La bolsa de gatos

Los escándalos financieros hicieron tanto ruido como felinos en costal. Pero ¿dejarán alguna ense
Karl C. Gebert*

¿Podrían repetirse en México los escándalos financieros (reales y supuestos) que se han dado en el mundo corporativo estadounidense? Para responder, habrá que ver qué provocó el auge de los mercados en los años 90.

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El número de participantes en la Bolsa creció aceleradamente. Según un análisis hecho por Plunkett Research, 80 millones de estadounidenses (50% de los hogares del país) tienen inversiones en el mercado de valores, tres veces la cantidad que había en 1980.

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¿Cómo fue que tantos descubrieron estas inversiones en un periodo tan corto? Hasta mediados de los años 80 la mayoría de los retirados recibían de sus empresas una pensión mensual calculada con base en su sueldo al jubilarse. Éstas normalmente representaban una cantidad fija y no variaban como resultado del desempeño de la inversión, por lo que pocos pusieron atención a las inversiones del plan de pensión.

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El cambio se presentó cuando las empresas optaron por planes de ahorro a los cuales los trabajadores contribuían regularmente. Bajo este esquema, a menudo el empleado debe decidir la manera en que se invierte su cuenta. Un número mayor de estadounidenses se informaron sobre la inversión de sus planes de retiro y usaron esos datos para abrir cuentas bursátiles personales.

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Además, durante los 90 cada vez más organizaciones ofrecieron a sus empleados opciones de compra de acciones como parte de su remuneración, y las posibilidades de adquirirlas  se abrieron a un mayor número de trabajadores. Los que gozaban de ellas tenían la mirada clavada en el desempeño de la Bolsa.

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El interés en el mercado de valores creció rápidamente, dando lugar a que los precios de las acciones subieran.

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Conforme las valuaciones de títulos llegaban a alturas estratosféricas, se volvían más difíciles de justificar en términos de los medidores tradicionales, tales como los múltiplos de utilidades, el incremento en ventas, el aumento en los flujos de efectivo por operaciones, etcétera. Los inversionistas buscaban una razón para comprar a precios más altos y con las oportunidades que venían de la mano de internet, la rápida globalización y las mejoras en la productividad, era fácil concluir que las viejas reglas ya no aplicaban.

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Bajo la lupa
Esto hacía que las empresas se sintieran cada vez más presionadas en su desempeño. A la vez, se tenía menos paciencia para las organizaciones de lento rendimiento. Quizá la mejor ilustración de este ambiente tan demandante fue el estudio realizado por Booz Allen Hamilton, que mostraba que la rotación de directores generales de importantes firmas estadounidenses se incrementó 53% entre 1995 y 2001. La permanencia promedio en el puesto declinó de 9.5 a 7.3 años. “En algunos aspectos los directores generales son como los atletas profesionales: jóvenes con una vida profesional corta y bien pagada que termina cuando dejan de tener un rendimiento excepcional”, resumió Charles Lucier, vicepresidente de la consultora.

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Durante el auge de los años 90, se prestó particular atención a las utilidades por acción (UPA).  Mientras que el mercado premiaba a las corporaciones que rebasaban los promedios de ganancias estimadas, el castigo para las que no cumplían con las expectativas era temible. No era raro ver que los papeles de una compañía cayeran de 20 a 25%  cuando su UPA estaba sólo un centavo bajo las proyecciones.

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La reacción de muchos conglomerados fue revisar a fondo las utilidades  anunciadas. Las declaraciones de prensa ya no se limitaban a los informes de ingresos netos con base en principios de contabilidad, sino con mayor frecuencia se reportaban resultados “pro-forma”. La falta de reglas claras que definieran este término provocaba abusos.

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La presión no se limitaba a cumplir o rebasar las estimaciones formales de ingresos de los analistas bursátiles. Éstas también debían exceder las “cifras que se rumoraban”. Ésta práctica se volvió tan reconocida que se crearon sitios de internet para que hasta los inversionistas más sencillos se informaran.

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En vista de que soy contador, es justo que esta disertación considere la manera en que las reglas de la profesión en Estados Unidos han sido un factor importante en la reciente volatilidad del mercado y las muy conocidas denuncias de malos manejos corporativos. Es fácil culpar a las normas de contabilidad relativamente estrechas, tales como las referentes a opciones de compra de acciones y el criterio que permite que ciertas transacciones se lleven independientemente del balance general. Sin embargo,  lo más censurable de la contabilidad en la unión americana es el enorme volumen de reglas específicas. Lamentablemente se ha creado un entorno en el que la estricta aplicación de medidas inapropiadas ha dado lugar a una solución que, si bien es técnicamente correcta, no siempre pasa la prueba del sentido común del inversionista promedio. Dicho entorno también contribuye a la mentalidad que se ha usado para desafiar al contador: “dime dónde dice que no puedo hacerlo de esa manera”.

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Algunos de los impulsores del mercado han tenido un mayor impacto en México que otros. Un aspecto positivo de los ciclos periódicos de devaluación e inflación es que dan lugar a un menor riesgo de que los inversionistas nacionales lleguen a creer que ha habido cambios en un paradigma.

Independientemente de que los eventos recientes que han tenido lugar en el vecino país del norte puedan suceder aquí, la pregunta fundamental es ¿cómo reaccionará México ante los rápidos cambios que están desarrollándose allá? En la actualidad existen nuevas leyes corporativas que serán aplicables a las firmas mexicanas con transacción de acciones o deudas en los mercados estadounidenses. Los legisladores y grupos profesionales mexicanos han empezado a considerar algunas transformaciones en las reglas locales.

Sin duda habrá cambios en México que representarán un esfuerzo por mejorar el ambiente para los inversionistas y reducir las probabilidades de escándalos financieros. Pero la verdadera oportunidad para el país radica en tratar de evitar las caídas que contribuyeron a la volatilidad del mercado de Estados Unidos y aprovechar el clima de reforma actual para atender los asuntos que lo afectan. Después de todo, en tiempos como estos, el mercado exige “que se ponga el cascabel al gato” y no que se tenga “un ojo al gato y otro al garabato”.

*El autor es socio de PricewaterhouseCoopers. Ha trabajado en Estados Unidos, Perú, Argentina y  México.
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