La hora de la política

¿Se deberían discutir las reformas políticas antes que las económicas? ¿No nos retrasa aún má
Gabriela Ruiz

El Partido Acción Nacional (PAN) homenajeó el 24 de septiembre a Carlos Castillo Peraza, su  presidente nacional fallecido en 2000. Aplausos de aprobación acogieron las palabras de Santiago Creel, secretario de Gobernación.

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Los platos fuertes se dejan para el final. El pan en pleno –secretarios, gobernadores, militantes de viejo y nuevo cuño– reservó la gran ovación para la clausura de Felipe Calderón Hinojosa, secretario de Energía. El orador, curtido en 1,001 lances parlamentarios, supo seducir a la audiencia albiazul con las anécdotas compartidas con Castillo Peraza. Creel no pudo recordar ninguna.

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La escena ilustra el cambio en Los Pinos: Vicente Fox decidió hacer política. Adiós al gobierno de empresarios: adiós a Ernesto Martens, ex director de Cintra y Vitro, adiós a Leticia Navarro, ex directora de Jafra. Vuelve la política en su sentido más puro. De paso, hace las paces con el partido que lo llevó al poder.

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El bloqueo a las reformas estructurales en el Congreso y la derrota del PAN en las elecciones de julio –60% de los votantes prefirió no ir a las urnas– fueron suficientes señales.

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“Lo que se necesita [para aprobar las reformas fiscal y eléctrica] es hacer política, poner en la mesa lo que quiere uno y otro partido –dice Ángel Gurría, secretario de Hacienda entre 1997 y 2000, cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ya no contaba con mayoría parlamentaria–. A lo mejor a uno no le parece mucho el proyecto de un tercero, pero eso es parte de las negociaciones.” El ex funcionario sabe de qué habla: pese a la implacable oposición panista, el gobierno de Ernesto Zedillo, del que Gurría formaba parte, logró consensos para que se regularizara la creación del Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB).

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Por ahí van los tiros. En la mañana del mismo día en que Creel y Calderón cruzaron por primera vez espadas ante el reino panista –los dos podrían aspirar a la Presidencia–, ambos se reunieron con la cúpula nacional y los gobernadores del PRI para defender juntos la propuesta de reforma eléctrica.

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El Presidente decidió predicar con el ejemplo y se sentó dos días después a la mesa con los sucesores del poderoso caudillo priísta Carlos Hank González y su grupo Atlacomulco, que parecen imponerse en las pugnas internas del PRI: Roberto Madrazo, presidente del partido, y Roberto González Barrera, presidente de Gruma y consuegro del profesor.

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La duda es si esto será suficiente  para desbloquear el Congreso. Voces como la del ex canciller Jorge G. Castañeda dan por perdida la batalla parlamentaria y reclaman que la reforma del sistema político se anteponga a la laboral, fiscal o energética. La reforma del Estado, dicen, garantizaría la gobernabilidad, permitiría al Ejecutivo aprobar el resto de las reformas y despertar la economía.

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China crece 8% anualmente sin que su régimen de partido único muestre la menor intención de hacer una reforma política. Un dato que lleva a Isaac Cohen, ex director de la Comisión Económica para América Latína y el Caribe, a afirmar que el crecimiento económico no depende de ésta: “Durante la segunda mitad de la dictadura del general Pinochet el crecimiento de la economía chilena fue espectacular. Lo mismo puede decirse de México durante la época del desarrollo estabilizador.”

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Cambio generacional
El debate es antiguo. Por él pasaron todas las economías latinoamericanas. Argentina y Brasil aplicaron en su transición a la democracia las reformas de primera generación: disciplina presupuestaria, privatización de empresas públicas, control de la inflación, apertura al comercio exterior.

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A estas medidas les debía seguir una segunda tanda de reformas orientadas a la consolidación de las instituciones democráticas y el crecimiento. Por ejemplo, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, una vez que el Congreso aprobó su reforma fiscal, se centrará en reducir el analfabetismo y mejorar el sistema público de salud: políticas que garantizan el desarrollo futuro.

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México pasó de crecer 6.6% en 2000 a registrar un decremento en 2001. La previsión es que este año avanzará 1.5%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Canadá, igual de dependiente que México de la locomotora estadounidense, crece casi al triple. Una situación que lleva a algunos a pensar que no hay que dedicar mucho tiempo a discutir el sexo de los ángeles. “Es menester avanzar, sea en la reforma que sea, para enviar una señal a las comunidades económicas interna y externa”, dice el analista Jesús Silva-Herzog Flores.

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Sobre todo porque mientras México se pierde en debates sobre la gobernabilidad, sus socios comerciales y competidores “se mueven más rápido y ganan posiciones”, argumenta Sergio Raimond-Kedilhac, rector del IPADE. El académico propone un modelo de cooperación entre poderes, iniciativa privada y universidades con vistas a la competitividad global, “haciendo a un lado las diferencias que nos separan para colaborar en aquello que nos une”.

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El disenso de Washington
No será fácil, cuando los cuestionamientos se dirigen al mismo modelo de desarrollo. El jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, piensa que las medidas tomadas en las últimas décadas limitan el crecimiento al someter la política a las exigencias de un balance saneado y una inflación embridada. Argentina es su ejemplo.

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“Privatizaron todo, dejaron al Estado sin instrumentos para poder satisfacer las demandas del pueblo –afirma–. Lo más importante es el sustento de la gente, la satisfacción  de necesidades básicas, el ingreso, el empleo.”

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El instrumento se llamó Consenso de Washington, un término acuñado a finales de los años 80 por John Williamson. El entonces investigador del Banco Mundial (BM) quiso resumir las políticas que –según los economistas del FMI, el BM y el Tesoro Estadounidense, basados en la capital del vecino país del norte–, servían para promover el crecimiento. Esta síntesis fue la receta seguida por los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo para contener los efectos de las cíclicas crisis.

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“Redujimos el Estado exageradamente –concede Silva-Herzog–. Esto ha tenido consecuencias que se observan en la evolución de la economía latinoamericana en los últimos 20 años comparada con los 20 anteriores.”

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La receta dejó flancos sin cubrir, como han puesto en evidencia el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz y el mismo Williamson. Parte de la crisis bancaria mexicana de 1995 derivó de la ausencia de instituciones competentes que vigilaran las transacciones. En Asia, la exigencia de una apertura no gradual de los mercados financieros provocó la crisis de 1997.

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Ángel Gurría admite estas carencias, pero recuerda que los beneficios de la baja inflación nadie los discute. “Decir que las reformas no funcionaron es una puerta falsa. Era necesario desembarazar al Estado de algunas funciones. En algún momento éramos propietarios hasta de cabarets en la Zona Rosa.” Los únicos, se dice, que perdían dinero.

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Punto de inflexión
A lo hecho, pecho. México está en el umbral de las reformas de segunda generación basadas en el fortalecimiento institucional. Una ocasión –alerta Cohen– en la cual debe evitarse el aislamiento en el que se discutieron y diseñaron las reformas de primera generación y que ocasionaron lo que la CEPAL denomina “el sexenio perdido” de América Latina.

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El programa está escrito. “Tenemos dos prioridades: la primera, lograr los cambios estructurales de carácter económico; la segunda, la reforma del Estado, tan importante como los anteriores por implicar transformaciones de fondo en el sistema político”, declaró Creel a Expansión (edición 869, julio 9 de 2003). El propio secretario de Gobernación anunció en septiembre sus propuestas al respecto: la figura del referéndum como instrumento de toma de decisiones, la reelección de legisladores y cargos municipales y la unificación del calendario electoral.

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“La reelección tiene bondades, como la profesionalización de los legisladores –dice el analista Federico Reyes Heroles–. Además, llevaría el tema hasta la presidencia municipal, donde la obra pública no tiene continuidad debido a que no existe una carrera profesional en el gobierno local.”

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Lo urgente está en lo económico, según el presidente de la Comisión de Reforma del Estado del Senado, el priísta Genaro Borrego. “Para ello es indispensable  talento y habilidad”, antes que recurrir a reformas políticas. El legislador cree que no serán posibles los acuerdos y que saldrán “pequeñas reformas”.

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Lo sorprendente del bloqueo a las proposiciones del Ejecutivo es que son muy semejantes a las que presentó la administración de Ernesto Zedillo, del PRI. Hace año y medio este partido y el PAN discutían tres alternativas para una reforma eléctrica, en una mesa que duró 11 semanas. “Estábamos de acuerdo –dice Manuel Espino, secretario general del blanquiazul– y no sacamos ni una de las tres. Necesitamos una reforma política para resolver eso.”

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El problema se origina en que México nunca ha tenido una Constitución avalada por el pueblo. “Siempre han sido producto de Congresos, los cuales son conformados por posiciones triunfantes de las luchas intestinas –refiere José Manuel Villalpando, abogado e historiador–. No han sido legítimas en términos puros, pero sí de representación.”

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Emergencia fiscal
Las reformas económicas se concentraron en los temas fiscal, energético y laboral. El más urgente es el primero: México apenas recauda 12% del PIB.

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La celebración de la Convención Nacional Hacendaria, a realizarse entre febrero y julio de 2004, podría postergar el debate hasta que se conozcan sus conclusiones. El gobierno admite que mostró una gran torpeza al entregar las propuestas e iniciar su gestión. Espino coincide en que estuvieron mal operadas, vendidas y manejadas. El caso más claro: la reforma fiscal. “Debió presentarse en busca del respaldo de los medios, partidos políticos, empresarios, académicos y otros sectores de la población, pero no se hizo y fracasó”, resume Espino.

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La crisis no aparece en la puerta, pero “estamos atrasados en el mundo, que ya superó estas discusiones”, sentencia Gurría.

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“El cataclismo por la parálisis gubernamental podría llegar en 2005 o 2006”, augura Reyes Heroles. Impacientes, empresarios y sociedad civil exigen que se piense en el futuro.

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“Desde que aplicamos el modelo impuesto por el FMI hemos tenido dos décadas sin crecimiento per cápita”, declaró Carlos Slim a Newsweek en septiembre. Urge, dijo, que se invierta en infraestructura y que las autoridades monetarias dejen de preocuparse por la inflación y el déficit presupuestal.

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La mayoría de los consultados coincide en que no importa qué reformas se aprueban antes o después, ¡pero que se apruebe algo en los próximos meses! “Tenemos poco tiempo: 2004 tiene fuerte contenido electoral y en 2005 todo el mundo estará pensando en lo que pueda acontecer en julio de 2006”, advierte Silva-Herzog. Pocos avizoran que algo importante ocurra.

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Con la colaboración de David Aguilar, Bárbara Anderson, Marina Delaunay, Verónica Ortiz y Zacarías Ramírez.

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