Jesús María Romo Romo. JM Romo (1918-1

&#34El jefe no trabaja&#34. Ese era una de las enseñanzas favoritas de quien construyera una de las
Luis Hernández Martínez

Nunca fue un buen estudiante (terminó la primaria –su máximo grado académico– en la escuela Licenciado Jesús Terán el 30 de julio de 1931), pero siempre se destacó en la universidad de la vida por su pragmatismo y sentido común. La gente que conoció a Jesús María “Chito” Romo Romo, lo describe como una persona sencilla, con gran determinación y muy constante.

- El fundador de jmRomo, una empresa especializada en la producción de góndolas, estantes, carros para supermercados, equipos de check-out, entre otros, nació en Encarnación de Díaz, Jalisco, en 1918 y, a los cinco años de edad llegó a Aguascalientes, en donde forjó su filosofía y cultura corporativas.

- En 1939, con un capital de $3,000 pesos y seis colaboradores, abrió un modesto taller de niquelado donde fabricó maceteros, siguió con accesorios para la industria del calzado, ganchos para ropa y, posteriormente, muebles para el hogar. Esta última actividad –en los años 50– colocó a su compañía entre las más reconocidas del centro del país.

- Romo fue el quinto de 10 hijos (seis mujeres y cuatro hombres). Y siempre pensó que la familia era la base fundamental de cualquier ser humano. Así que, un año después de fundar el negocio, contrajo nupcias con María del Carmen Villar García, actual presidenta del consejo de administración de JRomo. De su matrimonio nació Jesús Fernando, pieza clave en el devenir de la compañía.

- Corría la década de los 60 cuando “Chito” (como lo conocían sus seres queridos) y su hijo –un joven de 19 años– decidieron incursionar en la industria de los supermercados. En 1963 atacaron ese nicho con su primera producción de góndolas (muebles donde se exhiben los artículos) y, dos años después, equiparon su primera tienda de autoservicio.

- El éxito les sonrió tanto que, en 1968, Romo inauguró su primera sucursal en Monterrey. La empresa abrió otras seis unidades: DF, Guadalajara, Veracruz, León, Mérida y Estado de México. Ya bajo la administración de sus nietos Antonio y Fernando, la firma instaló una comercializadora y centro de distribución en Medellín, Colombia.

Siempre el destino
En los años 70, las cosas no podían caminar mejor para jmRomo. Por un lado, las ventas seguían en aumento y, por el otro, la relación con su personal se fortalecía cada vez más. Luego de 60 años de vida, esta compañía puede presumir que no necesitó de una organización sindical para trabajar en armonía con su fuerza laboral: “Vale más tener un buen patrón, que un corrupto sindicato”, expresó un trabajador de manera espontánea. - Para la familia Romo Villar, sin embargo, el destino tuvo otros planes. En 1974 murió Jesús Fernando, a los 33 años de edad, víctima de una repentina enfermedad. Antonio Romo recuerda: “La muerte de mi papá hizo que mi abuelito se metiera más en el trabajo, pero ya no sólo para ganar dinero, sino también para ayudar a los demás”. Y en efecto, a raíz del deceso de su único hijo, don Jesús María redobló esfuerzos para mejorar los estándares de producción, utilizar tecnología de punta (incluso desarrollada por su personal) y para elevar la calidad de vida de sus empleados.

- Empezó por la construcción de los comedores institucionales y, en 1975, inauguró un Centro de Desarrollo donde se imparten clases de cocina, tejido, bordado y cultura de belleza, entre otros talleres, para las esposas de sus trabajadores. ¿El objetivo? “Si aprenden esas actividades pueden ayudar a disminuir algunos gastos en sus hogares y, de esa manera, también contribuir con el ahorro familiar. Además, quiero que los trabajadores vean el negocio como su casa, que lo cuiden y que no se desafinen siendo yo el director de orquesta”, respondió alguna vez Jesús María Romo.

- La capacitación constante de su personal se convirtió en una de sus metas principales. Para alcanzarla, creó un estudio de televisión donde grabó videos de todo tipo: desde cómo utilizar un baño hasta cómo darle mantenimiento al equipo (siempre registró en todas las explicaciones que hacían los ingenieros al instalar una máquina nueva).

- A decir de Antonio, su nieto, “estaba enterado de todo. Él decía algo que incluso plasmó en un folleto: ‘El jefe no trabaja’. Y no trabaja porque tiene que estar pensando en cómo mejorar el todo. Sabía delegar, hacía de su tiempo lo que más le gustara y nunca dejó algo pendiente.

- El legado
A Romo siempre lo acompañaban una libreta y una pluma. Cualquier idea o sugerencia que atrapara su atención terminaba dibujada o anotada. Quizás, en alguna ocasión, trazó un lugar con una réplica del Cañón del Colorado, juegos mecánicos, alberca techada, salón de fiestas, talleres de cocina, cultura de belleza y costura, teatro, guardería, gimnasio, billar, baños sauna, estadio de fútbol rápido y básquetbol donde convivieran, sin costo alguno, sus empleados y familias.

- Muchos piensan que así lo imaginó porque, hacia finales de 1980, inició un proyecto que los aguascalentenses hoy conocen como Romolandia, un parque recreativo de 70,000 m2. Para su construcción, Romo compró 190 predios que estaban ubicados frente a la fábrica. Dos años más tarde, el empresario donó al Infonavit un terreno de 20,000 m2 para levantar la unidad habitacional San Fernando (185 casas para sus trabajadores) a tres cuadras de la planta.

- “Chito” Romo siempre promovió la visita a sus instalaciones. Entre los concurrentes sobresalen Mario Moreno “Cantinflas” y Jerónimo Prigione, así como los ex presidentes José López Portillo y Miguel de la Madrid. Y, a propósito, ¿cómo actuó en los momentos de crisis económica nacional? “No hago caso de la crisis porque, si me asusto corro”, contestó sonriente, en alguna ocasión, el empresario.

- En 1987 las autoridades estatales lo nombraron Ciudadano Distinguido por su trabajo como empresario y filántropo (proporcionó aparatos ortopédicos y sillas de ruedas a discapacitados y contribuyó a la construcción de la Universidad Autónoma de Aguascalientes).

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- Un año más tarde recibió el European Mercury Award en Madrid, por la calidad de sus productos. Y en noviembre de 1989, su penúltima aparición en público, la Cámara Nacional de Comercio le entregó la Medalla al Mérito Empresarial. En 1990, cansado y con evidentes muestras de enfermedad, Romo acudió a una ceremonia donde premió a su personal que sobresalió en puntualidad y asistencia. Ese mismo año el empresario falleció.

- “El IPADE (Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa) –expresa Antonio Romo– tuvo la impresión de que la compañía era mi abuelito y que no sobreviviría sin él. Pero no fue así. Su cultura fue tan fuerte que permeó a toda la organización. Gracias a eso, hoy exportamos a 10 países, somos una empresa de 1,350 personas y tenemos una estructura financiera firme”.

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