La insoportable testarudez del ser

Los testarudos miran al mundo con tal arrogancia que su máxima parece ser: &#34Todos son sospechoso
Javier Martínez Staines*

Hay quienes practican con gozosa obsesión el arte de tener la razón. Para ellos, el resto de la humanidad conforma un ejército de gente errada. La realidad es siempre del color que desean. Son tan obcecados que de verdad se creen su propio cuento.

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En cualquier sitio, los necios funcionales son un clan pernicioso. Pero dentro de una empresa se vuelven perpetuos conspiradores contra las mínimas reglas de convivencia y urbanismo corporativos. Dado que la terquedad no es más que el recurso habitual de quienes desconfían de su propia verdad (inseguros, los llamaría alguien que no se hace bolas), son los típicos descalificadores de todo en una compañía. Y agárrese quien pueda.

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En su aspecto más benévolo, los incurables necios son profetas de la argumentación colorida y se valen de técnicas de manipulación para convencer al resto de la humanidad de sus razones. Rollo mata carita: la verdad está en el camino que se recorre para doblegar al otro, que siempre está equivocado. Qué más da: las mentiras o las medias verdades, bien acomodadas en una espectacular presentación de Power Point, suenan más verídicas que la propia verdad. Por lo general, estos personajes pueden localizarse en las altas esferas de los organigramas. Al menos hay que agradecerles que tengan la suficiente sofisticación para recurrir a senderos más creativos que el del autoritarismo, aunque no siempre es así.

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En su dimensión más perversa, los testarudos miran al mundo con tal arrogancia que su máxima parece ser: “Todos son sospechosos de estar equivocados hasta que demuestren estar de acuerdo conmigo.” Ciertamente la humildad no es la mejor aliada de la obstinación. Esta fórmula (arrogante + necio) da como resultado a una especie de analfabeta crónico que cree descubrir el hilo negro a cada instante y, peor aún, ¡se ufana de ello ante su jefe, colegas, subalternos, parientes, amigos y enemigos! A diferencia de los tercos manipuladores, los necios arrogantes viven en la más absoluta inconsciencia: ni saben que son testarudos ni se perciben soberbios. Eso los hace más peligrosos, porque en cualquier momento cambian la fórmula de la Coca-Cola dentro de un negocio exitoso.

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Es preciso andarse con cuidado: en todas las firmas hay varios especímenes con estas características. Y que quede claro: ellos siempre tienen la razón.

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión y sufre de frecuentes ataques de irritante necedad. Retroalimentación: jstaines@expansion.com.mx.

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