La fachada

El CEO global de PWC sentencia que los fraudes seguirán si no se unifican las contabilidades y se d
Carlos Martínez

Le llaman ‘contabilidad creativa’, ingenioso eufemismo que esconde el fraude detrás de la fachada de una contabilidad aparentemente en regla. Se volvió tan global como el fenómeno que pretende disimular. De una punta a la otra del mundo, emergen todo el tiempo casos de contadores, asesores y altos directivos que aprovechan los vacíos de la normativa legal para transformar la información contable y ‘maquillar’ los estados financieros de las empresas.

- Sólo los tres casos más escandalosos de esta práctica –Enron, WorldCom y Parmalat– defraudaron por un monto equivalente a una vez y media el Producto Interno Bruto de un país como Ecuador. Kenneth Lay, Bernard J. Ebbers y Calisto Tanzi, las respectivas cabezas de esas compañías, mintieron sin contemplación por nada menos que $31,000 millones de dólares. ¿En dónde se esconde tal cantidad de dinero?

- Los mercados perdieron la confianza en los principios de la contabilidad generalmente aceptados. Pero, también, les surgió una incredulidad por los auditores, asesores y hasta los analistas de inversión que recomiendan la compra o venta de acciones. El escepticismo no se va, a pesar de que la Justicia actúa con contundencia: Ebbers, de WorldCom, enfrenta una sentencia máxima de 85 años en prisión; Lay, de Enron, de hasta 175 años de cárcel y Tanzi fue a parar a la prisión de San Vittore, en Milán. Sin embargo, el fraude no se reduce. Se reactualizó de la mano de Martha Stewart, Richard Grasso (ex presidente del New York Stock Exchange), Jean-Marie Messier (de Vivendi), Dennis Kozlowski y Mark Swartz (de Tyco Internacional)… y sigue.

- “No hay manera de detener el fraude si múltiples personas coaccionan para romper la ley. La pregunta que hay que formularse es ¿qué tan rápido se puede detectar y qué tanto limitarlo?”, afirma Samuel A. DiPiazza, Presidente Ejecutivo mundial (CEO) de la consultora PricewaterhouseCoopers (PWC).

- “Por ejemplo, en el caso de WorldCom, por lo menos 50 ó 75 personas participaron en el fraude. Los auditores no pueden detectar algo tan bien orquestado”, aseguró DiPiazza en diálogo con Expansión. Sin duda, el sector de los servicios al que pertenece el especialista tampoco quedó indemne de las esquirlas que lanzaron los bombazos de los fraudes; por eso, los auditores van ahora por propuestas que generen redes de control y seguridad más estructuradas.

- “¿Qué los detiene (a los defraudadores)? Una buena supervisión por parte del consejo administrativo, una estructura sólida de control interno por parte de las empresas, y mayor transparencia en los reportes financieros”, afirma DiPiazza.

- Más realista que escéptico, el hombre de PWC duda que tales objetivos puedan cumplirse con respuestas del tipo que Estados Unidos instrumentó con la ley Sarbanes-Oxley. “Me he reunido con CEOs que consideran que la ley Sarbanes les ha dado la oportunidad de analizar sus compañías con mayor sentido de obligación. Pero no nos engañemos, esta nueva ley es muy compleja y muy costosa”, asegura. Le adjudica esas desventajas porque “es una ley que exige a las compañías proporcionar información sobre la estructura de control interno, algo que jamás se había hecho y que no será sencillo ni barato”, dice.

- Según DiPiazza, la Sarbanes instaló un principio de desigualdad en las condiciones de competencia, por el cual justos están pagando por pecadores. “Existen empresas con buenos gobiernos corporativos (…) los CEOs de esas compañías obviamente no están conformes con los costos que esta nueva ley implica, y tampoco creen justo que sólo se aplique a los mercados bursátiles de Estados Unidos y el Reino Unido”. Cálculos realizados en el sector privado en México aseguran que si una empresa mexicana debiera cumplir con las exigencias de la Sarbanes, sus costos se incrementarían hasta 30%.

- Pero, ¿qué hacer frente al avance desenfrenado del fraude? Si los vacíos legales tientan a los inescrupulosos y las leyes rígidas agregan costos excesivos, ¿dónde está la salida?

- Globalizar la contabilidad
En lugar de establecer barreras legales entre los diferentes mercados, lo cual estaría comprometiendo el contexto de sobrevivencia competitiva de muchas compañías, el experto de PWC propone la estandarización de la contabilidad a una escala internacional, por medio de nuevos niveles de información y de auditoría. Ello generaría una suerte de unificación de los costos involucrados por las empresas para establecer sistemas y procesos de gobierno corporativo y cumplir con los requisitos.

- DiPiazza plasmó estas ideas en el libro Recuperar la confianza: el futuro de la información corporativa, que escribió junto al profesor de la Harvard Business School, Robert G. Eccles. En la obra, los autores proponen un nuevo modelo de transparencia corporativa que tiene tres pilares. Uno es la mencionada contabilidad global, los otros dos apuntan a crear una cultura de mayor información a los inversionistas para que ellos cuenten, por un lado, con datos de carácter sectorial y, por otro, con datos específicos e individualizados de cada compañía. Algo así como la perspectiva del árbol y el bosque en una misma fotografía.

- “Yo creo que con el tiempo, los estándares serán muy similares y eventualmente las nuevas exigencias serán simplemente una forma más de hacer negocios”, prospecta DiPiazza. ¿De qué tipo de estándares se trata?

- No sólo los de la contabilidad, sino los de la auditoría, del mercado de capitales y de las bolsas de valores. “Algunos convergerán, otros tantos no, pero en definitiva hacia allá vamos”.

- Hace tan sólo tres o cuatro años resultaba difícil prever que esto ocurriera. Sin embargo, “en muy poco tiempo tendremos a 100 países utilizando los mismos estándares internacionales, asegura DiPiazza, y considera que “México se verá obligado a adoptar los que rijan la contabilidad”.

- En principio, las corrientes de convergencia tendrán que arrastrar hacia un mismo cauce a tres leyes que rigen buena parte de la economía mundial: la estadounidense / británica Sarbanes-Oxley, la australiana Clero 9 y la europea Directiva 8. Cada una deberá ceder algunos aspectos e incorporar otros. “Ya estamos viendo una convergencia en cuestiones importantes como son los reportes financieros, la contabilidad, la supervisión y la transparencia”, señala el especialista de PWC. Más allá del tipo de información que es preciso que las empresas pongan sobre la mesa, el modelo desarrollado por DiPiazza y Eccles tiene un punto medular que establece una diferencia sustancial –aunque luzca sutil– con las herramientas que utilizan los estadounidenses para enfrentar los fraudes.

- “Si analizamos lo ocurrido en Enron, muchas de las cosas que sucedieron eran legales, dentro del marco legal establecido”, advierte DiPiazza. Ello demuestra que un método estrictamente reglamentarista no resulta del todo eficaz. De hecho, a Enron no le impidió generar falsos balances financieros para minimizar pérdidas que alcanzaban los $ 7,000 millones de dólares. En este caso, el sentido común de los directivos perdió el piso, y no hubo ley que haya podido detectar y controlar ello.

- “El sistema de control estadounidense está basado demasiado en reglas –dice el especialista de PWC– yo creo que a largo plazo, estaríamos mejor con un sistema basado en principios”. ¿Qué significa esto? Que aparte de los controles establecidos, es necesario aplicar un juicio responsable. “Es responsabilidad de las compañías y de las firmas de consultoría, asegurar que los juicios tengan parámetros razonables”. Quien logre saltarse la barda de la ley por inconsistencias que consiga detectar en la norma, no podrá ir lejos, ya que tarde o temprano –según su modelo– las decisiones serán confrontadas con los parámetros de razonabilidad prefijados en cada uno de los niveles de control.

- Y dónde está el auditor
Para compañías auditoras como PricewaterhouseCoopers (la firma del rubro más grande en el mundo, con 130,000 empleados), que las empresas comiencen a transitar por un camino de transparencia y buen gobierno es una cuestión de vida o muerte. “Si las compañías no son transparentes y los inversionistas son engañados, nosotros somos los perjudicados. La gente nos culpa por el engaño, ya que estamos en la intersección del problema”, admite DiPiazza.

- El punto de mayor debate que enfrenta hoy el sector es el relativo al papel que las firmas auditoras y de consultoría deben ejercer. ¿Hasta dónde deben meter sus narices? “Jugamos un papel muy importante. Debemos aplicar nuestro juicio para evaluar si las empresas cumplen con los estándares financieros y atestiguar si la información es razonable o no”, dice el especialista. Sin embargo, abre el paraguas y se defiende: “Un auditor tampoco tiene la capacidad de verificar todas y cada una de las transacciones. Si un fraude es bien estructurado, se le puede escapar, por lo menos por un tiempo”.

- Las dos compañías auditoras que más expuestas quedaron como consecuencia de un megafraude fueron las filiales italianas de Deloitte y de Grant Thornton, que auditaban respectivamente la casa matriz y las filiales de Parmalat. Por acción u omisión, lo cierto fue que ambas fueron despedidas cuando el interventor designado por el Estado italiano, Enrico Bondi, se hizo cargo de la administración de la conflictiva compañía de Parma.

- “Creo que los auditores deben entender que su lealtad es con los inversionistas y el Consejo Administrativo”, dice DiPiazza.

- Aún cuando los empresarios resisten las leyes de control que afectan sus costos, la “cultura de la transparencia” está ganando adeptos a fuerza de los resultados palpables que deja.

- En la Octava Encuesta Global Anual de CEOs, realizada por PricewaterhouseCoopers entre 1,324 empresarios a nivel mundial, de septiembre a noviembre de 2004, 64% de los encuestados reconoció que el gobierno corporativo tiene un efecto positivo en la reducción de obligaciones legales. Pero además, 43% le adjudicó responsabilidad en el incremento del valor de la empresa y lo consideró una fuente para lograr una ventaja competitiva. “Para los CEOs que consideran estas prácticas una inversión y no un gasto, los resultados han valido la pena”, dice DiPiazza. Cada vez más empresas están entrando en esa variante porque, además, los inversionistas en la actualidad, tienen mucha más confianza en los sistemas y procesos de gobierno corporativo que en los ejecutivos en sí.

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- Y para no caer en fanatismos normativos, DiPiazza reconoce que se necesitan personas con integridad para que el esquema funcione. “Aun cuando se tenga el mejor sistema y los proceso más avanzados, si existe una persona sin integridad, un Consejo Administrativo que no ponga mucha atención y un auditor que esté dormido, entonces uno puede llegar a tener problemas”.

- Poco predispuesto a tolerar situaciones así, el multimillonario inversor Warren Buffett proclamó: “¡Accionistas del mundo, únanse contra los directorios codiciosos!” Mientras las regulaciones no terminen de ser lo suficientemente efectivas, para Buffett “la mejor forma de castigar a los ejecutivos rapaces es vía rebeliones entre los accionistas”. ¿Será éste el principio del fin de las fachadas?

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