La oportunidad del PRI

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José Antonio Crespo

El PRI ha tomado una decisión trascendental: abrir a la elección directa y universal la selección de su abanderado presidencial. No es el resultado de una súbita vocación democrática, sino de la necesidad, incluso urgencia, de encontrar un nuevo método para seleccionar a su abanderado sin provocar inconformidades y rupturas. En la larga historia del PRI hubo muchas sucesiones presidenciales que las generaron. La férrea disciplina priísta, que permitió al Presidente ejercer una dominación hegemónica dentro y fuera de sus paredes, se consolidó y pervivió durante varias décadas más.

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Las condiciones de esa vertical disciplina se perdieron en 1987, cuando una importante corriente dentro del PRI decidió abandonar al partido. La señal para los priístas, fue clara: antes de 1987, cualquier desafío o desacato a la disciplina del partido era duramente castigada con la exclusión, y fuera del PRI nada importante podía conseguirse. A partir del PRD, las reglas cambiaron: se puede desafiar al PRI y fuera de él hay una carrera promisoria, además de la posibilidad de reivindicarse ante la ciudadanía de un pasado personal autoritario.

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Los mecanismos para garantizar la disciplina vertical quedaron enmohecidos. La escisión ha sido crecientemente premiada con el triunfo en diversos procesos locales. De lo que automáticamente se concluyó que un “dedazo” tradicional inevitablemente provocaría la división y la ruptura del partido. Sólo un proceso convincente evitará la desunión.

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Ante ello surge la duda y el escepticismo, de propios y extraños, sobre la autenticidad del proceso. Hay una enorme –y comprensible– resistencia a creer que el "dedazo" ha dejado de existir. Se piensa, las más de las veces, que se trata de un sofisticado escenario, formalmente democrático, para quitar argumentos y justificaciones a los precandidatos que no son los favoritos del Presidente, y generar una convicción esencial a los priístas de que el ganador es plena y democráticamente legítimo. Y después, a partir de ahí, convencer de lo mismo al resto de la ciudadanía. Eso puede ocurrir, pero tampoco puede descartarse el hecho de que el proceso salga del control, y arroje un resultado distinto del esperado o, más probablemente, falle en su objetivo de conseguir legitimidad, conformidad de los derrotados y unidad interna. Es un riesgo el que corre el PRI al jugar a la democracia interna, como muchos de sus miembros lo han externado, pero se trata de un riesgo que era inevitable. Sólo corriéndolo podrá el PRI buscar su adaptación a las nuevas condiciones de competencia y exigencia democrática. Si fracasa en el intento, probablemente será derrotado, e incluso podría desaparecer. Pero si se hubiera aferrado a los viejos métodos, su ruptura y consecuente derrota hubieran sido el desenlace obligado. Al abrir su proceso interno, al menos tiene la oportunidad de salir adelante en el mayor reto político que ha enfrentado en su larga historia como partido en el poder.

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El autor es investigador del Centro de Investigación y Docencia Económica.

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