La ejecución de una afgana

&#34Levanten la mano aquellas de ustedes a cuyos padres mató el talibán.&#34 Una, dos, tres, cuatr
Ricardo Medina Macías

No me puedo quitar de la cabeza la imagen de esa mujer afgana, cubierta completamente, que de hinojos en medio del estadio de futbol en Kabul recibe un certero tiro en la cabeza. La tela azul cielo de inmediato se tiñe de rojo. Era, supongo, una pecadora. Como usted o como yo.

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La vi en un largo reportaje de Saira Shah –periodista de televisión, hija de un afgano y de una inglesa–, que transmitió el domingo la cadena CNN. La crónica se llama Beneath the Veil (Debajo del velo) y es un trabajo externo producido por Cassian Harrison.

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La emisión dura más de 30 minutos –que no se sienten por la excelente técnica narrativa– y carece de los alardes melodramáticos usuales en la televisión. La voz de la corresponsal es pausada, casi sin énfasis. Las frases, breves. El terror, absoluto. Buena parte del material está grabado con una cámara escondida. Otro segmento es de organizaciones como la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA, por sus siglas en inglés) con sede en Pakistán.

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Hay que verlo y sufrirlo.

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Las mujeres perseguidas por el régimen talibán son los personajes centrales. Es decir todas las mujeres, de cualquier edad, que han tenido la desgracia de nacer en Afganistán, de vivir hoy en ese país.

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Un grupo de hermosas niñas –sólo se les ven sus grandes ojos oscuros– es interrogado por la informadora: "Levanten la mano aquellas de ustedes a cuyos padres mató el talibán." Una, dos, tres, cuatro, cinco o seis manitas se levantan tímidas.

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Del travesaño de la portería de futbol, en el estadio, cuelga el cadáver de un hombre. Más tarde, sólo acompañada de un sonido ambiente casi imperceptible, vemos la ejecución de esa mujer anónima, cuyo "crimen terrible" desconocemos.

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La reportera pregunta al ministro de Asuntos Exteriores del régimen talibán por qué hay ejecuciones en el estadio, construido con donativos internacionales. La respuesta es macabra: si la comunidad mundial nos dona los recursos para hacer un palacio de ajusticiamientos, lo construiremos. El miserable tipejo, Mowlawi Wakil Ahmad Motawakel, sonríe plácidamente.

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Sólo gente que mata así puede asesinar como lo vimos el 11 de septiembre.

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No pretendo volverme experto instantáneo en este terror recién descubierto. Los datos precisos sobre este trabajo han surgido de la amabilidad de varios lectores. Me duele y me avergüenza haber pasado por alto antes, con esa distracción culpable de los que tenemos prisa y vamos a nuestros asuntos, tales atrocidades. Es tan fatigoso querer estar enterado de todo...

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Pero la atrocidad ya nos alcanzó. Está a la vuelta de la esquina. Las peores pesadillas empiezan a ser verosímiles.

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¿En qué lugar se nos perdió la brújula?

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Me apenan quienes aseguran en México que esta no es nuestra guerra. Tienen sesudas razones de política exterior... De principios, dicen. Pero no puedo compartir sus razonables prevenciones. Nadie puede ver que se mate así, con esa crueldad, con ese espantoso desapego por todo lo que es una vida humana, y quedarse cruzado de brazos. Darse de baja de la humanidad e invocar los sacrosantos "principios" de la no intervención y demás paparruchas politiqueras.

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No, no estoy invitando a la masacre justiciera. Simplemente entiendo que no podemos estar tranquilos, hablar de civilización, si seguimos permitiendo estas barbaridades.

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Tampoco sé –como tantos dicen saber en esta hora– cuál es la mejor estrategia militar, diplomática o política para terminar con este horror cotidiano del fanatismo desquiciado en el nombre de Alá o de su profeta. Sé que debemos hacerlo, que no podemos darnos de baja. Sé que no me puedo quitar de la cabeza la imagen de esa mujer afgana ejecutada en medio de un estadio de futbol.

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