferentes partes del mundo compiten entre sí y cuando una empresa decide venir a México es porque cree que México es el mejor lugar para producir, no sólo para el mercado nacional, sino para exportar.

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Un estudio de la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de la República Mexicana (ANIERM) indica que 70% de las exportaciones mexicanas está concentrada en 250 empresas y que alrededor de 300 concentran el grueso de la importación. ¿No le parece contradictorio tener una estructura de comercio exterior tan concentrada?
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Respecto de este asunto de la concentración de las exportaciones en un número reducido de productores, déjeme decirle nada más que en 1982, el 80%, y si no el 80, el 70, o el 60, hágame caso, el 60% de las exportaciones eran de un solo proveedor: Pemex. Entonces, sí ha habido una diversificación, puesto que hoy son 250 o los que le haya dicho esa agrupación. Pero además, el número de ANIERM es uno bastante similar a lo que sucede en Estados Unidos y en los países desarrollados, donde el gran núcleo de exportaciones está concentrado en relativamente pocos proveedores; no es una cosa particular para México.

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Y otra paradoja: la división más dinámica en las exportaciones y en las importaciones en México -autopartes, automóviles y electrónica- necesita un contenido de importación mayor al valor agregado que produce. ¿El proceso de apertura que se está siguiendo ahorita permitirá modificar la estructura actual exportadora, a fin de lograr que México no tenga que pagar tanto por producir y se convierta en un mayor generador de valor agregado?
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Yo creo que eso debe verse industria por industria. Hay algunas áreas donde a lo mejor nuestra ventaja comparativa en la producción de cierto producto esté nada más en darle el valor agregado del trabajo en México, y no sea realista pretender producir aquí las partes; en otros sectores, y estoy pensando en particular en sectores como la confección y el calzado, tenemos un gran espacio para darle mayor valor agregado, y por eso medidas como los programas de fomento de estas industrias que son muy intensivas de mano de obra, donde tenemos un gran potencial que aprovechar y donde podemos aumentar las exportaciones y por ende, demanda agregada. Y, finalmente, creo que es fundamental el desarrollo de proveedores nacionales, un área que tiene gran potencial. Considero que el nuevo tipo de cambio real, más alto, más competitivo, creará incentivos naturales para que empresas que antes se surtían del exterior, vean cómo pueden surtirse en el mercado interno.

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Volviendo un poco a la pregunta inicial, ¿cuál es su opinión respecto a lo que algunas personas señalan como el problema de fondo de la reforma comercial: la ausencia de una visión estratégica de largo plazo que precisara el tipo de inserción de cada uno de los sectores en la economía internacional, definiera cuáles serían los sectores perdedores y fijara mecanismos complementarios y de transición que permitieran enganchar apriori a estos sectores perdedores a los beneficios de la apertura?
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Ha tocado temas varios que son motivos de una ponencia, empezando por el primero: visión estratégica. Yo estoy convencido de que hay una visión estratégica. Estoy convencido de que durante el sexenio pasado y este sexenio, en lo que es política comercial y en particular política de negociaciones comerciales internacionales, tan hay una visión estratégica que hemos sido muy influyentes en lo que ha pasado en el mundo y en el continente americano en particular. Estoy pensando en las relaciones comerciales internacionales, en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en los acuerdos de libre comercio de América del Sur, en la inserción de México en Asia, en la inserción de México en la Organización Mundial de Comercio, en la posible negociación de un nuevo acuerdo con la Comunidad Europea. ¿Qué quiere decir esto? Que la visión estratégica es muy clara: un lugar muy atractivo para hacer negocios, un lugar privilegiado para establecerse y producir para el mercado nacional y para los mercados externos. Los inversionistas extranjeros piensan en México como un pie -de playa, como un lugar privilegiado para ingresar ya a América del Norte y crecientemente a los mercados de América del Sur.

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Con respecto al segundo tema, de escoger perdedores y ganadores, no creo que sea el Estado quien deba escoger. Es muy fácil equivocarse. Por cada caso de historias de éxito, de ganadores y de perdedores, oigo de miles de casos de equivocaciones donde se protegieron sectores enteros, se dieron recursos a expensas del resto de la economía, que distrajo recursos para emplearlos en un sólo sector que luego creció en condiciones proteccionistas y cuando fue levantada la protección no pudo sobrevivir.

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Otro cuestionamiento es que no ha habido un verdadero consenso entre los actores de esta apertura. Un dirigente empresarial lo decía de esta manera: "nos oyen, pero no nos hacen caso".

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Mi experiencia, sobre todo a partir del inicio de los TLCS, es que difícilmente puede hacerse un proceso de consulta tan extenso y tan intenso con el sector productivo mexicano como el que se hizo a través de la Coordinadora de Organismos Empresariales para el Comercio Exterior (COECE), del Cuarto de Junto, de todas las instancias, y que además era indispensable hacer, porque la negociación de un tratado, sobre todo de uno como el TLC de América del Norte, hubiera sido imposible si no hubiéramos llevado un experto del sector productivo mexicano que nos dijera sus sensibilidades, sus preocupaciones, y tampoco hubiera sido realista pretender que el tratado fuera el instrumento tan exitoso que creo yo que es, si no hubiéramos tenido los insumos del sector productivo que es el que a final de cuentas lo va a usar y lo está utilizando hoy en día.

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Por eso sí me sorprende esta afirmación de una falta de consulta, al menos en lo que toca a negociaciones comerciales, que es con lo que estoy familiarizado. Obviamente, en muchas ocasiones no hemos podido conseguir en la mesa de negociaciones lo que hubiéramos querido como país, pero siempre se ha informado. En todas las negociaciones hay un toma y daca, y así como algunas veces nosotros no hemos conseguido lo que sería el final ideal, también nuestras contrapartes, los negociadores de otros países, no han conseguido de México lo que hubieran querido en algunos sectores. Pero en todos los casos ha habido un proceso de consulta, de creación de mecanismos institucionales, que hoy son un gran activo del país y que son de las historias no conocidas. Simplemente hace cinco a seis años no teníamos un sector productivo que supiera de negociaciones; hoy tenemos expertos en cada uno de los temas, en cada una de las mesas, que son para nosotros un activo indispensable en todos nuestros esfuerzos de negociaciones internacionales, Por eso sí me sorprende mucho esta afirmación.

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Algunos críticos de la apertura han visto en los acuerdos comerciales, pero sobre todo en el Tratado de Libre Comercio con Norteamérica, una manera de eludir la exigencia empresarial de diseñar políticas económicas transexenales, es decir, que dichos acuerdos estarían llenando el hueco que deja la ausencia de una verdadera política de largo plazo.
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Al contrario: los tratados son aliados en el importantísimo objetivo de darle permanencia y transparencia a la política económica. Complementa a la política. Los tratados, como el del TLC, permite saber a los productores mexicanos en qué plazo se van a abrir las importaciones que vengan de Estados Unidos, en qué plazo tendrán acceso al mercado de Estados Unidos, cuáles son las reglas del juego para hacer comercio e inversiones en Estados Unidos y Canadá, hoy, dentro de cinco años, 10, 15 y, por tanto, es un marco obligado para que la sociedad mexicana haga su política económica. Una de las bondades de los TLC es que da reglas del juego muy claras, muy transparentes y muy permanentes no sólo a los empresarios de la región, sino también a los gobiernos, y con ello se cuenta con los elementos indispensables para hacer negocios.

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Haciendo un balance autocrítico, ¿cuáles son los principales errores que usted podría señalar en relación a esta apertura?
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Creo que a la mejor nos faltó que algunos sectores complementarios a la apertura comercial se volvieran al mismo tiempo más competitivos: obviamente ha habido falta de competitividad en servicios financieros, en transporte, en telecomunicaciones, que es en parte lo que está haciendo ahora la administración del presidente Zedillo: liberalizar y hacer más competitivo todo el aparato de infraestructura, imprescindible para que los sectores productores y comerciales puedan competir exitosamente. Y probablemente una de las decisiones más importantes, que además se hizo evidente con la crisis cambiaria de diciembre pasado, es la necesidad de tener un tipo de cambio competitivo. En ese entonces a lo mejor se consideró que no era necesario una política cambiaria más competitiva, pero claro, es un poco fácil ver faena a toro pasado... La otra lección importante es la impostergable necesidad de fortalecer el ahorro interno. Ese sería mi -diagnóstico.

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