La estatización (1982)

Bancomer había sido el trabajo de toda la vida de Manuel Espinosa Yglesias, quien aquí recuerda el

Al igual que en todos los años anteriores, en agosto de 1982 recibí la invitación para asistir al informe que el presidente López Portillo le rendiría a la nación: Se trataba del sexto y último informe de mandato y el día en que le daría lectura –como siempre el 1o de septiembre– era un miércoles.

- El día era un poco agitado para mí ya que por la tarde tenía que viajar a Nueva York. El sábado siguiente empezaría en Toronto la reunión anual del  Fondo Monetario Internacional y debía asistir a ella, pero algunos asuntos que tenía pendientes en Estados Unidos me obligaban a adelantar el viaje.

- Decidí por ese motivo ver el informe por televisión en mis oficinas de Venustiano Carranza. Así estaría más cerca del Palacio Nacional, podría ir después a la salutación que seguía a todo informe presidencial y salir de ahí directamente hacia el aeropuerto.

- Ya en esos momentos tenía ciertas dudas sobre lo que estaba pasando. Recuerdo que desde días antes corrían rumores inquietantes. El lunes de esa semana, mi hija Amparo vino a verme para decirme que sabía de muy buena fuente que la banca privada iba a ser expropiada. Incluso me sugirió que el director del Banco Nacional de México, Agustín Legorreta, y yo, le pidiéramos una cita al presidente López Portillo para hablar con él y acallar los rumores. No lo hice porque creí que la información era falsa y era imposible que la banca mexicana fuera a ser estatizada. Hoy me doy cuenta que a esas alturas, la decisión ya estaba tomada y hubiera sido inútil hablar con el Presidente. Lo lógico, en todo caso, hubiera sido pedir amparo, pero no lo hice porque me parecía absolutamente imposible que llegara a tomarse una decisión tan irracional y desmedida.

- Uno de los motivos de mi incredulidad era que apenas dos semanas antes, a mediados de agosto, López Portillo se reunió con un grupo de banqueros en el que yo me encontraba. En ese entonces el país estaba ya en plena crisis. La inflación era abrumadora y aunque había reglas estrictas para la compra  y venta de dólares, la fuga de capitales seguía de manera muy acelerada. No obstante, López Portillo nos mostró aprecio y respeto y dijo que tenía plena confianza en los banqueros mexicanos y en la banca privada.

- Para mí era imposible creer que nos hubiera tratado de esa manera y, a la vez, estuviera estudiando cómo desposeernos de nuestros negocios. El hecho me parecía tan indigno de un Presidente de la República que me negué a aceptarlo.

- Al día siguiente de la reunión con mi hija Amparo comenté el asunto brevemente con el señor  Álvaro Conde, que me acompañaba en todos mis viajes.

- Conde me dijo que efectivamente corrían rumores sobre una posible estatización  de la banca y a tal grado que el día anterior, al estar comiendo en la casa de Carlos Hank Rhon, le habían preguntado qué había de cierto en ellos. Cuando dijo que le parecían del todo infundados, sobre todo porque estatizar  la banca agudizaría la grave situación económica que enfrentaba el país, la conversación  cambió de tema sin darle mayor importancia al asunto.

- No obstante, al llegar el miércoles 1o de septiembre, poco antes de las ocho de la mañana, recibí un telefonema del propio señor Conde que implicaba exactamente lo contrario. Minutos antes de llamarme había hablado con el licenciado Miguel Mancera Aguayo y, según le dijo, esa misma mañana había dejado el Banco de México y ya no era su director general.

- Le agradecí su información y le pedí que esperara en su casa instrucciones y le pedí que esperara cuando recibí la llamada telefónica del señor Julio López de la Cerda, de quien esperaba unos papeles que eran necesarios para la reunión en Canadá.

- Lo que me dijo López de la Cerda fue muy inquietante: no había podido llegar a su oficina porque las sucursales de todos los bancos estaban bloqueadas por patrullas y elementos del ejército. Entre la gente ya corría el rumor de que todo eso se debía a que López Portillo iba a expropiar los bancos y lo anunciaría así en su informe.

- Le di las gracias a López de la Cerda y decidido a ver personalmente qué pasaba, llamé a mi chofer y le pedí que me llevara al Centro Bancomer. Nos fue muy difícil acercarnos al edificio, mas desde avenida Universidad pude ver que estaba rodeado por tropas militares y no se le permitía a nadie la entrada. A partir de ese momento ya no tuve duda. Mi hija Amparo había estado en lo cierto: la banca iba a ser estatizada.

- Ante la  posibilidad de un hecho tan desmedido, cambié todos mis planes. Regresé a mi casa y decidí ver ahí el informe. Los miembros de mi familia se enteraron de lo que pasaba y fueron llegando poco a poco. Mi familia entera y mis colaboradores más cercanos  estaban ahí cuando López Portillo empezó a leer el que sería su sexto y último Informe a la Nación.

- Conforme fue avanzando en su discurso me fue siendo cada vez más difícil creer lo que oía. ¿Cómo era posible que un Presidente de la República mintiera tan descaradamente y se atreviera a hacer afirmaciones contrarias a hechos que no podía ignorar? Más adelante analizo algunas de sus afirmaciones, pero para continuar por ahora con mi relato, diré que la incredulidad se fue viendo sustituida por un bloqueo que me impedía tanto pensar como sentir.

- Hasta entonces, fuera de acusaciones falsas e insultantes para la banca, López Portillo no había anunciado qué iba a hacer, pero finalmente dijo:

- Estas son nuestras prioridades críticas. Para responder a ellas he expedido en consecuencia dos decretos: uno que nacionaliza los bancos privados del país y otro que establece el control generalizado de cambios, no como una política superviviente del más vale tarde que nunca, sino por que hasta ahora se han dado las condiciones críticas que lo requieren y justifican. Es ahora o nunca. Ya nos saquearon. México no se ha acabado. No nos volverán a saquear.

- Cuando oí estas palabras no tuve reacción alguna. No sentí nada. Por  algunos momentos se hizo un vacío en mi mente y no pude pensar. Ni siquiera pensé que Bancomer, el trabajo de toda mi vida, me estaba siendo arrebatado arbitrariamente. Quizá tuve un bloqueo, como una defensa ante la destrucción que el hecho  implicaba. Al oír decir a López Portillo las palabras anteriores, lo único que sentí  o pensé fue que se trataba de un hecho consumado e irremediable. A los ojos de los demás, me quedé como si nada hubiera pasado.

- En la televisión, después de que el Congreso le tributó una cerrada ovación, López Portillo seguía hablando. Como ya no tenía caso seguir oyéndolo, ordené que apagaran el aparato. Se hizo entonces un gran silencio. Todo mundo se quedó callado sin saber qué decir, atento a mi reacción. Como yo tampoco sabía qué sería conveniente y la situación era por completo ajena a mi experiencia, hice lo único que se me ocurrió y pedí que se sirviera champagne. Recuerdo que todo mundo esperó, sorprendido, a que le dieran su copa. Fuera del ruido que hacían las botellas al ser descorchadas, no se oía nada más. Cuando todos estuvieron servidos me levanté y subiendo mi copa les dije:

- –Mi vida como banquero ha terminado. Les pido que brinden por mi nueva vida.

- No se me ocurrió nada más que decir.

- Poco después hablé telefónicamente con el licenciado Ortiz Mena para disculparme con él y decirle que no iría a la reunión del Fondo Monetario Internacional. Como la noche anterior la medida había sido anunciada a todas las embajadas y delegaciones de nuestro país en el extranjero, ya estaba al tanto del problema y me dijo que no me preocupara. Aún recuerdo sus palabras:

- –Yo sé que usted saldrá con bien de este descalabro– me dijo.

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Tomado del libro Bancomer: logro y destrucción de un ideal de Manuel Espinosa Yglesias y publicado por Editorial Planeta Mexicana, SA de CV, México, año 2000.
Copyright: Espinosa Yglesias, Manuel. Bancomer: logro y destrucción, Editorial Planeta, SA de CV México 2000.

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