La burbuja que viene

Nadie asegura por dónde podría venir la siguiente crisis económica, lo único que se dice es que el contexto es propicio para que esto suceda.
Luis Miguel González

‘Burbuja' es una linda palabra que tiene que ver con bolas de aire. Lo saben los niños que juegan con ellas y lo confirman los diccionarios etimológicos que nos explican que algunos apellidos, como Borbolla, están emparentados de lejos con ese vocablo. ‘Burbuja' puede ser una palabra maldita cuando la pronuncia un financiero o un economista. Se refiere a un algo irracional que tiene más que aire en su interior: el potencial para destruir riqueza a gran escala.

Una enorme burbuja inmobiliaria reventó para marcar el principio de la crisis de 2008. Otra bola de aire, relacionada con las empresas de internet, provocó una destrucción de valor multimillonario en 2001. Si nos vamos tres décadas atrás, podemos hablar del estallido de una burbuja relacionada con el precio del petróleo en tiempos de López Portillo y, por supuesto, debemos referirnos a la abuela de todas las burbujas bursátiles: el alza de precios de las acciones de Wall Street que reventó en 1929.

Las burbujas son uno de los temas hot entre los economistas de ahora. ¿Cuál será la próxima burbuja en estallar? Ésta es una cuestión de la que dependen billones de dólares y en la que trabajan algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo. George Soros piensa que será el oro, otros creen que toca el turno al petróleo, los metales o las nuevas empresas tecnológicas que han subido como la espuma luego de su debut en Wall Street. Algunos expertos en mercados emergentes nos hablan de fenómenos que ni siquiera teníamos avistados en nuestro radar: los precios inmobiliarios en Pekín, Shanghai o Mumbai; las acciones de energéticas rusas y los hotchips brasileños, entre otras.

Estamos viendo la emergencia de un nuevo tipo de especialistas: los ‘burbujólogos'. No los confundan con los Ghostbusters. Éstos son tipos serios. Pretenden detectar las bolas de aire antes de que entren en fase crítica. Estos sabios coinciden en que su objeto de estudio es un fenómeno irracional y cualquier intento de explicarlo a partir de la racionalidad está condenado al fracaso. Son exuberantes e inevitables, pero no indescriptibles. Lo que estamos viviendo es una proliferación de narrativas sobre las burbujas. Los gurús recurren a ciencias tan diversas como la economía, la historia, la psicología social, la biología, la física y la neurología.

La lista de autores expertos en burbujas no deja de crecer. Incluye clásicos contemporáneos, como el experto en probabilidades Nassin Nicholas Taleb; el académico argentino Nouriel Roubini y Robert Shiller, el doctor Doom, famoso por su diagnóstico de la burbuja inmobiliaria de la década pasada. Los nuevos nombres incluyen al gestor de fondos indio Vikram Manshasarami, que escribió un libro, Boobustology; los académicos de la Universidad Pompeu Fabra Jaume Ventura y Alberto Martín, el físico suizo Didier Sornette, que aplica modelos probabilísticos derivados de la física contemporánea para vaticinar estallidos de burbujas financieras y el neurólogo de la Universidad de Baylor Read Montague, que trata de entender cómo funciona la química cerebral durante las fases de euforia y depresión que caracterizan este fenómeno.

Tratándose de burbujas, la historia no entrega recetas ni instructivos de prevención de desastres. Sirve para recordarnos los cientos de años que llevan entre nosotros. En el siglo XVII, los tulipanes en Holanda se llegaron a vender por un precio equivalente al valor de una casa. Suena absurdo, pero no lo es más que el precio que llegaron a alcanzar algunas acciones tecnológicas que amparaban negocios de saliva o las estrategias bancarias durante el auge de las subprime.

No hay vacuna. El mundo está burbujeando otra vez, como si 2001 o 2008 no hubieran existido. Las burbujas se nutren de la amnesia colectiva y de la inagotable reserva de ingenuidad y ambición del rebaño humano. Nacen en cada ciclo económico en el que haya cualquiera de los siguientes factores: dinero barato, laxitud regulatoria y una nueva tecnología capaz de entusiasmar.

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Las burbujas se inflan y revientan por muchas razones, una de ellas es que el cerebro falla, explica Read Montague: en la euforia hay exceso de producción de dopamina. La mente falla antes que el mercado, señala el médico. Existen burbujas porque el mundo es mejor con ellas que sin ellas, dicen Ventura y Martín. "Algo queda después de cada burbuja", afirman. ¿Quién quiere un mundo sin burbujas? Los niños no, los especuladores... tampoco.

El autor es director editorial del periódico El Economista.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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