La devaluación y la política cambiaria

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Arturo Damm Arnal

Hace 20 años el tipo de cambio era de $12.5 viejos pesos por dólar. Al momento de escribir estas líneas es de N$6.2 nuevos pesos ($6,200 de los viejos). Ello implica, en dos décadas, una devaluación del peso frente al dólar e 49,500%. Nuestra primera reacción ante tal debacle cambiaria es la de echarle la culpa a la política cambiaria del gobierno. Sin embargo, la verdadera culpable es la inflación, también responsabilidad del gobierno. Mientras la inflación persista, la devaluación será inevitable, independientemente de la política cambiaria.

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La inflación es un proceso cuya causa es el excesivo crecimiento de la cantidad de dinero en circulación y cuyo efecto es el alza general, sostenida y dispareja de los precios. El tipo de cambio es un precio: el del dólar en términos de pesos. El efecto inflacionario sobre el tipo de cambio se llama devaluación; el dólar en términos de pesos se encarece, de la misma manera que se encarece todo lo demás. De tal manera que para evitar la devaluación lo que hay que hacer es eliminar la inflación, lo cual nunca se logra con la llamada política cambiaria, razón por la cual ésta fracasa a cada paso que da. La razón de dichos fracasos son los límites propios de tal política; es capaz de determinar el cómo (cómo se devaluará la moneda), pero no de evitar el qué (la devaluación misma).

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Una vez desatada la inflación, y una vez que los precios comienzan a subir de manera general, sostenida y dispareja, la política monetaria solamente es capaz de administrar la devaluación, no de evitarla, lo cual implica una de dos opciones. La primera: una devaluación anunciada y gradual (deslizamiento, le hemos llamado en México). La segunda: una devaluación repentina y colosal (abrupta, la ha llamado Pedro Aspe). Si la devaluación anunciada y gradual no es suficiente como para dejar salir todas las presiones devaluatorias que, por causa de la inflación, se acumulan sobre el tipo de cambio, el resultado final será una devaluación repentina y colosal. La política cambiaria se limita a determinar el cómo de la devaluación, no el qué, la devaluación misma. Es por ello que está intrínsecamente destinada al fracaso. Estrictamente hablando, no hay una política cambiaria antidevaluatoria. La única política antidevaluatoria es la estrategia antiinflacionaria.

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Valgan estas reflexiones para intentar dilucidar el futuro del tipo de cambio. El año pasado la inflación fue de 7.1%; la proyección para 1995 es de 50%. Este año la inflación será unas ocho veces mayor que la del año pasado. Muy probablemente no será sino hasta el siglo XXI cuando alcancemos, nuevamente, una inflación de un dígito. Todo el sexenio zedillista será de inflaciones elevadas. Si la devaluación es el efecto de la inflación sobre el tipo de cambio, ¿cuál puede ser el futuro de éste en un entorno inflacionario? La respuesta cae por su propio peso. Si el sexenio socialista va a ser uno de inflación también lo será de devaluación. Veamos el mercado de futuros del peso. Al momento de escribir estas líneas, el tipo de cambio se ha negociado, a futuro, de la siguiente manera: diciembre de 1995: N$6.80; marzo de 1996: N$7.21; junio de 1996: N$7.59. Por algo será.

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La inflación acumulada a lo largo del sexenio salinista fue de 142%; la devaluación del peso frente al dólar durante aquellos seis años fue de solamente 52%. El rezago del tipo de cambio respecto de la inflación fue considerable. Las presiones devaluatorias que se acumularon también lo fueron. Al final de cuentas, la devaluación repentina y colosal fue inevitable. De una política cambiaria de deslizamiento diario, se pasó a una de libre flotación del tipo de cambio, que es tanto como no tener política cambiaria alguna; las autoridades dejan que el mercado funcione libremente (que es la única manera de que funcione), permitiendo diariamente, de manera gradual y rápida, los ajustes en el tipo de cambio. En un entorno inflacionario ésta es la mejor opción.

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La conclusión es clara: mientras haya inflación habrá devaluación. Para terminar con esta última hay que acabar con la primera.

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El autor es profesor en la Escuela de Economía y en la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana.

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