La nueva mirada del FMI

Agustín Carstens deja Hacienda por el tercer lugar en el FMI. Dice que no defenderá a Latinoaméri
Gisela Vázquez

Esta mañana de junio Agustín Carstens no cabe en sí de contento. Despliega una paciencia que sin duda es una de sus más eficaces armas de negociación. Agotado por horas de entrevistas, cenas, comidas y ceremonias responde sin un cambio de humor, sin mirar el reloj. Tiene dos buenos motivos para la alegría. El gobierno mexicano liquidó con 16 años de anticipación casi $4,000 millones de dólares en bonos Brady, lo que puso fin a la secuela de la gran crisis de pagos que experimentó el país en la década de los 80. El aún subsecretario de Hacienda, de 40 años, participó como funcionario del Banco de México en la reestructuración de la deuda externa. La segunda razón es que a partir de agosto se convertirá en el subdirector gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), tercer puesto de importancia en la organización. Su futuro jefe, Horst Kohler, director gerente del FMI lo seleccionó, según afirmó en la ceremonia de cierre de los Brady,  “no por ser de Latinoamérica, sino por su gran capacidad para lograr consensos”.  Entre los candidatos que competían por su cargo estuvieron el ex ministro de Hacienda de Brasil, Pedro Malán, y el egipcio Mohammed el-Erian.

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Carstens fue quien logró restablecer el diálogo entre Hacienda y el Congreso en el ambiente ríspido que dejó la malograda reforma fiscal. Convenció a los partidos para que aprobaran las únicas reformas del sector financiero. En el FMI deberá desplegar esta capacidad cuando propios y extraños cuestionan a la institución.

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El argentino Claudio Loser, ex director para América Latina del organismo internacional, ha dicho que su designación permitirá mejorar las “tormentosas relaciones” entre el FMI y la zona. Carstens se desliga de esta responsabilidad. “Yo no voy como representante de Latinoamérica, nuestra función es servir a todos los países miembros –dice en su despacho de Palacio Nacional–. Pero es innegable que mi manera de ver las cosas sí es muy latinoamericana. Conozco a fondo la realidad económica de la región.”

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Como miembro del grupo de alta dirección, a Carstens se le asignarán 70 países, entre ellos varios latinoamericanos. Será el responsable de coordinar la vigilancia y extender las recomendaciones. En aquellos casos en que sea necesario determinará los programas de ajuste económico y de otorgamiento de crédito.

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En este contexto, el robusto economista proveniente del clan de los llamados Chicago Boys, recibe a Expansión en su sobria oficina de Palacio Nacional. De entrada, adelanta que desde su arribo promoverá activamente la instrumentación de mecanismos para prevenir la crisis financieras y, de llegar a un consenso, eliminar las llamadas líneas de crédito contingente (LCC), creadas para que los países cumplidores pudieran acceder a financiamiento en casos de problemas de liquidez. Las LCC obtuvieron un récord de solicitudes: cero. “Lo importante es premiar a las naciones que hagan bien las cosas en cuanto a la prevención de crisis.”

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Carstens tendrá por delante varios desafíos. Aún no sabe qué países le tocarán en suerte, pero no le teme a nada, ni siquiera al mayor hueso del momento. “Argentina es un reto –responde sin titubear–. Creo que es el problema más serio que enfrenta actualmente el FMI y ciertamente me gustaría que me asignaran esa misión.” Después de cuatro años de recesión, el país austral debe reestructurar su deuda con los acreedores privados por $76,000 millones de dólares. Su deuda pública total suma $140,000 millones de dólares.

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Stiglitz, “un teórico”
Despacha los últimos pendientes que le ha encomendado su jefe, Francisco Gil Díaz, pero Carstens habla ya como funcionario del Fondo. Se instala en el justo medio de quien defiende los preceptos originales del FMI, pero es consciente de que se debe transitar hacia nuevas fórmulas de apoyo a las naciones. La misma posición sostiene respecto al Consenso de Washington de 1989, que postuló que la vía del desarrollo pasaba por disciplina fiscal y monetaria y apertura comercial.

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El Premio Nobel de Economía en 2001, Joseph Stiglitz, arremete con fuerza en contra del FMI. Lo acusa de que sus políticas han acentuado el desempleo, la inestabilidad y la pobreza.
Stiglitz merece todo mi respeto como economista teórico, pero cuando se enfrenta a la realidad no hace muy buenos juicios de valor. El mandato del Fondo no es el abatimiento de la pobreza, o financiar los cambios estructurales que un país necesita: eso le corresponde a otros organismos, como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Nuestra función es ser  prestamistas de última instancia.

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El FMI es como un hospital de urgencias. Necesita tomar decisiones rápidas, obviamente lo más precisas posible. En el caso de una persona, el cirujano debe preservar su vida; en el de un país, sacarlo de la crisis y ponerlo lo antes posible en donde pueda reiniciar el crecimiento. Esto lleva de uno a tres años.

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¿De cuáles errores se debe responsabilizar el FMI?
De la crisis de Indonesia [1997]. No se hizo un diagnostico preciso y se le pidió al país una astringencia muy fuerte, cuando el problema no era necesariamente una política fiscal expansiva. El ajuste lastimó mucho a la nación.

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El reto del Fondo es flexibilizar la manera en que opera para poder responder ágil y adecuadamente a los nuevos eventos de crisis que se presenten.

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En diferentes foros el FMI ha destacado el manejo responsable de la economía mexicana. Sin embargo los niveles de pobreza siguen elevados. ¿Qué ha fallado?
Una de las cosas en las que nos hemos equivocado, pero que sigue siendo una prescripción del Consenso de Washington y que al final del día es puro sentido común, es que en América Latina nos falta mucho para fortalecer las instituciones. El Poder Judicial, así como las comisiones nacionales supervisoras de los sistemas financieros, no funcionan. Se han hecho una gran cantidad de reformas, pero en muchos casos han sido “supuestos cambios” que finalmente fueron peores. Aquí se liberó el sistema financiero bajo el supuesto de que había una buena capacidad de supervisión y regulación, y resulta que no la hubo. El problema no fue la liberalización, el trasfondo fue haberla hecho sin haber tenido las condiciones básicas de fortalecimiento de las instituciones reguladoras.

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Agustín Carstens subraya que al igual que en el Congreso mexicano, en el FMI aplicará la misma receta: paciencia, sentido común y oídos bien abiertos. “Tenemos 184 miembros, desde el más pobre hasta el más rico, y se trata de buscar soluciones unánimes.”

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La noble intención se antoja difícil, ya que Estados Unidos, Japón, Alemania, Inglaterra y Francia ponen en conjunto más de 50% del dinero y, por lo tanto, piden prioridad a sus sugerencias. “A diferencia de la ONU o la OMC, en el FMI hay mucho dinero de por medio;  tienes peso en las decisiones conforme a lo que has aportado, y eso es lo que a veces hace difícil cambiar las cosas.”

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Al menos, estas decisiones contarán con la experiencia de Carstens en la política y los apremios latinoamericanos.

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