La paradoja de la elección

Tener demasiadas opciones puede ser malo para la salud financiera. Cómo no paralizarse al decidir e
Adina Chelminsky

La vida, solía decir  William Jennings, está conformada por elecciones; el destino no es resultado de la suerte sino de las decisiones que tomamos.

- La teoría económica tradicional pretendió ir incluso más lejos y, durante siglos, aseguró que la felicidad misma dependía de la posibilidad de decidir. Se pensaba que entre más libres fuéramos para elegir entre diferentes opciones mejor lograríamos maximizar nuestro bienestar. Algo así cómo “la elección os hará libres (y ricos y felices)”.

- El problema es que este pensamiento económico se formó en un mundo preindustrial y preinternet, en donde el concepto de la sociedad consumista estaba limitado por la capacidad de producción. Hoy, las cosas han cambiado radicalmente; la decisión ya no es entre A y B sino entre A e infinito. Y, sin embargo, esta mayor cantidad de opciones en vez de volvernos más libres (y ricos y felices) nos hace cada vez menos capaces de elegir adecuadamente y disminuye el nivel de bienestar que obtenemos de los bienes y servicios que consumimos.

- Uno de los mejores ejemplos de esta ‘paradoja de la elección’ es el caso de los instrumentos financieros. Día a día, la variedad de éstos, ya sea de inversión o de crédito, se multiplica a la N potencia. Los nuevos productos que se diseñan, muchas veces casi idénticos, no sirven para dar más opciones sino, al contrario, ha disminuido la certeza con la que se invierte y con la que nos manejamos en el mundo del dinero.

- No importa si somos inversionistas novatos o experimentados, el cúmulo de opciones influye en la manera en que nuestro cerebro puede tomar decisiones y en la forma en que las asimila una vez tomadas. Primero, porque nos paraliza; tener demasiadas opciones nos confunde y hace que posterguemos (generalmente hasta el nunca) tomar decisiones concretas. El exceso en la oferta de afore, por ejemplo, hace que para las personas sea más difícil decidir cuál elegir y/o a cuál cambiarse. Ver una lista de 15 o 20  opciones diferentes lo que hace, en vez de orientar, es confundir.

- Segundo, porque exacerba la manera en que medimos el costo de oportunidad. Una vez tomada la decisión (haber comprado el fondo, contratado el seguro, firmado el préstamo) nuestro cerebro entra en ‘modus dudandi’, ¿hubiera sido mejor la opción B… o la C… o la X o la Y? Y eso disminuye la tranquilidad con la que invertimos y nos hace más propensos a escuchar y a seguir consejos que pueden no ser sabios ni fundamentados, pero que siembran la semilla de la duda en nuestra cartera.

- ¿Qué puede hacer el inversionista ante esta paradoja? Sería maravilloso regresar a un mundo más simple, en el que la elección de fondos de inversión fuera entre 20 y no 300, pero esto es imposible. La feroz lucha entre proveedores de servicios financieros por morder una mayor parte de un mercado cada vez más líquido y rentable, hará que ofrezcan más y más opciones.

- Lo que sí podemos cambiar es la manera en que invertimos. Más allá de los temas de asignaciones del portafolio, el timing y las estrategias; educar a nuestro cerebro a ser más agudo a la hora de elegir.

- ¿Cómo? Primero que nada, separando en tiempo y espacio las grandes decisiones de las pequeñas. Un cerebro que llega hiperconfundido al momento de tomar decisiones financieras (después de un día de elegir entre opciones en el trabajo y/o la casa) o las toma entre mil llamadas telefónicas, es mucho menos agudo e incisivo. Dejar este tipo de decisiones a momentos y lugares de calma (¡o de relativa calma!) es fundamental.

- Segundo, antes de tomar cualquier decisión financiera preguntarse: “¿Qué es lo que quiero obtener?”. Ésta podrá parecer una pregunta absurda (la respuesta siempre va a ser pagar menos y ganar más), pero no lo es. Saber cuál es el aspecto que se quiere privilegiar en cada decisión. Al elegir una tarjeta de crédito, ¿es el servicio, el costo, los programas? Al escoger un instrumento de inversión, ¿es el rendimiento, la liquidez, el servicio de la institución?

- Por último, desenfocar la atención en lo que otros están haciendo y centrarla en lo que uno hace. La cuenta del vecino puede parecer más verde… Nuestro cerebro tiene que entender que esto es irrelevante.

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- Lo que podemos hacer es limitar el número de opciones a las que tenemos acceso. Esto no implica dejar de comparar entre diferentes productos o elegir la primera opción que tengamos a mano, sino delimitar la cantidad de productos en los que centramos nuestra atención. Sobre todo, tomar las decisiones de manera informada (o sea, leer la letra pequeña, entender y sopesar los riesgos) para que nuestro cerebro aprenda a confiar en las decisiones que toma.

- Adina Chelminsky es especialista en finanzas e inversiones personales.
Su Twitter: @CayMILL consultas: elexperto@expansion.com.mx

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