La miopía de la insolidaridad

Aunque la reducción de impuestos decretada por Bush sólo ha beneficiado a los más ricos, el presi
Joaquín Fernández

En el año 2000, durante el debate que enfrentó a Al Gore con George Bush por la Presidencia de Estados Unidos, el entonces candidato republicano y ahora primer mandatario defendió a capa y espada su plan de recorte de impuestos. Su rival le respondió que esa rebaja fiscal era una irresponsabilidad y sólo beneficiaría al 1% más rico de la nación. Y el demócrata tenía razón: cuando se aprobó la reducción fiscal, el hombre de la calle obtuvo $300 dólares, mientras la población más rica del país y las grandes empresas se embolsaron centenas de millones que bien podrían haberse destinado a educación o salud.

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¿Por qué el argumento de Gore no hizo mella en el público del país vecino? Primero, porque no lo supo comunicar. Pero la principal razón radica en el enorme cambio de mentalidad que ha experimentado la clase media de la unión americana. Como bien lo han señalado los economistas Paul Krugman y John Kenneth Galbraith, desde los años 80 el país que era antes el paraíso de la clase media ahora es el edén de los individuos más ricos. Representados por los republicanos y agazapados detrás de un discurso que pretende defender “los intereses de la clase media”, las elites han logrado que primen sus intereses particulares sobre los de la población general. El hecho de que ahora una mayoría de los ciudadanos sean dueños de su casa y posean acciones en la Bolsa ha ayudado para hacerles creer que comparten las preocupaciones de los privilegiados. Tan es así que muchas veces es imposible hablar del interés social sin ser tachado de irresponsable o comunista.

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De todo el grupo de países industrializados, Estados Unidos es el único que no ofrece cobertura médica gratuita para todos sus ciudadanos –40 millones de personas están sin asistencia–; el que tiene, por mucho, más proporción de gente encarcelada –702 presos por cada 100,000 habitantes–; y el que, también por mucho, registra la mayor desigualdad en la distribución de riqueza, una tendencia que además va en aumento. Todo esto corrobora la noción de un país cada vez menos solidario, menos favorecedor de un bienestar general a largo plazo y, a juzgar por las recientes elecciones legislativas, estúpidamente orgulloso de ello.

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La reciente y fragorosa victoria de los republicanos en el Senado y la Cámara de Representantes, debida en parte al miedo de los demócratas a expresar lo que piensan y ser tachados de izquierdistas, es una pésima noticia para todos. Los republicanos tienen ahora manga ancha. No sólo muchos países van a ser víctimas de la bélica Pax Americana promulgada por Bush y sus acólitos, sino que los mismos vecinos del norte seguirán contemplando impertérritos como “la tierra de las oportunidades” lo es cada vez más para aquellos que las puedan pagar. La nación está hipotecando su desarrollo futuro por el interés miope de unos cuantos.

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Por lo pronto, el Presidente, coherente con sus principios, ya ha anunciado que va a ampliar el recorte de impuestos que impuso hace dos años. Todo sea por el bien de la clase media.

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