La nueva educación sentimental

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Ricardo Medina Macías

El fin de 1995 nos trajo la inquietante reaparición del -Pocholo. El célebre psicoanalista Jorgito Sarabia (el Chango) aventuró, en un festejo decembrino, que el -Pocholo es una especie de Homero Simpson de la colonia Portales. Sin embargo, Clotilde y el -Gordo rechazaron airadamente este parangón, entre otras cosas porque al Pocholo las cosas le salen bien, bastante mejor que a Homero y, sin duda, tiene una malicia más refinada.

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Después de sesudas disquisiciones se llegó a la conclusión provisional de que el -Pocholo representa un producto acabado de la nueva educación sentimental de los mexicanos (con perdón de Flaubert) que han abrevado, a partes iguales, en la prosa de Monsiváis, en los dislates de Raúl Velasco, en las exhortaciones del señor Cornejo, en la picaresca de Porfirio Muñoz Ledo, en la “nueva” moral sexual de los tiempos del Conasida, en los fragores de elecciones en las que “ahora sí le vamos a dar en toda la torre al PRI” (pero siempre no), en la lectura (a escondidas, por supuesto) del -Selecciones y, en fin, en este abigarrado mundo en el que nadie sabe para quién trabaja -(Bryce Echenique dixit).

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Para algunos, la vida del Pocholo Castañón y De la Vega es una historia de éxito. Desde sus lejanos orígenes, en una ranchería de Oaxaca, se convirtió en un renombrado empresario. No en vano admira a don Benito Juárez, aun cuando esta devoción sea vista con recelo por sus amigos adinerados, que no son -self-made men sino “gente decente” por varias generaciones.

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Para otros, en cambio, el caso del Pocholo es advertencia de los peligros de la ambición desmedida. Otros más —en fin, en palabras de un amigo del peruano Manongo Sterne Tovar y de Teresa— piensan que es muestra acabada de que “loscholos, mientras más refinados más -huachafos ” (traducción del Chango Sarabia al lenguaje mexicano: “los prietitos: mientras más refinados, más nacos”).

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Al Pocholo, ex compañero de la escuela secundaria, lo vi de nuevo —tras 20 o quizá 25 años— en una pantagruélica comida de ex alumnos. Llegó partiendo plaza, bromeando sobre las calvas ya nada incipientes de algunos de nosotros y los vientres abultados de otros, abrazando con singular entusiasmo a Carlitos (director de una casa de bolsa), a Octavio (delegado político en el Distrito Federal); dejando un saludo helado en la mano de Joaquincito (pobre, le ha ido tan mal en la vida), y prodigando sonrisas en relación directa a la prosperidad, influencias o poder de cada quien.

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El Pocholo es visto con recelo por los racistas más o menos confesos (que los hay), detestado por los conservadores (a causa de sus opiniones anticlericales, sus chistes procaces, sus tranzas y su historial de tres matrimonios y múltiples aventuras que el propio -Pocholo publicita con disimulada modestia). Otros, en cambio, lo admiran por “luchón” y “progresista”, ya que sin duda “la ha hecho en esta vida despiadada”. Eso sí, querer al -Pocholo, casi nadie, que se sepa, salvo un par de adolescentes treintañeros (los hay) a quienes el -Pocholo patrocina generosamente a cambio de una lealtad rayana en la servidumbre.

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Por su parte, el Pocholo no oculta su antipatía por esos “ricos de alcurnia”. Los mismos ricos venidos a menos que nunca lo aceptaron totalmente. No olvida esos días de escuela en los que llegaban en tremendos carrazos con chofer uniformado y él se bajaba de un -pesero.

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¿En qué cree el Pocholo? En la tecnología láser, en los “chequeos médicos” en Houston, en los preservativos para evadir el flagelo sidoso, en “su” libre empresa, en la estabilidad política que “este PRI de nuestros pecados” nos ha dado (aunque ahora se nos ande deteriorando), en que el progreso es que la gente cruce calles y avenidas por las esquinas, en que no hay nada mejor como haber nacido en -yugüesei y nada más difícil que haber nacido en Oaxaca, en las bondades de hacer deporte, en los peligros del colesterol y el tabaco, en la inutilidad de los principios morales y religiosos, en la utilidad social de las ceremonias (matrimonios, bautizos y primeras comuniones), en lavarse los dientes tres veces al día, en la superioridad de los anglosajones y la raza blanca, en el dinero...

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El Pocholo, en cambio, aborrece las efusiones sentimentales que no estén atemperadas por infusiones alcohólicas, la gratuidad, la erudición (inútil, por lo demás), detesta a los filósofos, a los curas, a los maricones, a los negros, a los pobretones, a quienes “no han sabido superarse como yo” y a los comunistas. Odia las manifestaciones perredistas, la holgazanería (o lo que se le parezca), la lectura, las propinas (¿qué no les pagan por su trabajo?), le teme a los impuestos y le aterran la enfermedad, la muerte y las preguntas sin respuesta.

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El autor es periodista y director editorial del diario -El Economista.

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