La buena estrella

Un maestro en el arte de caerle bien a todos
Max Clip

Cae bien, sin mirar a quien
Gonzalo lleva casi cinco años en la empresa. Trabaja, o dicen que trabaja, en el departamento de contabilidad. Es el encargado de seguirle la pista a trámites diversos, entre ellos los del Seguro Social, los de los seguros de gastos médicos y los descuentos a los empleados por faltas injustificadas, entre otros. No está de más aclarar que, desde que él se ha hecho cargo de todo eso, los trámites ante la institución oficial llevan en promedio un retraso de casi tres meses; las gestiones con las empresas prestadoras de los servicios han debido ser resueltas de última hora y en condiciones desventajosas para la compañía y los descuentos a los empleados nunca se hacen efectivos, con el entendible júbilo de los faltistas (que no son pocos).

- Cómo es que Gonzalo ha sobrevivido a los recortes que se han efectuado en la empresa, si desde hace años a muchos nos quedó claro que es sencillamente incapaz de hacer nada bien, es un misterio insondable que –¡oh sorpresa!– se pierde en la bruma de su buen carácter y entre los numerosos admiradores y admiradoras que tiene.

- En efecto, para suerte suya (y desventura de esta H. Compañía) el buen Gonzalo tiene eso que algunos llaman carisma o don de gentes, y siempre tiene un nuevo chiste que contar y del que todos nos reímos aunque el humor no nos dé para tanto. Dueño de una sonrisa blanca y cautivadora, Gonzalito –también conocido como el té de manzanilla, porque no sirve para nada, pero a todo el mundo le cae bien– es de esas personas que de vista, como dicen, “ya te ganó” y que luego de soltar su primera broma bien podría pedirte prestado el coche, una cantidad considerable de dinero y hasta a la novia, pues casi sin pensarlo se los das. El caso es que no deje de decir sus ocurrencias. Ok, exagero, pero entienden el punto, ¿no?

- No obstante, nuestro amigo (debo admitirlo y, como se darán cuenta más adelante, no crean que escapo a sus encantos) encarna a la perfección aquello que las abuelitas decriben como un bueno para nada. Y en sus casi cinco años en la empresa, el té de manzanilla no sólo ha dado claras muestras de que es incapaz de hacer bien su trabajo, sino que siempre son otros los que se encargan de desfacer sus entuertos.

- El misterioso Gonzalo –otro de sus apodos, pues “nadie sabe qué es exactamente lo que hace, pero siempre parece estar muy ocupado”– es, sin duda, un auténtico vivales y sobrevive gracias a que otros ceden a sus ruegos y engaños, y casi sin darse cuenta terminan por hacerse cargo de sus responsabilidades. Al final, pasa algo extraño y feo de reconocer: Gonzalo se lleva todos los créditos y la gloria por haber cumplido con sus responsabilidades. Incluso, ha llegado a ser mencionado por el director general –que, quizá no sobra decirlo, pero lo adora, o mejor dicho: adora desternillarse con sus chistes y bromas– como “ejemplo de eficiencia” para todos.

- Dicho todo lo anterior, no debería extrañarles si, con todo y mis capacidades de análisis admito que, por enésima vez y a pesar de que me había prometido a mí mismo no hacerlo más, Gonzalo me ha enganchado para que le ayude a resolver unos trámites complicadísimos con el Seguro. Bastó una retahíla de 10 chistes para bajarme la guardia y lograr convencerme de que viniera en sábado a la oficina (muy inteligente el muchacho, así no hay testigos) y le ayudara con sus “pendientes”. Si hubiera un premio tipo Oscar para las diferentes modalidades del cinismo, este cuate se los llevaría todos: la “chambita” que me esperaba sobre el escritorio ocupaba dos cajas de papeles que había que ordenar, además de otro tanto de formas que es necesario llenar y verificar (pues los datos pueden estar incorrectos, lo que traería como consecuencia una fuerte sanción para la empresa).

- Y aquí estoy, mientras Gonzalo se sirve café, verifica que los datos sean correctos y que no falten los documentos, se sirve más café, habla por teléfono con la novia y planea qué película verá por la noche.

- Para colmo, dijo que él iba a invitar la pizza. Adivinen quién, a fin de cuentas, pagó la nota...

- Acertaron. 

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