La alegre esquizofrenia

Contradecirse no significa, necesariamente ser estúpido o hipócrita.
Max Clip

Hubo en Francia un escritor que dejó perplejos a sus críticos y, me atrevo a pensar, también a sus amigos y familiares. Cuando algunas personas que se oponían a sus ideas lo acusaron de que se contradecía, con absoluto desparpajo les contestó: "¿Que me contradigo? Sí, me contradigo, ¿y qué?"

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Debo agregar que el literato terminó loco, pero aclaro que no fue su fresca respuesta la que le provocó la demencia –aunque quizá sí le causó un síncope a sus tías y varios berrinches que le dejaron el hígado hecho paté a sus críticos–; mucho menos, que su enfermedad nerviosa invalide el argumento, que juzgo impecable. En efecto: ¿qué hay de malo en contradecirnos? ¿No asegura el dicho que "es de sabios cambiar la opinión"? ¿De dónde viene esa sospechosa obsesión por la congruencia?

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Pienso en todo esto luego de haberme reunido con un querido amigo, acosado por la duda y los remordimientos. Me explico: mi cuate (a quien llamaré Santiago) es jefe de Adquisiciones en una próspera empresa dedicada a la distribución al mayoreo, en la que trabaja casi desde que salió de la universidad. Lo que quiero decir es que su experiencia profesional se reduce, prácticamente, a lo que ha aprendido ahí. Hace un par de años volvió a encontrarse con un amigo del colegio, que había heredado una fábrica; digamos, una procesadora de alimentos. Como una de las más fuertes líneas de distribución que maneja Santiago es precisamente esa, decidió invitar a su cuate a que enviara muestras de sus productos.

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Primero los colocaron a consignación, con buen resultado; luego, ante la creciente demanda, comenzaron a asegurar más órdenes de compra; entonces negociaron acuerdos de distribución más ambiciosos, hasta que llegaron a establecer un contrato exclusivo que, más o menos, se traducía en "tú no le vendes a nadie más y yo te garantizo que tu producción está vendida".

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La sociedad progresó y, cada semana, Santiago y su amigo se reunían, incluyendo a sus familias, para celebrar su buena suerte. Pero –-siempre, en toda historia feliz, aparece un pero–- hace unos meses comenzaron los problemas. Con esto del Nafta, la desaceleración y el "superpeso", la compañía para la que trabaja Santiago decidió reducir sus líneas de producto. Y adivinen cuál fue borrada del mapa. Razones no faltaban: los costos excesivos del producto nacional frente al extranjero, los compromisos con socios más poderosos, la comisión por exclusividad, etcétera.

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La noche antes de darle la noticia a su cuate, Santiago no pudo dormir. Cuando lo citó para comunicarle que iban a rescindirle el contrato, el otro le reclamó ipso facto su traición: le dijo que entre camaradas no se valía hacer lo que le estaba haciendo, le aseguró que había contratado una deuda para optimizar la línea de producción y terminó por implorarle que no lo cortara del pool de proveedores. De nada valieron las súplicas, Santiago no podía hacer nada: pero, en un arranque de solidaridad, le aseguró que lo recomendaría con otros distribuidores y que contara con su amistad incondicional.

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"Eso es mentira. ¿Crees que soy idiota? Te estás contradiciendo", fue la respuesta que hirió mortalmente la autoestima de Santiago, cuyo ánimo desde entonces no lo levanta ni una grúa.

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Luego de haberlo escuchado le dije que, con todo respeto, el idiota era su cuate y que ni se preocupara por lo de contradecirse. Todo tiene límites, le aseguré: la amistad, la paciencia, la lealtad y hasta la esperanza. Contradecirse no significa ser estúpido o hipócrita, lo que pasa es que somos casi naturalmente esquizofrénicos y estamos hechos de piezas de distinta naturaleza.

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No sé si me entendió o si me "tiró de a loco", pues me miró con una cara de sorpresa que igual quería decir: "Gracias, no lo había entendido así", o: "Este tipo de plano ya se piró".

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No lo culpo, yo todavía no entiendo qué quise decir.

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