La guerra sucia comenzó

A 14 meses de las elecciones presidenciales de 2006, el país entró de lleno a una lucha sucia en l
Alfonso Zárate

El primer domingo de julio de 2006 será otra vez, como en 2000, un día de definiciones mayores. En las urnas se decidirá alguna de tres opciones: el regreso del PRI, el triunfo del PRD o la permanencia del pan en el poder.

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Cuesta arriba, hemos recorrido un camino sinuoso y agreste que nos ha llevado del autoritarismo a la democracia. A fuerza de votos fuimos construyendo el edificio democrático en México. Pero en nuestra democracia de baja intensidad, la historia de la competencia electoral real es muy corta, apenas en 1988 tuvimos las primeras elecciones competidas en la historia moderna del país, a las que se respondió con el fraude y la imposición, y sólo en 1994 pudimos garantizar comicios transparentes y confiables, aunque en condiciones inequitativas, como aceptó el presidente Ernesto Zedillo. En 1997 el voto ciudadano despojó al partido gobernante de la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

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En el camino, por supuesto, se afinó la legislación electoral y se consolidó la autonomía del Instituto Federal Electoral (IFE). En 1996, se sumaría el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPIF), autoridad última en los inevitables conflictos postelectorales que rodean a la transición democrática mexicana. Poco a poco, en los últimos lustros, los comicios estatales y municipales fueron definiendo un mapa electoral complejo, plural, diversificado.

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Así llegamos a la madre de todas las batallas, la prueba de fuego de la transición: la sucesión presidencial de 2000. Por primera vez en la historia contemporánea tuvimos alternancia con el Partido Acción Nacional y su candidato, Vicente Fox. En 2006, otra vez, estamos ante definiciones mayores: ¿por quién vamos a votar en la próxima elección?, ¿a qué partido, de manera mayoritaria, dará su apoyo el electorado?

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Para 2006 las nuevas coordenadas de la sucesión presidencial se definen como un gran acertijo. Aún no son claras las guías, los ejes centrales de la nueva ubicación: sus dinámicas y posibles sentidos; las variables de coyuntura y las constantes que podrían señalar la consolidación de instituciones de un sistema político renovado. Un marco jurídico endeble, anacrónico, plagado de lagunas y ambigüedades, abre demasiados espacios a la “interpretación” y el conflicto. En los más de cuatro años del gobierno “del cambio” se encuentra suspendida la reforma de los poderes públicos (sobre todo el Ejecutivo y el Congreso) y empantanada la necesaria y urgente actualización del Código Federal Electoral.

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A la precariedad de las reglas del juego hacia 2006, se agrega la sensación de encontrarnos en la hora de los aficionados, de los ingenuos con iniciativa (los más peligrosos, según la sabiduría popular); de los aventureros y mercaderes sin escrúpulos; de los estadistas imaginarios en el País de las Maravillas. Pasamos del autoritarismo unipersonal y monopartidista, al caos del oportunismo. La especulación política y la más rotunda falta de escrúpulos es la divisa de la nueva inestabilidad democrática.

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A 14 meses de la elección constitucional, entramos de lleno a una lucha sucesoria marcada, desde ya, por una “guerra sucia” en la que todo se vale.

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A juzgar por las encuestas y sus tendencias, nos tocará escoger entre malos y peores, entre la pulcritud de Roberto Madrazo del PRI, la eficiencia política de Santiago Creel del pan (el decepcionante secretario de Gobernación de Fox) y el apego a la ley de Andrés Manuel López Obrador del PRD (el redentor que llama a refundar ¿o refundir? el país). Difícil decisión, ¿una elección sin alternativas?

El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.
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