La hora del Congreso

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Alfonso Zárate

La alternancia en el poder, esa mezcla de cambio y permanencia que aún no se atreve a convertirse en transición, tiene en el Congreso de la Unión a uno de sus protagonistas mayores.

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No es ya el Presidente en su condición de "Señor del gran poder" el actor definitivo en este nuevo tiempo. Una diversidad de fuerzas contribuye a definir el escenario político. Sobresale la LVIII Legislatura con un nuevo rostro, de real equilibrio ante el Ejecutivo.

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Detrás de los duros saldos socioeconómicos y políticos de los últimos gobiernos, hubo tres datos mayores: una cultura política cínica que toleró los excesos del poder; la precariedad de normas para exigir cuentas a los gobernantes y la ausencia de contrapesos institucionales y sociales.

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La Cámara de Diputados ha escenificado debates memorables. Felipe Calderón, Martí Batres y Beatriz Paredes han defendido sus posturas en torno a la iniciativa que pretende llevar a la Constitución los derechos y cultura indígenas. Para quienes observamos las frivolidades que en el pasado contaminaban la vida parlamentaria, el debate lúcido de estos días es aire limpio. El Congreso empieza a asumir su condición de "poder que equilibra al poder".

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Una mayoría de diputados acordó recibir a representantes del EZLN y del Congreso Nacional Indígena. Los comandantes dijeron muchas cosas: "No venimos a vencer a nadie, venimos a que nos escuchen y a escuchar", definió Esther. Luego de los fuegos de artificio de Marcos contra el Presidente, la dirigencia zapatista mostró que supo leer, como "señales de paz", las órdenes del Ejecutivo que replegaron al Ejército de la zona de conflicto, y respondieron en consecuencia. Pero hay un dato mayor: la presencia indígena en la tribuna es el reconocimiento implícito de su respeto al Congreso de la Unión y la señal más clara de la voluntad de recomenzar el diálogo hacia una paz digna.

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Empezamos a encontrar caminos para procesar, a través de las instituciones, un conflicto que amenazaba con pudrirse. En el mundo, especialmente en América Latina, hay ejemplos de insensibilidad, tozudez, falta de una visión de Estado frente a los movimientos armados: más de 30 años llevan las FARC de Colombia en armas y los desarreglos sociales que han dejado guerrilla, paramilitares y narcotráfico son enormes. En vez de eso, el EZLN empieza a transmutarse en un nuevo interlocutor social.

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La crueldad de la Conquista, la resignación y el fatalismo que los misioneros enseñaron a los indios, el racismo hipócrita de anchas franjas de mexicanos y los malos gobiernos, redujeron a los pueblos indígenas al abandono y al olvido. El México del siglo XXI, el de la alternancia democrática, no puede permanecer impávido ante esa realidad.

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El autor es director general de Grupo Consultor Interdisciplinario, S.C.

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