La raza empresarial

Admirados y menospreciados, emulados y criticados... Los empresarios regios no dejan lugar a sentimi
Valdemar de Icaza y Ulises Hernández

“Es regio…” Esa frase suele saltar como primer comentario entre los empresarios de la Ciudad de México cuando van a reunirse con algún hombre de negocios de Monterrey. El origen, confiesa un ejecutivo capitalino, es un factor de peso cuando se trata con los regiomontanos.

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Con el resto del empresariado mexicano no necesariamente ocurre así. ¿Qué hay en la idiosincrasia de los regios que su presencia suele imponer? Los sentimientos  contradictorios que despiertan anidan en una personalidad marcada por la fuerza de un carácter que rinde culto al trabajo y al ahorro. Pedantes y tacaños. O emprendedores y visionarios. Ambas cosas quizá.  Lo cierto es que hoy son el puntal del desarrollo industrial del país.

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Pioneros mexicanos en el proceso de globalización y en la integración a los mercados mundiales, que para ellos no significa más que la vuelta a su preludio exportador, los regiomontanos son una raza (forma común de referirse al grupo, en el caló local) cuyas actividades industriales generan 8.1% del Producto Interno Bruto (PIB) de México; venden en el extranjero sus artículos y sus facturas por este concepto alcanzan unos $6,000 millones de dólares al año, además de beneficiarse con 25% de la inversión extranjera directa que llega al país.

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Ser regio es ser orgulloso; es sentir que se  posee –como también sucede con otras etnias del país– una identidad claramente diferenciada del resto de los mexicanos; es tener el epicentro emocional en Monterrey, la ciudad que es diástole y sístole de la actividad industrial en este país.

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Los regiomontanos saben que son “el espíritu de la actividad industrial” de México, pero el título les ha costado ser el blanco del escarnio popular entre la gente, sobre todo del centro del país. Esa curiosa venganza pública –que, se dice, en el fondo podría esconder algunos dejos de inconfesada envidia– les acusa de provincianos, machos, tacaños, proyankis, puritanos y soberbios. Pero, ¿qué hay detrás de cada uno de esos adjetivos?

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Los entrevistados coinciden en que hablar de los regios es recurrir a un lugar común creado en el imaginario colectivo. Que, en realidad, el industrial neoleonés suele ser un sujeto con las mismas características y valores que integran el perfil del mexicano… sólo que aquel expresa y manifiesta esos valores mexicanos de una forma sui generis.

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Emprendedores: pueblo rico
Monterrey, la capital del norteño estado de Nuevo León, es una urbe de paisaje agreste. Un lugar árido en donde, se podría pensar, a poca gente le gustaría vivir. Pero los regios sienten su terruño de modo entrañable, y han hecho de él una metrópoli (de poco más de tres millones de habitantes) que presume de ser cosmopolita.

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Segunda mejor ciudad para invertir en el continente americano según la revista Fortune, la también llamada Sultana del Norte es el reflejo de sus habitantes. Una urbe existente por voluntad de los regios y que resplandece en el desierto a fuerza de grandes inversiones en infraestructura.

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Monterrey es, a fin de cuentas, el capricho de sus habitantes. Capricho que sólo el espíritu emprendedor pudo lograr. Y es, justamente, su carácter industrioso el que hace destacar a los regios en el empresariado mexicano. No falta quien se anime a sostener el lugar común que dicta: “Ciudad de México: empresario rico, empresa pobre. Monterrey: empresario rico, empresa rica”.

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“Los de Monterrey siempre están pensando en cómo mejorar sus empresas, no en cómo hacer para que les vaya mejor a ellos”, dice Rafael Rangel, rector del Sistema del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM).

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El resultado a través del esfuerzo resume el pragmatismo de los industriales de esta localidad. El conocimiento útil es el más apreciado.

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La empresa, por ende, es una sofisticada recreación del regiomontano: grande, moderna; muchas de ellas multinacionales y que han desarrollado peculiares formas de asociarse con el capital extranjero.

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Algo muy común es que la mayor parte de las coinversiones o joint ventures entre firmas regias y extranjeras se lleven a cabo en México. Además, otra peculiaridad de su gestión es que no les gusta perder el control en favor del capital foráneo. Casi siempre, la mayoría de las acciones queda en manos de los propietarios de las compañías neoleonesas.

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María de los Ángeles Poza, investigadora del Colegio de la Frontera Norte, señala que la gestión empresarial en la Sultana del Norte está orientada a la complementariedad de intereses. Así, por ejemplo, una firma regia atrae recursos externos para instalar una planta que se sumará a su cadena productiva. En este caso, el interés del socio extranjero es penetrar en el mercado local, a través de la infraestructura de su contraparte mexicana. Una muestra de ello sería Alfa. Otros grupos, en cambio, han preferido comprar empresas en el extranjero, como Industrias Monterrey (IMSA), que se ha hecho de plantas manufactureras y distribuidoras en Estados Unidos, Chile, Brasil y Argentina.

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Grupo Vitro combina las dos estrategias: tiene socios internacionales que han invertido en México, como Whirpool, y al mismo tiempo ha explorado compras y asociaciones en el exterior. En un tiempo fue dueña de Anchor Glass, vidriera estadounidense que no mucho tiempo después de ser adquirida por Vitro fue declarada en quiebra.

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Caso aparte es Cemex, una de las corporaciones mexicanas que más destacan en el mundo. Cemex se transnacionaliza a sí misma, con sus propios recursos, y sus coinversiones suelen ser menores.

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Gran parte de la seguridad del industrial regio estriba en el grado de control que tiene sobre sus empresas, incluyendo lo que toca al sindicalismo y la seguridad social. “Monterrey es el único lugar de México donde hay sindicalismo que nace bajo los auspicios de los empresarios. Por tanto, nace sesgado hacia los intereses de estos empresarios”, asegura Poza. Se refiere a una forma de sindicalismo “blanco”. Ese que, en vez de estar integrado a una corporación sindical o ser independiente, se mantiene en el ámbito de y se relaciona (y negocia) exclusivamente con la empresa. Por lo tanto, sostiene la investigadora, “colabora de alguna manera con la empresa”.

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Los industriales opinan que, gracias a este tipo de asociación obrera, en la capital de Nuevo León se han podido evitar los vicios del corporativismo sindical que tanto daño han hecho a las empresas del resto del país. Para dar fe de ello están los niveles de prestaciones sociales elevados. Antes de que existiera el IMSS, algunas grandes empresas de Monterrey ya ofrecían servicios médicos a sus empleados a través de clínicas y hospitales privados. Antes de la existencia del Infonavit, los trabajadores al servicio de un patrón regio contaban con créditos para vivienda. Antes de que se creara el Fonacot, muchos obreros de esta ciudad ya gozaban de créditos para su consumo. Hoy, numerosas compañías ofrecen, además, seguros de vida, membresías en clubes deportivos y créditos para viajes. En resumen: antes que existiera una Ley Federal del Trabajo (LFT), la industria local ya ofrecía beneficios significativos (que si bien no eran exclusivos de Monterrey, sí aparecían como común denominador, como factor de cohesión). “Lo que pasa es que cuando se plantea la firma de la LFT, los industriales se asustan ante la idea de que sus empresas fueran tomadas por sindicatos independientes”, refiere Poza.

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Ese nivel de mayores prestaciones que otorgan los empresarios neoleoneses es, para los académicos, una forma de garantizar la tranquilidad laboral en sus “feudos”; una política paternalista que beneficia en prestaciones pero que restringe la autonomía de los trabajadores para negociar sus contratos colectivos de trabajo.

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Oportunistas: pueblo afortunado
Las circunstancias han convertido a los regios en unos oportunistas… en el sentido no peyorativo de la palabra. Saber reconocer y aprovechar las oportunidades les permitió capitalizar las circunstancias que hicieron de ésta una ciudad atractiva para captar y retener el talento.

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A finales del siglo XVI se asentó en el valle que hoy ocupa la zona metropolitana de Monterrey un grupo de españoles, sefardíes conversos al catolicismo. Esa génesis judío-española es algo que pone de mal humor a los empresarios regios. Niegan de forma contundente que los fundadores de su ciudad tuvieran relación alguna con otra religión que no fuera la católica. Pero está documentado que Luis Carvajal, primer gobernador del Nuevo Reyno de León, fue acusado de hereje por el Santo Oficio de la Inquisición Española, por ocultar las prácticas judías de algunos familiares suyos.

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Más allá de la anécdota sobre su origen, es manifiesto que muchas personas ven en los regios dos rasgos del carácter  hebreo: pasión por el trabajo y manía por el ahorro. Características que los mexicanos suelen atribuir, no sin prejuicio, a los judíos. Como quiera que sea, la fundación de Monterrey fue, sin duda, la primera gran oportunidad que aprovecharon sus pobladores: era el sitio ideal donde pasar desapercibidos ante los ojos del poder central del Virreinato.

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Desde aquella época y hasta mediados del siglo XIX, fue sólo una pequeña población, donde predominaban las actividades comerciales. La historia de esta ciudad como gran centro industrial comienza luego del cambio más contundente de fronteras cuando, después de la separación de Texas, en 1837, y la guerra contra Estados Unidos, en 1848, México pierde la mitad de su territorio.

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Los nuevos límites significaron una segunda gran oportunidad para los industriales de Monterrey. La inaugurada cercanía con el vecino del norte convirtió poco a poco a la ciudad en una especie de prolongación de la economía de Estados Unidos; vinculación económica y geográfica que se hace presente hasta nuestros días.

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En la etapa inicial de la industrialización regiomontana aparecen familias como los Garza, los Sada, los Madero y los Zambrano. Clanes creadores de riqueza y fundadores de una particular, y dinástica, forma de transmitir su poder.

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Por su ubicación, la capital de Nuevo León se convirtió en la encrucijada donde convergían los caminos que ligaban a México con Estados Unidos, desde el centro, el norte, el oriente y el occidente. Tal situación fue aprovechada por el gobernador Bernardo Reyes (quien, curiosamente, era de Jalisco) para instalar aquí la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, detonadora de una actividad industrial que comenzó de manera simultánea con la fabricación de cerveza, vidrio y acero.

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“Desde que nació, el empresariado de Monterrey aprendió a manejarse con dos mercados: uno, el nacional, siempre más lento, y otro, el estadounidense, el más dinámico del mundo”, dice Mario Cerutti, investigador de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

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Tal dualidad marcó profundamente el comportamiento de los regiomontanos. Ya entonces gran parte de la actividad industrial local se destinaba a otros países. Para los años de la Revolución, la ciudad era un robusto y joven centro industrial. En esa época existía la tríada Chihuahua–La Laguna–Monterrey, que conformaban los emporios económicos del naciente siglo.

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Pero el movimiento armado desmanteló el poder económico de los principales grupos del norte de México. Poderosas familias, como los Terrazas en Chihuahua, cayeron en desgracia y la economía entró en una fase de crisis y reacomodo. En este contexto, Monterrey tiene su tercera gran oportunidad. A pesar de tener una burguesía porfiriana, su condición urbana e industrial le hizo sobrevivir. Los objetivos de la Revolución Mexicana eran agrarios, por lo que la capital de Nuevo León no se convirtió en un objetivo de esa gesta histórica: “Al no tener posiciones dentro del aparato de Estado, la revolución no les ataca directamente. Los regiomontanos son parte de los grupos de poder del porfiriato, pero no son el Estado porfiriano”, reflexiona Cerutti.

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Quizá el mayor “enemigo” que ha tenido el empresariado de esta región fue el presidente Lázaro Cárdenas. Y no tanto por el modelo económico instrumentado bajo su mandato, basado en una industrialización protegida de la competencia exterior, sino por los cambios sociales que impulsó –reparto agrario, sindicalismo, seguridad social– y su enemistad y ambivalente relación con Estados Unidos. En realidad, Cárdenas evitó dañar al grupo de empresarios de Monterrey porque ellos representaban el sector más moderno y pujante de la economía posrevolucionaria. Pero sus medidas sociales se impusieron aún sin el agrado de los regios.

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El cambio de gobierno y el arribo de Miguel Alemán abrió un cuarto periodo de oportunidades para los industriales de la Sultana del Norte: la reconciliación con el Estado. Hasta la década de los 70, las relaciones entre los empresarios y el gobierno mexicano fueron buenas. Los regios fueron grandes beneficiarios de la política de protección del mercado local y muchos de los grupos actualmente más poderosos se fortalecieron en este periodo, como IMSA y Protexa.

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Bonanza y un mercado doméstico cautivo permitieron la evolución de la industria local. El precio de ello fue decirle adiós momentáneamente a los mercados extranjeros.

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Gregarios: pueblo clubero
Tanto por su herencia europea, como por la americana, uno de los valores más arraigados de los mexicanos es su apego a la tierra. No conciben ésta como otros grupos humanos: algo perteneciente a Dios. No por nada “Tierra y libertad”, fue la principal demanda revolucionaria.

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Quizá este apego, combinado con un marcado sentido gregario, imprimió traducido en regionalismo y al carácter del regiomontano un aire desenfadado y ruidoso. “Somos un pueblo clubero”, califica Ulrich Sander, director de comunicación de Grupo Vitro, un hombre de ascendencia alemana que ya se considera natural de esta ciudad. La gente de aquí, añade, “pertenece a muchos clubes y sale en grupo, quisiera decir en manadas, pero sería indebido. Al regio rara vez se le ve solo. Eso se explica fácil: hace 200 años era inseguro andar y salir de Monterrey en forma solitaria.”

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En cualquier sitio que se presenten, estos hombres y mujeres de la Sultana del Norte destacan por la franqueza de su lenguaje: “Somos muy directos: lo que queremos es que nuestros mensajes se entiendan. Y la mejor manera de que se entienda un mensaje es decirlo en forma clara y directa… Pocas palabras”, asegura el director general de la Cámara de la Industria de la Transformación (Caintra) de Nuevo León, Fernando Villarreal.

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Gerardo Garza Sada, empresario y presidente de la Gran Comisión del Congreso estatal, sostiene que el lenguaje franco es privativo de sus paisanos: “La gente del centro está acostumbrada a hacer caravanas al poder, a ser servil, a decir una cosa para significar otra cosa… el no querer ir al grano.”

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Más conciliador, Rangel, del ITESM, explica que para el empresario del centro la redundancia del lenguaje es un valor, lo que lo aleja, culturalmente hablando, de sus colegas del norte: “Son culturas distintas y si me pregunta cuál es la mejor, no lo sé. Pero sí sé que son diametralmente opuestas.”

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Otro rasgo en la cultura que distingue al regio del capitalino es el supuesto espíritu proyanki de aquél. Su histórica y natural cercanía con Estados Unidos es vista con recelo en la capital del país. Y eso, para el exacerbado  nacionalismo del centro, es uno de los más graves pecados de los regiomontanos.

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Estos refutan a sus jueces: “Piensan que somos muy proamericanos, pero realmente hemos creado una cultura fronteriza distinta. Si ponen a prueba nuestra mexicanidad, se darán cuenta de que somos tan o más mexicanos que los de otras partes”, enfatiza Villarreal.

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Concuerdan con los demás entrevistados, para quienes la diferencia en cuanto a tratar a los estadounidenses está en que los empresarios de Monterrey  lo hacen en un plano de igualdad, y “no con el sentimiento de inferioridad típico de la gente de la capital y del sur del país”, afirman.

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“Lo que sí tenemos es un fuerte orgullo de ser regios, pero también hay otros regionalismos”, admite el director de la Caintra. En la misma tónica, Garza Sada no oculta su satisfacción por haber nacido en esa cuna: “Soy orgulloso de ser regio, pero si hay algo que aprenderle a los gringos, lo aprendemos; si es a los franceses, pues le aprendemos a los franceses, pero sin perder lo nuestro.”

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Es quizá esa ufanía lo que ha servido como muro de contención ante el avance de la cultura estadounidense en el territorio mexicano. Los regios, de forma unánime, piensan que este dique se cimenta en otro de sus logros: la educación, rubro que ha jugado un papel clave en el desarrollo y fortalecimiento de la clase empresarial de Monterrey.

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“La educación ha sido la piedra angular de esto”, afirma Eugenio Clariond, presidente de IMSA y del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios. Y su máximo orgullo se encuentra en el “Tec” de Monterrey, una institución fundada por Eugenio Garza Sada, patriarca de la principal familia regia, quien estaba convencido de que a la capital de Nuevo León le hacía falta tener su propio Massachussets Institute of Technologie (MIT).

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El Tec ha alimentado de cuadros a las corporaciones de todo México, ha abierto campus en los más pujantes estados de la Federación y es hoy la primera universidad latinoamericana que ha extendido sus cursos, vía satélite, a varios países del continente, incluidos Estados Unidos y Canadá. Y ya tiene en la mira a Europa…

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La educación se ha convertido en uno de los principales activos del empresariado de la entidad. “La preocupación (de los empresarios) por su formación y la de sus cuadros directivos e intermedios es muy alta. No solamente en lo que se refiere al aspecto profesional, sino desde el punto de vista social y familiar”, comenta Alejandro Fernández Villa, director del plantel del Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas (IPADE) en Monterrey.

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La composición del alumnado que cursa maestría en el IPADE es muestra de lo anterior: 35% son “emprendedores”, esto es, pequeños empresarios; otro 35% son “cartas de reemplazo”, es decir, los hijos que están preparándose para relevar a sus padres en la dirección de el negocio familiar; el restante 30% son jóvenes ejecutivos enviados por sus compañías que han visto en ellos potencial de liderazgo. El promedio de edad es de 32 años.

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El alto nivel educativo en el estado (tres años por encima de los siete, la media nacional) no ha evitado que la mayoría de sus pobladores manifiesten muy contentos su pertenencia a uno de sus tantos clubes: la Iglesia Católica.

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A diferencia de empresarios de otras regiones, el neoleonés es abiertamente católico practicante. Si a ello se agrega que en Monterrey suelen verse aún manifestaciones hostiles hacia minorías religiosas, sexuales y políticas, se entenderá por qué son señalados como puritanos. Un puritanismo, dicen los académicos, que ni siquiera el “baño de cultura” que recientemente se han dado ha podido borrar.

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Fastuosos museos, parques de atracciones, la mejor cineteca de América Latina… obras levantadas en esta década, que a los ojos de muchos capitalinos podrían parecer no otra cosa que “desplantes de nuevos ricos”, como afirma un ejecutivo que prefiere el anonimato. Pero eso a los regios quizá no les importe. Frente a la secular tradición cultural de los capitalinos, los norteños parecen imponer el demoledor poder de sus bolsillos para hacerse de recintos culturales y promover variadas manifestaciones del arte y la cultura.

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Políticos: pueblo grillo
“Los empresarios de Monterrey siempre nos hemos fajado para conseguir lo que deseamos. Y el del centro siempre ha sido muy agachón ante el gobierno… Esa es la diferencia…” La frase es de Garza Sada, el legislador, y resume de manera clara lo que es la posición de ese grupo frente al poder central.

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Pese a que con frecuencia se habla de la rivalidad entre los empresarios regios y los de la Ciudad de México, ninguno de los entrevistados afirma que exista. Lo cierto es que los del norte sí mantienen encuentros y desencuentros… pero con el gobierno central.

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Según el gobierno del estado, 12 grupos industriales asentados en Monterrey registraron, en 1997, ventas por arriba de los $20,000 millones de dólares. Tal poderío les coloca en posición para hablarle de tú al gobierno federal: “Debido a la concentración de influencia económica, se volvieron extremadamente importantes en términos políticos. Ellos no fueron controlados al mismo grado que la comunidad industrial del Distrito Federal o del Estado de México”, señala el investigador estadounidense Roderic Ai Camp, estudioso de las élites políticas mexicanas y profesor del Claremont-McKenna College.

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No es lo mismo, para los regios, Porfirio Díaz que Lázaro Cárdenas. Y las relaciones con el poder central gravitan en una órbita elíptica que permite distancia o cercanía en función de la orientación política de los gobernantes.

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Los años 70 fueron, quizá los más difíciles de esta relación. Las políticas “de tono socialista” del presidente en turno, Luis Echeverría (como la conversión en nominales de las acciones anónimas para gravar el capital, la escala móvil de salarios o el aumento de las cuotas del IMSS), y el agotamiento del modelo de desarrollo estabilizador hicieron sonar las alarmas en la Sultana de Norte. Y las cosas llegaron a mayores.

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En septiembre de 1973, miembros de la guerrilla urbana Liga Comunista 23 de Septiembre pretendieron secuestrar al  legendario Eugenio Garza Sada, quien resultó muerto en el episodio, cuando el cuerpo de seguridad que lo acompañaba intentaba repeler la agresión de los delincuentes.

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Echeverría acudió al sepelio y pudo darse cuenta cuán enojados estaban los industriales cuando uno de ellos le espetó: “…se ha propiciado desde el poder el ataque deliberado al sector privado, sin otra finalidad que fomentar la división y el odio entre las clases sociales.”

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La reconciliación no vino hasta el gobierno de José López Portillo, con su “alianza para la producción”, una medida que significó, entre otras cosas, $12,000 millones de pesos para el rescate del Grupo Alfa, agobiado por el endeudamiento.

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Las industrias regias crecieron en los años 70 de forma muy rápida y en rubros que les eran ajenos; aunado a los costos que esto significó, la crisis de la deuda a finales de esa década las llevó a un severo desequilibrio. “Lo interesante es que esa crisis prematura les obligó a reestructurar sus empresas: vendieron las nuevas adquisiciones para concentrarse en sus giros tradicionales, donde tienen mucha experiencia. Además, reestructuraron su deuda financiera a través de mecanismos como el Ficorca, 80% de cuyos recursos fueron para ayudar a seis grupos empresariales regios”, explica Poza.

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La gestión de negocios también cambió: se transfirieron las direcciones generales a ejecutivos profesionales no pertenecientes a las familias propietarias y se simplificó la estructura de las empresas, que se volvieron más horizontales, se restó fuerza a los corporativos como centros de control (controladoras) y se le dio más autonomía a las divisiones y unidades administrativas.

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Las ayudas que el gobierno brindó influyeron seguramente para que ningún empresario regio dijera “esta boca es mía”, cuando López Portillo nacionalizó la banca en 1982. Pero, tras el susto, la comunidad de negocios de  esta entidad consideró que ya no debía soportar más decisiones unilaterales del poder central y se abocó a actuar de forma directa en el poder político: “Lo que me empujó a participar en la política fue la necesidad de cambiar el sistema dentro del cual se manejaba el país, sobre todo en temas de democratización y de participación ciudadana en la toma de decisiones”, asegura Fernando Canales Clariond, empresario y actual gobernador del estado, quien pugna por una mejor repartición de los recursos fiscales de la Federación.

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Desde finales de los años 80 y comienzos de los 90  se extendió la idea de que debía haber “menos gobierno y más sociedad”. En términos económicos esto significó la venta de casi todas las empresas públicas, con lo cual el gobierno perdió su liderazgo económico y lo transfirió al sector privado. En Nuevo León el empresario se ha tornado, así, en protagonista de la vida política.

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Son ya dos los mandatarios locales que provienen de la alta empresa y los dos pertenecen a la misma familia (los Clariond). El saldo de su trabajo levanta polémicas. Sus correligionarios dicen que estos gobiernos han sido más transparentes, pero una buena parte de la academia insiste en que “no han asumido su liderazgo político, si por ello entendemos la configuración de un proyecto viable de desarrollo que incorpore al conjunto de la sociedad mexicana”, argumenta Poza.

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Habitantes de una de las entidades más endeudadas del país –casi $8,000 millones de pesos–, deben saldar, al menos, una asignatura pendiente: “Reorientar nuestra industria hacia sectores más modernos y productivos, como las telecomunicaciones, el software, los servicios médicos y la electrónica”, advierte el secretario de desarrollo económico de la entidad, Carlos Zambrano.

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El panorama económico es favorable: el éxito es, para los regios, un criterio que valida sus acciones. Visto así, el ámbito político también deja lugar al pragmatismo, toda vez que el empresariado local está dividido entre simpatizantes del PRI y de PAN, las facciones que más posibilidades reales tienen entre el electorado local. ¿Cuál es la diferencia entre un empresario priísta y uno panista?: “Ambos deben buscar la eficacia, satisfacer las necesidades de sus clientes… La diferencia está en la concepción de la actividad política o en las tesis que sustentan la solución de los problemas nacionales y locales”, teoriza el gobernador.

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Sander, quien por su cargo en Vitro trata directamente con muchos de estos empresarios, se limita a responder con una mueca irónica: “No hay ninguna diferencia entre ambos”.

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