La esmeralda de Oz

La vida diaria. Bellezas naturales, nubes que urden sueños en el horizonte, e iconos citadinos se h
Juan Antonio Oseguera

Mark Twain lo dijo: “La historia de Sydney está llena de sorpresas, aventuras, incongruencias, contradicciones y sucesos increíbles”. La infancia de la ciudad (1788-1896) revela, según historiadores, el asentamiento de personas con graves problemas: enfermedades típicas de la región y ataques de aborígenes. Hasta uno de los gobernadores de la época dijo: “Este pueblo apesta a infamia”. Pero no todo fue tan grave. Después de la libre migración de los ingleses a Australia, iniciada en 1851, es descubierto el oro. Para 1883 había 230,000 residentes y “la ciudad era más grande que París”. Ya para la década de los años 30, las edificaciones eran vistosas y el puente, símbolo de la ciudad. Los Juegos Olímpicos de 1956 se celebran, sin embargo, en Melbourne, capital de la cultura, el refinamiento y el poder en esos años. Sydney era una ciudad fantasma en las tardes.

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Cuarenta y cuatro años después, Sydney es la entrada natural de Australia, es una ciudad de sol y agua, voluptuosa, rebosante de vida. Su puerto, de 55 kilómetros cuadrados, siempre surcado por decenas de yates, es uno de los más activos. Al año desembarcan 15 millones de personas para comprar, comer, pasear, visitar el acuario, disfrutar el clima envidiable, entre otras actividades.

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Al lado del puerto hay playas repletas de surfistas que soportan el agua helada. Son aproximadamente 30 playas, 240 kilómetros de orillas y remansos del mar donde los turistas y locales exponen sus cuerpos al sol. En Sydney la cultura no falta. En esta cosmopolita ciudad, con dos centenarios a cuestas, es posible degustar cocina de los cinco continentes, sin dejar pasar la fusión que han hecho los locales de la gastronomía europea y la asiática o la mod-Oz (comida australiana moderna), escuchar en su famosa ópera a los más afamados tenores y sopranos, y recorrer bellos parques y jardines.

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Sobre el puerto Darling, en el Cockle Bay Wharf (un conglomerado de $2,400 millones de dólares en una superficie de 65 hectáreas, con museos, plazas comerciales, centros comerciales, tiendas, bares, restaurantes y centros de convenciones), se enlazan 3,000 locales que le dan vida nocturna a la ciudad, donde culmina la fiesta en inviernos rojos. De reciente hechura, el puerto Darling, de aguas navegables y profundas, surgió apenas a finales de los años 50 para descubrirles un nuevo mundo a los habitantes de Sydney. Al otro lado, se encuentra el símbolo de la ciudad: la Opera House.

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Todos estos atractivos no evitan, sin embargo, que la ciudad, en la que viven cuatro millones de personas, sea ajena a los problemas ambientales que sufren las grandes urbes.

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Sydney, con una inversión de $1,800 millones de dólares para infraestructura de las Olimpiadas (el proyecto australiano más grande de la historia), mostrará su mejor cara.

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