Juan Gallardo Thurlow

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Jaime Santiago

Se hizo famoso con la negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC), pero este empresario tiene una larga historia de omnipresencia en el mundo de los negocios. Pertenece, digamos, a la nueva generación de multimillonarios mexicanos.

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Yerno del “rey del cobre”, Jorge Larrea, creció bajo la tutela de don Juan Sánchez Navarro, al grado de que el retiro de estos dos viejos lobos lo llevó al Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (CMHN) en 1994. Inversionista de Comermex-Inverlat, la empresa química Oxy y cositas como el Hotel Presidente, Gallardo incursionó en el terreno agropecuario gracias al negocio refresquero: su Grupo Embotelladoras Unidas (GEUSA) es el segundo embotellador de Pepsi en México.

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Como paso natural, durante el sexenio pasado emprendió la compra de ingenios azucareros (a la fecha tiene siete), lo que lo llevó al Consejo Nacional Agropecuario. Muy importante en esta faceta de su carrera fue la breve asociación con el hoy también azucarero Alberto Santos, en el Grupo Azucarero Mexicano, mejor conocido como grupo “Juangalleto”. En aquel entonces se esperaba mucho más del azúcar que hoy en día.

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Pero el lado más conocido de Gallardo es el de negociador en el ámbito del comercio exterior. Como presidente de la Coordinadora de Organismos Empresariales de Comercio Exterior (COECE), fue el capitán general del “cuarto de junto”, que asesoró al gobierno en cada paso de las negociaciones del TLC. Con esta función, su poder creció a tal grado que por años fue reconocido como el interlocutor por excelencia en materia de relaciones comerciales México-Estados Unidos.

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Es más, por ahí se le llegó a colocar el mote de “secretario de actas” del hoy poco admirado Jaime Serra Puche. Era clásico: luego de una reunión bilateral o de una negociación con el vecino país del norte, quien hablaba, predicaba y profetizaba sobre la gran promesa del TLC era Gallardo, para alivio de Serra.

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Duro la pasó, cierto, cuando el TLC tardó meses y meses en ratificarse, y cuando el Congreso estadounidense estuvo a punto de echarlo abajo, a pesar de todas sus profecías. Al fin, la cosa se firmó y Gallardo comenzó a retirarse de la escena pública para atender sus negocios.

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Uno pensaría que los empresarios con tendencias políticas nunca pueden dejar este hobby. Sin embargo, y después de que se le candidateaba como sucesor de Claudio X González como asesor presidencial, Gallardo ha dejado de figurar. A lo mejor la caída de su amigo Serra lo dejó mal parado, o tal vez no quiere que ni por error se le mezcle con el salinismo, del que fue tan ferviente admirador. Él, como muchos, no debe querer acordarse de aquella triunfal comida de despedida que le ofrecieron a Salinas al término de su mandato. Claro que, de cuando en cuando, se le escucha defender al TLC y protestar por la manera en que los estadounidenses se pasan “por el arco del triunfo” las cláusulas que tanto trabajo le costó negociar.

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Pero bueno, errores cualquiera los comete, como también lo fue su inversión en el fallido Banco del Sureste, o su participación en el famoso Reto Pepsi, esa millonaria campaña de publicidad que al fin y al cabo no hizo gran mella en los gustos del consumidor.

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O será que las organizaciones en las que últimamente ha figurado, como el Consejo Mexicano de Promoción Turística y el Centro Empresarial de Estudios para el Desarrollo Sostenido no tienen el -sex appeal del TLC.

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El caso es que Gallardo ha dejado corchetes y tratados paralelos para preocuparse por la invasión de la fructosa, por ejemplo; o por administrar sus tiendas Home Mart, sus intereses en Fondo Opción y otras varias participaciones.

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Por ahora calladito, sólo salió a la luz pública cuando el gobierno le permitió comprar los dos ingenios de la familia Delgado Rannauro, tras una apurada venta (obligada, dicen). El trato fue, por cierto, que se quedaba con ellos si aceptaba, ahora sí, pagar el millón de pesos que todavía le debe a Financiera Nacional Azucarera (Finasa). Qué se puede esperar de un negociador de su talla.

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