Joaquín Vargas Gómez <br>(1925) <br>JV

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Soñó con aviones y consiguió un rincón en el espacio. La pérdida de un ojo a los 24 años quizá obligó a Joaquín Vargas Gómez a renunciar a sus aspiraciones de pilotear algún día un reactor, pero no pudo, en ningún caso, menoscabar su aguda visión para los negocios. A sus 70 años, Vargas tiene ahora tras de sí una larguísima trayectoria de altos vuelos que comienza con la compra de un camión de volteo y culmina con la reciente puesta en órbita de un satélite de telecomunicaciones.

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Tratar de resumir los 50 años de vida profesional de este empresario, nacido en la ciudad de México en septiembre de 1925, es casi una tarea de locos: a lo largo de su existencia Vargas ha montado decenas de negocios, casi todos -exitosos, que van desde una fábrica de herramientas hasta una gasolinera (Servicio Aeropuerto), desde una comercializadora de láminas hasta una corporación de más de 40 restaurantes (Wings), desde la venta de partes de avión hasta un imperio de radioemisoras (Stereo Rey), sin olvidar la cereza del pastel: Multivisión.

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Tal afán por los negocios tuvo en un principio una meta: reunir $1 millón de pesos —el equivalente a $1 millón de dólares actuales— antes de cumplir los 30 años. “No la alcancé —recuerda el empresario—, pero tampoco estuve lejos. En aquella época llegué a $800,000 pesos.”

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La vida de Vargas ha estado marcada desde su infancia por el deseo de -superación. Su padre, que murió seis meses después de que él naciera, dejó a su madre en una situación más que difícil para hacerse cargo de él y de su hermana un año mayor. “No sabía qué hacer porque mi padre nunca le dejó aprender nada”, cuenta.

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Fue con la ayuda de su tía materna, a la que Vargas considera como su “padre adoptivo”, que la familia salió adelante: tras comenzar con una sedería, en 1937 montaron una casa de huéspedes para albergar a los estudiantes de familias conocidas de Monterrey y Linares, de donde era oriunda la madre.

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“Cambiábamos de casa todos los años para no tener que pintar los cuartos de los huéspedes”, recuerda el empresario, quien pasó su niñez entre las aulas de la escuela primaria Benito Juárez y los cuartos de criada, ya que “las buenas recámaras eran -para los pensionados”. Ya por aquella época mostraría las dos pasiones que le han acompañado a lo largo de toda su vida: la aviación y los boleros.

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De militar a radiodifusor
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Cursó la secundaria nocturna, pues se pasaba el día trabajando en una tienda de abarrotes, y al terminarla ingresó al Colegio Militar. “Me metí por vocación, es decir, porque no tenía ni para comer”, explica. Su paso por la -disciplina castrense le dejaría dos cosas: unos cuantos amigos que todavía conserva y algunos rudimentos en contabilidad y administración de empresas. “Pero el ejército no era lo mío, por lo que decidí salirme.”

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El diagnóstico de una hernia le sirvió de pretexto para pedir el retiro y, con poco más de 23 años y escasos ahorros, comprarse un camión de volteo para construir carreteras. La experiencia resultó “desastrosa”, a los pocos meses Vargas terminó por vender la unidad y, con un fuelle, un yunque y un maestro herrero, puso una fábrica de herramientas. Todo iba bien hasta que, por no ponerse los lentes protectores, una pieza traicionera le alcanzó el ojo derecho, causándole la pérdida de la visión.

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“El accidente me hizo cambiar mucho. Me pasé tres meses con los ojos vendados, durante los cuales medité más de lo que nunca imaginé.” El desdichado percance le sirvió para redoblar su ya de por sí férrea voluntad de trabajo. Prueba de ello es la intensa actividad desarrollada desde entonces: tras casarse, Vargas empezó a vender acumuladores eléctricos, electrodomésticos, carbón y partes de avión, las cuales le sirvieron para fundar su propia comercializadora. Después llegaría una fábrica de baterías para locomotoras e incluso la obtención de un contrato para pintar todos los postes de la ciudad de México.

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En 1952 atravesó Estados Unidos en un Ford 36 hasta llegar a Nueva York en donde, desde lo alto del -Empire State , escupió en honor al médico que le pronosticó que, a consecuencia del accidente, nunca más podría volver a manejar.

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En 1956 fundó la gasolinera del aeropuerto y, tras ello, compró un avión, no para volar, sino para servir comidas en su interior, una idea que daría paso a la exitosa cadena de restaurantes Wings. Después vendrían la Ferretera Aeropuerto y la importación de tuberías estadounidenses de grandes diámetros para la red de Pemex.

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“Cuando ya me sentí muy rico me compré un coche y, como todo nuevo rico, lo pedí con todos los aditamentos posibles. Al traerlo desde Los Angeles para casa, sintonicé una emisora de frecuencia modulada. Me quedé tan prendado con la calidad de sonido que me hice a un lado en la carretera para revisar en el manual de instrucciones que era aquello de FM. Al regresar a México solicité la frecuencia, me la concedieron y monté una emisora”.

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Así nacieron Stereo Rey y FM Globo. Corría el año 1967 y todo el mundo pensaba que Vargas estaba loco por apostar por una frecuencia que incluso en Estados Unidos era todavía incipiente y de “dudosa comercialización”. Pero la vocación por la música y su inconfundible olfato por los negocios le hicieron resistir las pérdidas hasta que el tiempo vino a darle la razón. Ahora posee más de 25 estaciones en toda la república.

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La magia de la tele
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Ya adentrado en el mundo de la comunicación, el paso a la televisión era casi inevitable: tras adquirir experiencia como director de Televisión Independiente de México, Fomento de Televisión y Televisión del Norte, en 1989 Vargas creó Multivisión, el sistema que vino a desbaratar el hasta entonces monopolio ostentado por Cablevisión y su propietario Emilio Azcárraga. “Fue un enemigo muy serio. No estaba acostumbrado a tener competencia y, siendo como es, soberbio, desagradable y altanero... pero ya le gané la batalla en muchos campos”, comenta, sin ocultar el desprecio por su rival.

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Con una vida tan completa, hay quien creería que a Vargas sólo le falta tocar las estrellas. Pues tampoco: eso ya lo hizo en septiembre pasado con la puesta en órbita de un satélite, a través del cual Multivisión lanzará el nuevo sistema -Direct To Home (DTH), que revolucionará el actual mercado de la televisión restringida.

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Pero eso ya forma parte de los asuntos del mayor de sus siete hijos, Joaquín, designado para prolongar la estela de éxitos del patriarca. “Yo ya me retiré, y eso significa que dejo toda la responsabilidad a quienes siguen con el negocio. No tengo ningún interés en seguir dirigiendo desde la sombra.”

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Ahora, asentado en su merecido descanso, ¿hay algo de lo que particularmente se arrepienta? “No. Estoy contento de la vida que he llevado. Que nadie me llore el día en que me muera, porque he tenido una existencia muy completa.” No obstante, después de pensarlo bien, el empresario confiesa albergar un profundo pesar en lo más hondo de su conciencia: “Hace muchos años, yo -fabriqué a Raúl Velasco. Espero que algún día el país pueda perdonármelo”.

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