La feliz imperfección

En ocasiones nos exigimos tanto que, sin saberlo, vamos construyendo un caparazón que nos aleja aú
Javier Martínez Staines*

Desde hace algún tiempo me propuse ponerme en paz conmigo mismo. Lo primero que hice fue mandar al diablo la obsesión por la perfección, entender que los errores y las debilidades pueden transformarse en verdaderos aliados para ser más flexibles, creativos y libres. ¿Por qué no comenzar a celebrar los desaciertos?

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Hace unos días me encontré con un librito de Véronique Vienne, El arte de la imperfección, que me ayudó a documentar esta renovada sensación. La autora dice que la historia está llena de personajes incompetentes que fueron reverenciados, de torpes con una personalidad encantadora y de ineptos cuya simple presencia hacía las delicias de la concurrencia. ¿Su secreto? Aceptar sus defectos, con tanta gracia y humildad como si fuesen cualidades.

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Hoy me siento con la fuerza interna de admitir que llevo conmigo una larga lista de rasgos que me convierten en incompetente, torpe e inepto. Por si fuera poco, también descarado, gracias al cinismo de admitirlo públicamente. Más vale quitarse esas máscaras en un mundo tan, pero tan, irracional, en el que cometer errores es un arte. Quizá lo único que conviene tener en cuenta, para evitar hacer el ridículo tantas veces como la personalidad lo amerita, es el decálogo de los que nos equivocamos a menudo:

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No te pases de listo. Evita formar parte del ejército de intelectuales-todólogos-funcionales que saben íntegramente cualquier tema y disfrutan terapéuticamente de las manifestaciones de ignorancia de los demás. Incompetencia y arrogancia no son las mejores amigas.

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Pide perdón, no permiso. Si tienes tal nivel de inseguridad como para consultar cada paso que das, te mantendrás en la misma posición en la que arrancaste. Toma los riesgos y asume la responsabilidad.

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Piensa con todo el cuerpo. La toma de decisiones más eficaz requiere de la sincronización de cabeza, corazón y estómago. Ponlos de acuerdo de vez en cuando, por favor.

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El tiempo pasa. La belleza es un misterio oculto en la sombra de nuestra juventud. Aléjate de la sensación reparadora del bisturí y piensa que de los 40 en adelante creces en experiencia y en interés.

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Menos chic es más chic. Huye de la ostentación escandalosa. Hoy ya nadie se impresiona de nada (ni de tu Jaguar, ni de tu loft de 300 metros cuadrados, ni de tu guardarropa). ¿Has escuchado aquello de back to the basics?

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No permitas que tu ego exija un premio. Mejor desínflalo con una sana dosis de sinsentido. A fin de cuentas, las ovaciones no son tan importantes y tienen más que ver con la manipulación que con el auténtico reconocimiento.

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Admite que otros saben más que tú. El hecho de que otro tenga razón no significa que tú te equivoques. Una vez más, arrogancia e incompetencia no son las mejores amigas.

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Limpia tu escritorio para desordenarlo otra vez. Qué bueno que tienes trabajo. Cuídalo.

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Haz una lista y luego olvídala. Con sólo ejercitarte en llenar tu agenda de actividades y tu lista de pendientes, ya habrás dado un paso adelante.

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Gasta. El dinero se inventó para poder despilfarrarlo en cosas bonitas. Los ahorradores no son personas más felices.

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Si a mí no me creen, créanle a Charles de Gaulle, quien alguna vez comentó que “la perfección aún no ha construido ningún imperio”. Yo ya comencé.

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión y suele equivocarse varias veces al día, por lo que no tiene de otra más que admitirlo. Retroalimentación: jstaines@expansion.com.mx.

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