La inflación administrada

Ya está más que clara la diferencia entre la política económica de la administración zedillista
Alejandro Castillo

Tal como se suponía, en el informe presidencial no se anunciaron cambios en materia económica, aunque sí se confirmó que el programa de ajuste se encuentra en su etapa de aterrizaje. Por otra parte, es muy importante destacar que en el documento enviado al Congreso quedaron claramente ratificadas las líneas de política económica establecidas en el Plan Nacional de Desarrollo. En este contexto, vale continuar con el análisis acerca de cuál será el comportamiento previsible de las diferentes variables que afectan a los negocios.

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Ya se ha mencionado en otras ocasiones que una parte fundamental de la estrategia económica de la presente administración es mantener estable al tipo de cambio real, como condición para propiciar el aumento de las exportaciones, el ahorro interno y la inversión en el país. Ahora, interesa comentar cuál puede ser el efecto de esa decisión sobre los precios internos.

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Atrás, la importación de inflaciones a la baja. Como se recordará, la política económica del sexenio pasado se propuso reducir la inflación, bajo el supuesto de que eso permitiría establecer las bases para un crecimiento sostenido de las inversiones y la producción nacional.

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Para lograr su objetivo, la administración salinista adoptó medidas para sanear las finanzas públicas, de modo que el gasto, en equilibrio con los ingresos fiscales, dejó de ser un factor que generara una demanda superior a la capacidad productiva del país.

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Sin embargo, lo que probablemente tuvo mayor efecto en la disminución de la inflación fueron la apertura comercial y la decisión de mantener un tipo de cambio casi fijo, lo cual implicó una sobrevaluación del tipo de cambio real, como elementos básicos para inducir una disminución de la inflación en el mercado interno. No había magia: con o sin finanzas públicas sanas, al reducir al mínimo los aranceles y dejar casi estable el tipo de cambio, aumentó la capacidad de compra relativa de bienes del exterior y se estimuló el ingreso de mercancías producidas en economías más eficientes.

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Eso se reflejó en el comportamiento de los diferentes índices de precios, cuyas variaciones dependieron no de mejoras en la productividad o de una mejor asignación de recursos, sino de la intensidad de la competencia externa a la que debieron enfrentar.

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Así, de acuerdo con el Banco de México, de 1988 a 1994 el índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), en el que se ponderan los diferentes precios de los bienes y servicios adquiridos por el consumidor final, creció 150%. Por su parte, el índice de precios de los bienes durables, mercancías en las que existe un importante desarrollo tecnológico en el exterior, además de que sus características físicas permiten su transporte a grandes distancias, se registró un crecimiento de sólo 53.4% en los seis años.

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Otros productos que sufrieron el embate de la competencia foránea, como es el caso de los bienes no duraderos, entre los que se incluyen los productos alimenticios, también registraron un crecimiento inferior al del INPC. No obstante, conviene tener presente que a diferencia de lo que sucede con los bienes durables, para los bienes no durables las condiciones necesarias para su conservación y transporte actuaron como barrera que propició un mayor crecimiento, de modo que el índice que mide las variaciones de precios de este grupo reportó una tasa de crecimiento sexenal de 112.3%.

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En cambio, el índice que sigue el comportamiento de las tarifas y precios de los servicios, sí tuvo un fuerte crecimiento, alcanzando una tasa sexenal de 258.8%, cinco veces el aumento observado en los bienes durables y más de dos veces el de los bienes no durables. Evidentemente, el sector de servicios fue uno de los que obtuvieron mayor rentabilidad en el sexenio pasado. Como lo señala el Plan Nacional de Desarrollo 1995-2000, ese comportamiento explica por qué el sector servicios fue uno de los que captaron mayor inversión en el periodo analizado.

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Como nota al margen, vale apuntar que en esas circunstancias era muy difícil alcanzar los objetivos de modernización y productividad de la planta industrial que, según los funcionarios de Secofi, se perseguían con la apertura comercial y la sobrevaluación del peso.

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Por otra parte, así como los precios que integran el INPC tuvieron un comportamiento diferenciado, también se pudo observar algo semejante en relación con los precios de las materias primas y los precios productor, los precios a que venden los fabricantes. En el transcurso del sexenio salinista los precios de las materias primas encabezaron la tendencia a la baja de la inflación, debido a que fueron resultado de una fuerte competencia con insumos importados en una etapa del cielo en que las cotizaciones internacionales se encontraban a la baja. Los precios productor siguieron una línea casi paralela.

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Cambian las condiciones y el comportamiento. En las condiciones económicas que propició el gobierno salinista, la devaluación, con su impacto encarecedor de los precios de los insumos y bienes terminados de importación, generó presiones de costos y abrió el margen para el crecimiento de precios en el mercado nacional. Como se sabe, esas presiones fueron contenidas mediante la aplicación de una estricta contracción monetaria.

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De cualquier modo, como consecuencia de la devaluación se invirtió el comportamiento de los precios en comparación con lo que se observó durante el sexenio anterior. En los primeros seis meses de este año el renglón de precios que registró la variación más baja fue el de los servicios; en cambio, los precios de los bienes durables, los que en el pasado reciente se mantuvieron deprimidos por la presencia de la competencia foránea, crecieron rápidamente. Así, mientras que los precios de los servicios crecieron a una tasa de 25.2%, los precios de los bienes no durables lo hicieron en 37.6% y los durables en 51.2%.

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Algo semejante se pudo apreciar en los demás renglones de precios. De acuerdo con el Banco de México, mientras que en diciembre de 1994 el índice de precios productor, sin considerar el petróleo de exportación, era superior en 1.17% al índice general de precios de las materias primas, en junio esa relación ya se había invertido. Al cierre del primer semestre los precios de las materias primas superaban en 7.1% a los precios productor. Eso significa que, sin tomar en cuenta otros costos, el margen entre el precio al que vende el fabricante y el precio de sus materias primas se deterioró casi 8% durante el primer semestre de 1995.

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Desafortunadamente para las empresas, fuera de los costos salariales, todos los demás componentes de los precios aumentaron considerablemente. Ese es el caso de los costos financieros, de los costos fijos en condiciones de baja producción y de las tarifas para el uso de la infraestructura y servicios que requiere la operación de las empresas. Aunque algunos de estos gastos podrían tener un menor impacto en los precios finales en la medida en que aumente la producción, lo cierto es que en estos momentos, en los que la contracción del mercado es muy fuerte, su impacto afectará además de la operación, la inversión en las empresas.

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Estabilidad deficitaria, o inflación administrada. La dinámica que siguieron los precios en los primeros seis meses del año muestra fehacientemente cómo, al modificarse las condiciones de la competencia, se modifica el comportamiento de los precios de los diferentes sectores.

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Es necesario tener claro que, bajo condiciones estables, el comportamiento de los precios tendería a emparejarse. Si el tipo de cambio nominal ya no se modificara, el comportamiento que siguieron los precios en el primer semestre se acompasaría paulatinamente. En los meses siguientes, una vez asimilado el impacto de la devaluación sobre sus costos y aplicado el ajuste al alza permitido por el retiro de la competencia foránea, los precios de los bienes durables se desacelerarán, en tanto que los precios de los servicios observarán un crecimiento más rápido a riesgo de quedar rezagados.

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Sin embargo, partiendo de los compromisos asumidos en el Plan Nacional de Desarrollo, el tipo de cambio nominal no será más una ancla que contribuya a crear la ficción de que se tienen precios estables gracias a la importación de bienes. El costo que ha pagado la sociedad mexicana por esa fantasía ha sido muy alto y no debe comprometerse nuevamente. Esa definición es la principal, la gran diferencia del gobierno de Zedillo respecto de la administración salinista.

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De ahí que es de esperar que se adopten medidas que propicien la estabilidad en el tipo de cambio real, de preferencia con un margen de subvaluación, para evitar que nuevamente se disparen los desequilibrios con el exterior. Esto es, el tipo de cambio nominal seguirá una tendencia a la devaluación, mientras la economía nacional no sea capaz de competir mediante productividad. Y eso llevará tiempo.

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Sea como sea que se logre eso, la experiencia indica que la modificación requerida en el tipo de cambio nominal para mantener estable el tipo de cambio real, tendrá como efecto establecer un piso abajo del cual no podrá descender la inflación.

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Ese mínimo de inflación con el que deberá vivir el país no representa ningún riesgo para el cumplimiento de las metas de crecimiento. Es más, mantener el nivel del tipo de cambio real brindará ventajas a los exportadores mexicanos, al mismo tiempo que proporcionará una protección que permitirá a las empresas nacional competir en el mercado interno.

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Hay quienes consideran que esta estrategia podría significar el regreso a la hiperinflación. Sin embargo, eso no ocurrirá porque se mantendrá el equilibrio de las finanzas públicas y la restricción monetaria, acorde al desarrollo de las transacciones económicas.

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También hay quienes temen que una política de subvaluación del tipo de cambio e inflación administrada propiciará un superávit en la balanza comercial cuya administración pudiera resultar problemática. Sin embargo, considerando las necesidades del país y los compromisos financieros con el exterior, mejor será diseñar esquemas que permitan el óptimo aprovechamiento de esos recursos, para evitar más dependencia respecto del exterior.

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