La estrella en la frente

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Ricardo Medina

Parecería que los mexicanos tenemos, hacia afuera, la piel muy sensible, mientras que hacia dentro gozamos de una curtida epidermis de elefante.

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Los disparates de un senador estadounidense nos encienden todo el furor patriótico mientras que las aberraciones en el discurso de nuestros propios legisladores nos dejan impávidos.

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Por supuesto, todo este proceso de la certificación que hace Estados Unidos de la lucha contra las drogas en otros países es odioso. Pero tiene una lógica, la lógica del dinero. Suele olvidarse que detrás de la certificación vienen recursos que el gobierno de Estados Unidos otorga en forma de ayuda a la lucha contra el tráfico de drogas. De esta forma, cuando un congresista estadounidense pide retirar la dichosa certificación a México toma una postura que, para el electorado estadounidense, tiene al menos un punto atractivo. “El senador X está defendiendo el dinero de los contribuyentes”.

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Vamos a plantear de una forma descarnada y cínica el razonamiento del proceso de certificación:

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Como gobierno, no estoy dispuesto a pelear una batalla perdida de antemano dentro de mis fronteras contra la drogadicción o contra el tráfico interno de estupefacientes. Sea porque no me conviene o sea porque es una batalla muy costosa políticamente, la guerra interna contra las drogas no la voy a librar.

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Ya sea que quiero tranquilizar mi conciencia y la de mis contribuyentes o ya sea que quiero evitar una sobreoferta de drogas que desplomaría los precios, estoy dispuesto a dar dinero a otros países para que la oferta de drogas sea menor. Para justificar esa ayuda con el dinero de los contribuyentes, tengo que demostrar que la misma es efectiva para reducir la oferta de drogas. Los candorosos creen que con menos oferta de drogas hay menor drogadicción, los astutos saben que a menor oferta el negocio de los estupefacientes se vuelve más rentable.

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Eventualmente, puedo negarme a certificar la lucha de otros países contra el narcotráfico, ya sea porque en efecto no hay tal lucha, o porque tal lucha es ineficaz (siempre lo será cuando no hacemos nada importante para reducir la demanda) y ello me reporta simpatías porque estoy “ahorrando” dinero a los contribuyentes y, supuestamente, defendiendo al pueblo estadounidense del flagelo de las drogas, al “castigar” a los países productores o a los que no impiden el tránsito de drogas por su territorio.

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Tal vez deberíamos considerar todo esto antes de escandalizarnos en vano y malgastar nuestro patriotismo.

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En todo caso lo que resulta irrefutable es que no hay materia prima ni producto en el mundo que resulte viable económicamente sin demanda. El mercado es el que hace posible cualquier negocio. Y es la demanda la que pone las reglas. Yo no puedo vender trisulfito de selenio (suponiendo que hay tal cosa), sin consumidores y sin distribuidores que hagan llegar al consumidor mi producto. Desde el punto de vista financiero, como en el caso del café, del cobre o del petróleo, los carteles de productores siempre estarán en desventaja frente a los carteles de consumidores y de distribuidores. A largo plazo, acaba por poner las reglas del juego la demanda.

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Cuando la crisis petrolera de 1973 provocada por la OPEP, Estados Unidos y otros países consumidores de crudo pusieron rápidamente en marcha medidas para buscar fuentes alternativas de energía, reducir el consumo y castigar a los insolentes productores que querían fijar los precios a su arbitrio. Tal vez en el caso de las drogas no operen tales medidas, porque son los propios países consumidores quienes controlan y financian la producción.

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En este sentido, la operación de “poner estrellitas en la frente” de otras naciones (el proceso de certificación) es una despreciable estrategia de mercadotecnia que no debiera preocuparnos tanto.

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En todo caso, debiera inquietarnos esa ansiedad infantil por recibir condecoraciones de papel engomado, como si no fuésemos suficientemente maduros para juzgarnos moralmente a nosotros mismos.

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El autor es colaborador de TV Azteca y de El Economista.

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