La encrucijada de Banxico

La política de captación de divisas en el esquema de libre flotación tiende a generar efectos con
Alejandro Castillo

Como consecuencia de la estrategia cambiaria aplicada por el Banco de México (Banxico) –que sigue apoyando un peso fuerte para lograr sus objetivos antiinflacionarios–, los excedentes de capitales que se captan en los mercados mundiales tienden a incubar efectos contraproducentes.

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Desde agosto de 1996, Banxico puso en práctica un esquema de subasta para compra o venta de divisas, con el objetivo de sentar las bases para evitar la volatilidad del tipo de cambio. En este espacio se llegó a suponer incluso que podría ser un buen mecanismo para contribuir a un deslizamiento ordenado del peso en el marco de un tipo de cambio flotante. Ese esquema comenzó a operar cuando el saldo de la cuenta corriente apenas empezaba a mostrar una posición deficitaria (de junio de 1996 a marzo de 1997 se acumuló un déficit de $2,756 millones de dólares).

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Lejos de propiciar el deslizamiento, el esquema de subasta se utilizó para lograr un progresivo fortalecimiento del tipo de cambio, respaldado por reservas internacionales cada vez mayores. A pesar de que se tuvo una cuenta corriente deficitaria, las reservas internacionales registraron un fuerte crecimiento gracias al aumento de la inversión extranjera directa –que sumó $5,260 millones de dólares, de junio de 1996 a marzo de este año–, a la repatriación de capitales, la compra de divisas a Pemex y, particularmente, por la emisión de papel de deuda pública y privada.

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Como referencia, en los nueve meses que van de junio de 1996 a marzo de 1997, los capitales que ingresaron como inversión al mercado accionario sólo sumaron $2,045 millones de dólares y los dirigidos al mercado de dinero ascendieron a $1,999 millones de dólares.

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A su vez, las divisas captadas mediante el esquema de subastas en el mercado hasta el 30 de julio de este año sumaron $3,260 millones de dólares. Esa cifra apenas representó 26.8% de los $12,155 millones de dólares en que han crecido las reservas internacionales del Banco de México, del 31 de julio de 1996 al 25 de julio de este año. Ese crecimiento es adicional a los prepagos de la deuda externa que hizo el gobierno.

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Sin embargo, la acción de Banxico tiende a implicar costos mayores para el país.

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El 30 de julio, anunció que aumentará el monto de divisas comprometidas en cada subasta, a $500 millones de dólares mensuales –con posibilidades de llegar a $1,000 millones–, en un momento en que los capitales especulativos huyen de Asia buscando mercados más rentables. Si bien la decisión del banco reduce el riesgo de una apreciación nominal del peso, no modifica la tendencia de nuestra moneda hacia una creciente sobrevaluación (tomando como base 1989, hasta el 31 de julio ésta era de 11.9%) y, lo que es peor, aumenta el costo financiero de la “estabilidad”.

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Las divisas que ingresan al mercado abierto significan un aumento del circulante que, para ser retirado del mercado, obliga a aumentar la oferta de papel gubernamental a tasas más altas. Los supuestos beneficios de los capitales foráneos no se pueden reflejar en tasas de interés más bajas, porque si así fuera se correría el riesgo de propiciar más inflación o acelerar el deterioro de la balanza comercial. Por supuesto, las altas tasas también aumentan el costo de la deuda pública interna y reducen las posibilidades de utilizar el gasto público para inversión.

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Como el crédito interno se mantiene caro, las empresas privadas son forzadas a adquirir -financiamiento en dólares, mismos que al ingresar al mercado mexicano retroalimentan el proceso señalado en el párrafo anterior. Incluso se podría dar el caso de especuladores que obtuvieran -financiamiento en el exterior para invertirlo en deuda pública.

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Una y otra forma de captar divisas contribuyen al aumento de las reservas internacionales, pero con un mayor costo para el país. Las tasas que puede obtener Banxico por invertir esas divisas en el exterior son sustancialmente menores a las que debe pagar a quienes las traen. Si bien las tasas reales en pesos han bajado, las tasas en dólares que pagan los instrumentos de deuda en pesos –con un tipo de cambio estable– son excesivamente altas.

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En fin, ese es el costo de la obsesión por mantener la “estabilidad” cambiaria, dar la impresión de fortaleza y, sobre todo, seguir subsidiando a los fabricantes foráneos y a los importadores. El problema es que ese costo se carga a la sociedad y será mayor a medida que aumenten los distintos desequilibrios que genera la “estabilidad”. Lo peor es que sólo se podrá sostener mientras persistan los excedentes de capitales en los mercados internacionales.

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