La corporación como ciudadano

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Charles Handy

Samuel Johnson dijo hace 200 años. “El lenguaje es la vestidura del pensamiento”.  Nuestra manera de hablar colorea nuestra forma de pensar, y ésta moldea nuestro actuar. Somos los prisioneros inconscientes de nuestro lenguaje. En las épocas de cambios trascendentales en la cultura o la sociedad, el uso de viejas palabras para describir nuevas cosas puede ocultar a nuestra vista el futuro que está emergiendo.

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En la sociedad moderna, el viejo lenguaje de propiedad y posesión ya no nos sirve porque ha dejado de describir lo que una compañía es en realidad. El viejo lenguaje sugiere las prioridades equivocadas, lleva a políticas que no son las apropiadas y descarta nuevas posibilidades. La idea de que una corporación es propiedad de los actuales poseedores de sus acciones es confusa, puesto que no aclara en dónde radica el poder. Como tal, esa concepción es una afrenta a la justicia natural porque no da un reconocimiento suficiente a las personas que trabajan en la empresa, quienes son, cada vez más, sus recursos principales.

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Incluso, podría considerarse inmoral decir que poseen a otras personas, como lo hacen inconscientemente los accionistas. Más aún, el lenguaje de propiedad y posesión es un insulto a la democracia. Una de las grandes paradojas de nuestra época es que los recursos materiales de las grandes democracias son suministrados por organizaciones totalitarias, centralmente planificadas, propiedad de personas y entidades externas.

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A las personas libres no les agrada ser instrumentos de otras; de manera creciente, las mejores de ellas se negarán a incorporarse a tales instituciones o exigirán un alto precio por el sacrificio de sus derechos. Necesitamos un nuevo lenguaje para liberar nuestro pensamiento y propongo que sea el de la organización política.

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Una corporación que no deba ser considerada como una propiedad, sino como una comunidad creada mediante un propósito mutuo, antes que común. Nadie es propietario de una comunidad. Las comunidades, según se reconoce en las democracias, tienen constituciones que avalan los derechos de sus diversos integrantes y estipulan los métodos del ejercicio del poder. En las democracias, los miembros que forman el núcleo de las comunidades son considerados, propiamente, como ciudadanos –no como empleados o recursos humanos– que tienen obligaciones y derechos.

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Incluso, en aquellos casos donde entidades organizacionales como Internet ya adoptaron formas nuevas –que tal vez sirvan de modelos para el futuro–, carecemos del lenguaje para describirlas: nadie es propietario de Internet. En realidad, es una comunidad con un propósito mutuo, que sirve a sus integrantes y es sostenida por ellos.

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La corporación cambia, pero todavía se habla de ella como si fuera un oligopolio autorizado, nombrado por sí mismo, dominado en el mundo anglosajón por las presiones del mercado de valores. No obstante, los estudios acerca de organizaciones que han operado con éxito durante muchos años (“The Living Company”. Arie de Geus, Harvard Business Review, marzo-abril de 1997) parecen indicar que el deseo de inmortalidad alimenta a las empresas para que triunfen en el largo plazo.

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¿Qué diferencia habría si consideramos a las corporaciones como comunidades, como estados soberanos dentro de los estados? La diferencia clave es que una comunidad es algo a lo que uno pertenece y que, a su vez, no tiene dueño definido. Esta inversión del concepto de propiedad tiene implicaciones en la manera de gobernar una comunidad. Requiere, por supuesto, una definición más clara del vínculo entre el individuo y la organización  –algo que se podría llamar contrato de ciudadano–, así como de las relaciones con los demás derechohabientes, en particular, con los proveedores del capital: la organización debe estar saturada de la cultura y el propósito de la comunidad.

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Las leyes que rigen a las compañías cambiarán para reflejar la nueva realidad. Antes, sin embargo, necesitamos un nuevo lenguaje con el que podamos explicar esta teoría naciente; un idioma de comunidad y ciudadanía, no de propiedad. Como dijo Ludwig Wittgenstein: “Las palabras hacen posibles los hechos.”

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