La globalización matizada

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José Gutiérrez Vivó

Nadie aceptaría que la 29a. Reunión del Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, fue de reversa. Pero sí fue una reunión de alto en el camino, de evaluar qué es lo que está pasando, de bajarle a la velocidad para ver por dónde estamos circulando. Y eso ya es significativo.

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El reconocimiento tácito de muchísimas voces autorizadas –sobre todo de quienes han sido los grandes promotores de la globalización– fue que la actividad comercial nos rebasó a muchos países: desde los puntos de vista social, legislativo, bancario, financiero y, sobre todo, de la preparación de la gente para enfrentar la competencia mundial.

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La globalización es un término que se utiliza de manera indiscriminada. No obstante, los focos rojos encendidos en Davos se dirigieron a dos terrenos muy concretos: los capitales “casino” y el desplazamiento laboral, tanto en países desarrollados como en naciones en vía de desarrollo. Todos los demás ingredientes de la receta no estuvieron en cuestionamiento. Y no lo pueden estar: nadie discute la globalización de las comunicaciones, de la tecnología, del turismo, de los modelos educativos, de la democracia. Lo que nos tiene de cabeza a todos son los dos puntos cuestionados.

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Preocupa que haya gente en el sector de la extrema derecha de los gobiernos y de los empresarios que intente salirse por la tangente, bajo la etiqueta de “señores, no hay reversa. La globalización es un proceso que no admite la vuelta al cierre de las economías, la restricción de capitales, la estatización, es decir, a los viejos caminos transitados que ya se probó que no sirven.” Esto suena muy bonito, pero el problema es que no contesta la otra parte. En suma: no se trata de subirle al volumen al máximo, ni de regresar al “no sonido”. La palabra clave es modulación. El proceso de globalización debe modularse de manera regional, por país y por sector.

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El problema central está en que la globalización no sustituye al desarrollo nacional; debe ser, de hecho, el segundo paso. Si se observa a los países que aprovechan bien los alcances del término, lo que destaca es su resultado social. Ciertamente, se trata de los países más desarrollados, los grandes promotores de este concepto –y les conviene, por supuesto–. Después hay un segundo grupo, donde se encuentra México, donde “dizque” un porcentaje de la población se beneficia de la globalización –la realidad es que sólo se han beneficiado algunos sectores empresariales bien preparados, pero no así el resto del país, que no tiene el menor contacto con el mundo–. Hay un tercer grupo que ni siquiera está cerca del desarrollo nacional, inmerso en el más completo retraso.

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Un freno notable para la modulación es que los representantes del gobierno mexicano que acuden año con año a Davos son más papistas que el Papa. Sus argumentos parecen apuntar a: “México es un país que está al 100% dentro de la globalización, tope donde tope.” Y, claro, al estar presentes tantos personajes internacionales importantes, nuestros funcionarios serían incapaces de deslucir su imagen al criticar los puntos criticables de la globalización.

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El autor es director general de Infored y conductor de Monitor.

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