La Chiquis

En casa del jabonero, en que no cae, resbala
Max Clip

¿Qué creen? Les tengo dos noticias. Y como soy conservador y no quiero romper con la sacrosanta tradición, una habrá de ser buena y la otra, mala. Así que saquen la chambrita, porque ahí les van. La buena noticia es que estoy enamorado; la mala, que la muy jija no me pela. Cierto, debo admitir que tampoco le he dicho nada y que ni siquiera le he insinuado que guardo ciertos intereses por ella. Para que quede claro, se trata hasta ahora de una variación más de aquella conocida circunstancia donde ella es mi novia, pero aún no lo sabe (sic).

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¿Qué por qué soy como el caracol –lento y baboso– y no le digo nada?, me preguntarán. Pues el problema, les contesto, es que trabajamos en la misma empresa.

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Ya sé lo que me van a responder, que “en casa del jabonero, el que no cae, resbala”, que ahora me toca tragarme una cucharada de mi propia medicina, y otras linduras del estilo. No me importa, nada de lo que digan cambia un ápice mi situación. Y cómo no sé qué habrá de pasar mañana, paso primero a hacerles el retrato hablado de la indina.

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Igual no me creen, pero todavía no sé cómo se llama; yo le digo la Chiquis y ahora me van a entender. Es bajita, morena, de brazos delgados y manos muy pequeñas. Tiene una cara, ¿cómo se las describo?, pues que más bien tira a redonda, con los ojos negros, brillantes y alargados, y una boca delgada y que siempre está sonriendo. Cuando la miro de lejos, a veces me parece que veo una de esas caritas sonrientes que se exhiben en el Museo de Antropología. Y me parece que tiene un acento raro, como si fuera de Tabasco, porque suena como si se comiera las “eses” y las sustituyera por “jotas”. Me da una risa...

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Pero lo que no es chistoso es que la indina sea la muy eficaz asistente de uno de los vicepresidentes, el mismo que tiene fama de cacique y que trata a los empleados de su área como si fueran de su propiedad. Para colmo, entre mi jefe y este señor no priva la mejor de las relaciones (esto lo sé de buena fuente; mi jefe me lo cuenta casi todo). Tengo para mí, que entre los dos existe más bien cierta animosidad y competencia que se parecen, misteriosamente, a los celos. A esa situación, ya de por sí medio delicada, agréguenle mi puberta infatuación y les da por resultado la inevitable analogía con los Montesco y Capuleto.

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Pero yo me siento peor que en drama isabelino y, la verdad, creo que Romeo y Julieta me hacen los mandados. Si la Chiquis trabajara en otra área, creo que mi posición podría ser incómoda, pero manejable. Después de todo, aunque no se derrame sangre, se reciten versos ni existan lances con espadas, el mundo corporativo es más violento que los feudos donde las reyertas familiares son lo normal.

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Les voy a ser muy sincero: desde hace como una semana, cuando me la topé en el elevador, ando en un estado semi-zombie –léase: “de apendejamiento general”; ustedes sabrán disculpar que haga uso de “malas” palabras, pero con el Presidente electo que ya tenemos, parece que todo se vale y la máxima ordena que hay que ir con los tiempos políticos–. Obviamente, cada día me pongo cualquier excusa para subir al 12o piso, la veo, la escucho hablar por teléfono, me pongo nervioso y regreso a mi sitio. Es ridículo: cuando por suerte me ha tocado estar junto a ella, las manos me sudan y por la noche tengo pesadillas.

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Ando mal, muy mal: no logro concentrarme en el trabajo, equivoco el tono en el que debo redactar las cartas a los proveedores, revuelvo las cifras de cotizaciones, yerro las proyecciones financieras del próximo semestre y, por supuesto, vivo con el terror de que los demás compañeros se enteren. ¡Qué digo “los demás compañeros”! El vicepresidente, ese sí que cuenta, es el único que cuenta. Y de mi jefe, ya veo venir la botaneada que me va a poner.

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Ahora que, visto el asunto de esta manera, igual podría poner las cosas al revés –o sea, que la mala noticia es que estoy enamorado y que la buena es que no me hacen caso–; no obstante, el quid del asunto (la bottom line, como le dicen los apochados yuppies) sigue siendo el mismo.

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Bueno, ahora los dejo, voy al piso 12. Luego les cuento cómo me fue.

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