La nueva llave de la supremacía

Las grandes industrias reconocen la necesidad de invertir en investigación científica, pero reclam
Juan Cedillo

La internacionalización de los mercados pone exigencias cada vez mayores a las empresas para estar a tono con el concierto mundial. Hoy día, ese objetivo requiere desarrollar productos nuevos y mejores, que sólo se logran a través de un proceso previo de investigación. En la capital neolonesa, sede de grandes grupos económicos mexicanos, muchos percibieron ya la nueva realidad e invierten entre 1 y 11% de sus ventas en departamentos internos dedicados a obtener avances tecnológicos.

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Para Jesús Eugenio García Gardea, director de Investigación y Extensión Académica del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), hoy día la única manera de sobrevivir en los mercados del mundo globalizado es a través del conocimiento científico y la tecnología.

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La participación del sector privado en el financiamiento de la ciencia en México es fundamental para el desarrollo del país, opina. Sin embargo, hasta el momento, es el sector público el que ha financiado 80% de la investigación que se realiza aquí. En el presupuesto federal se destina 0.47% del Producto Interno Bruto (PIB) para desarrollo de la ciencia y la tecnología, un bajo porcentaje comparado con los países industrializados, cuya tasa es entre 2 y 4%.

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El valor agregado que pueden ofrecer las empresas está muy ligado a la tecnología que genera el conocimiento adquirido a través de la investigación; pero García lamenta que esta actividad, que realizan en México los centros universitarios, se encuentra totalmente desvinculada de las necesidades de la industria local.

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Recuerda que, antes de la actual etapa de globalización de mercados, “el empresario mexicano aprendió a hacer negocios sustituyendo importaciones y muchas fábricas que se trajeron a México fueron desechos de los países desarrollados”.

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Cuando la economía mexicana se mantuvo protegida –continúa–, las empresas nacionales conseguían un socio tecnológico al que se aferraban para no realizar inversiones en investigación y desarrollo. Pero ahora que los mercados están abiertos, ese tipo de sociedades ya no ofrece ventajas debido a que las grandes firmas que licenciaban su know how ahora tienen la oportunidad de entrar directamente con sus productos al mercado mexicano.

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Dos caminos
Jaime Parada Avila, director general de Tecnología de Grupo Cydsa, opina: “Si queremos evitar ser sólo un país maquilador para convertirnos en una nación de productos de mayor valor agregado, la única diferencia entre un escenario y otro es el conocimiento. Y el conocimiento es producto de realizar importantes inversiones en recursos humanos”.

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A partir de 1997, Cydsa comenzó a invertir en el desarrollo de nueva tecnología, al asignar para ese fin 0.75% de sus ventas. Actualmente, la empresa destina $9 millones de dólares al año para investigación, equivalentes a 1% de las ventas, pero su objetivo es duplicar esa cantidad.

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Con miras a impulsar el sector textil del grupo, la firma creó recientemente un centro para investigación y desarrollo de nuevos productos, uno de los pocos que existen en el sector privado mexicano.

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“Cydsa decidió que este nuevo centro estuviera orientado totalmente a los negocios; y además de realizar investigaciones para la empresa, también ofrecerá sus servicios a los clientes”, comenta Raúl  Torres Sansoube, director de operaciones de productos textiles de la empresa.

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Para mantener constantemente capacitados a sus investigadores, este centro está relacionado con un conjunto de universidades de Europa, como la Universidad de Cataluña, en España, y de Estados Unidos, entre las que se encuentran las de Filadelfia y  Carolina del Norte.

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Asimismo, la empresa firmó un convenio con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para enviar 50 investigadores a realizar estudios de posgrado en el extranjero, quienes serán luego los responsables de esa área tecnológica.

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Torres señala que la intención de Cydsa es impulsar a la industria textil mexicana que, con centros de investigación como el que esta compañía acaba de crear, podrá desarrollar sus capacidades competitivas a través de la innovación continua.

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Visión de futuro
Otro de los casos en que la iniciativa privada invierte en investigación científica es Enertec México, subsidiaria de Grupo IMSA, dedicada principalmente a la fabricación de baterías automotrices. Francisco Vázquez, gerente de investigación y desarrollo del grupo, señala que para impulsar sus investigaciones en el campo de los acumuladores para autos dedican 3% de las ventas del sector, que en 1999 fueron cercanas a $400 millones de dólares.

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Actualmente, el departamento de investigación de Enertec México tiene cinco patentes en el mundo, algunas registradas y otras en proceso. Además, ha participado en el desarrollo de productos como la válvula reguladora para baterías que funcionan con plomo y ácido, el sistema de voltaje múltiple y el sistema de moldeado de las baterías.

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También participa en el programa de investigación mundial conocido como ALABC, junto a otras empresas del ramo, y cuyo objetivo fundamental es desarrollar un acumulador más potente para el automóvil eléctrico.

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Enertec considera que esta investigación rendirá frutos en el futuro cercano. Vázquez explica que es muy probable que las nuevas leyes sobre limitación de emisiones atmosféricas automotrices, que se aplicarán a partir del 2003 en el estado de California –uno de los principales consumidores de autos en el mundo–, impulsará el desarrollo de los vehículos eléctricos y en consecuencia, el uso de nuevas baterías.

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Seminis, subsidiaria del Grupo Savia que dirige Alfonso Romo Garza, es otro de los grandes corporativos que desarrollan tecnología propia. En su caso, la actividad principal es la agrobiotecnología. Cuenta con un equipo de investigadores próximo a 850 científicos, y  alianzas estratégicas con más de 100 universidades y centros de investigación en todo el mundo, lo que le permite tener acceso a otros 1,500 expertos. La firma tuvo ingresos en 1998 por $431 millones de dólares y dedica más de 11% de sus ventas a la investigación y el desarrollo.

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Produce más de 60 especies y 8,000 variedades de semillas para el agro, cuyo objetivo es mejorar la capacidad de resistir enfermedades y plagas, e incrementar los rendimientos de los cultivos. Hoy día son suyas cerca de 200 patentes que protegen los productos que ha creado y 500 registros de variedades de plantas.

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Seminis controla 22% del mercado mundial de semillas mejoradas de frutas y hortalizas y cuenta con uno de los bancos de germoplasma más grandes de la industria. En 1998, 19% de sus ventas provinieron de nuevos productos desarrollados a partir de ese banco.

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Los precursores
Otras de las grandes empresas regiomontanas que cuentan con una división de tecnología es Grupo Maseca. En la última década, incrementó su productividad en 400%, con base principalmente en la tecnología diseñada por su dirección de investigación y desarrollo.

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La  tecnología que utiliza Maseca en sus procesos de producción de harina y tortillas de maíz está registrada en 37 patentes internacionales, y es producto de 35 años de investigación. El director de ingeniería y tecnología de la firma, Manuel Rubio Portilla, comenta que los avances se deben a que en los inicios de la empresa se reinvirtieron hasta 100% de sus utilidades en investigación tecnológica para modernizar la fabricación de la tortilla.

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Desde 1963 Maseca experimentó métodos para producir una harina rehidratable y que tuviera mayor duración de vida de almacén, pues la masa tradicional se descompone en 10 horas. Los primeros resultados de este experimento se manifestaron en un mayor rendimiento por kilo de maíz procesado: de la manera tradicional se obtenían hasta 1.4 kilogramos de tortilla, mientras que con la harina nueva se alcanzaron entre 1.55 y 1.65 kilogramos.

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Uno de los obstáculos que Maseca encontró en sus inicios para fabricar tortillas a gran escala fue que no existían en ninguna parte del mundo plantas de gran capacidad para moler maíz, ni tampoco hornos de cocimiento.

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Ahora, su subsidiaria Tecnomaíz ha creado máquinas completamente automatizadas –que controlan desde el suministro de harina hasta el empaquetado– capaces de producir hasta 1,200 tortillas de maíz por minuto. Ha logrado desarrollar harinas más blancas y de mayor rendimiento en 20 tipos diferentes.

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En la actualidad, Maseca gasta aproximadamente $3 millones de dólares anuales en investigación en las áreas de materias primas, desarrollo de nueva maquinaria, molinería y mercadotecnia.

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Hylsamex, la acerera subsidiaria de Grupo Alfa, es un ejemplo más de empresas que se han distinguido por el desarrollo de una tecnología propia. Desde sus inicios en los años 40 como Hojalata y Lamina, ha desarrollado y perfeccionado la tecnología denominada HYL, que es ahora muy solicitada en otros países.

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La empresa creció gracias al desarrollo del proceso denominado de reducción directa, después de años de investigación para solucionar diversos problemas que la planta de Hojalata y Lámina arrastraba desde tiempos de la Segunda Guerra Mundial. En 1957 la empresa regiomontana puso en marcha el primer proceso de reducción directa de mineral de hierro en el mundo, con el cual se eliminan los elementos residuales que afectan la calidad del acero.

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El proceso evolucionó y fue perfeccionado luego hasta lograr un nuevo sistema denominado HYLHYTM, que elimina una etapa que se utilizaba en el sistema HYL tradicional para reducir gases.

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Las  innovaciones logradas generaron un nivel de eficiencia en el sistema que se puede medir en una reducción de 10% en la inversión para construir sus nuevas plantas, y en un ahorro de igual proporción en el consumo de energía en sus procesos llamados de reducción directa.

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La división de tecnología de Hylsamex invierte aproximadamente $9 millones de dólares en investigación al año, tiene registradas más de 700 patentes a escala mundial y su planta de investigadores está conformada por 150 personas.

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Ahora, Hylsamex y sus asociados en Ingeniería y Construcción –Ferrostaal AG y Kvaerner Metals– están desarrollando y construyendo en el ámbito mundial diversas plantas de reducción directa para la fabricación de acero.

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¿Y las pequeñas?
Todas las anteriores forman parte del grupo de las compañías más grandes del país. Para García, del ITESM, el hecho que las empresas pequeñas y medianas no realicen investigación no es preocupante, porque pueden resolver sus problemas de tecnología recurriendo a los centros de investigación de las universidades.

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Departamentos como el Centro de Manufacturas del Tecnológico de Monterrey deben funcionar como centros de investigación de las pequeñas y medianas empresas mexicanas, propone.

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Según Parada, de Cydsa, desarrollar tecnología no es un camino fácil ni siquiera para los grandes corporativos, porque se requiere la firme decisión de dedicar fuertes inversiones a procesos que no rendirán frutos en el corto plazo. En el caso de su empresa, asegura, el proyecto se hizo con un gran sacrificio de recursos y una visión de largo plazo.

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En Canadá, las empresas pequeñas gozan de ventajas fiscales que les permiten descontar 35% del gasto anual que hacen en investigación y desarrollo en la liquidación de impuestos, contra un descuento de 20% para las compañías grandes, ilustra.

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“Se necesita que el gobierno mexicano nos ponga en equivalencia con relación a los países con los que competimos. Porque la inversión en investigación y desarrollo es riesgosa y el gobierno debe reconocer que se requiere apoyar esta tarea con financiamientos blandos y estímulos fiscales”,  sugiere Parada.

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