La recuperación: ¿para cuándo?

La economía mexicana lleva por lo menos 19 meses en recesión; es la más prolongada desde la déca
Jonathan Heath*

A pesar de su duración, la crisis actual no ha sido tan profunda como otras que ha sufrido la economía nacional. Se ha dado en un ambiente de estabilidad de precios, lo que la sitúa en una clasificación diferente a las cuatro recesiones anteriores. En esta ocasión, se ha mantenido la trayectoria de la inflación a la baja y se ha conservado el poder adquisitivo de la mayoría de la población. La balanza de pagos no ha presentado ningún desequilibrio y no se han generado dudas acerca de la habilidad del gobierno para cumplir cabalmente todos sus compromisos con el exterior. Por lo mismo, se dice que este escollo es similar a los de las naciones industrializadas, ya que el país no se desmoronó como en ocasiones anteriores.

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Las consecuencias negativas han sido, sobre todo, que la tasa de desempleo aumentó de 1.9% en diciembre de 2000 a 3.0% en enero de 2002 y se perdieron más de 500,000 plazas formales, especialmente en los sectores manufactureros y maquila de exportación. Disminuyeron las inversiones y los niveles de inventarios, mientras el gobierno tuvo que reducir su gasto ante la caída en los ingresos tributarios.

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Sin embargo, no todos los sectores de la economía sintieron los efectos perjudiciales de la misma manera. Mientras disminuyó significativamente la producción industrial, se mantuvo a flote el consumo. Aunque las ventas al menudeo dejaron de crecer con el mismo dinamismo de los años anteriores, realmente no llegaron a disminuir. A través de esquemas novedosos de pagos diferidos con cero interés, muchas industrias, como la automotriz, mantuvieron sus ventas. Las empresas de alimentos, bebidas y tabaco siguieron avanzando, en algunos casos hasta a tasas elevadas.

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¿Cómo podemos explicar este comportamiento heterogéneo? En principio la respuesta es relativamente sencilla. Dado que la inflación permaneció a la baja y los salarios promedio crecieron por arriba de la inflación, no solamente se mantuvo el poder adquisitivo de la mayoría de la población, sino que aumentó. Esto permitió conservar el consumo e inclusive incrementarlo en ciertos segmentos. La baja en la inflación también hizo que bajaran significativamente las tasas de interés, lo que dio lugar a un mayor uso de las tarjetas de crédito.

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Una de las características típicas de una recesión en un país industrializado es la disminución en la tasa de interés. Afortunadamente, en el transcurso de la mayor parte de la que ha vivido el país se mantuvo estable el tipo de cambio. Esto no solamente ayudó al Banco de México a reducir la inflación, sino que permitió que se relajara la posición restrictiva de la política monetaria. El resultado fue un descenso en la tasa de interés de los Cetes a 28 días, de 18.29% en enero de 2001 a 5.28% en abril de 2002.

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Normalmente se esperaría que la reducción de los réditos se viera acompañada de una reactivación del crédito, que es uno de los vehículos para iniciar la recuperación. Sin embargo, esto no sucedió en México. Aunque se incrementó el financiamiento al consumo (principalmente en las tarjetas), el crédito directo de la banca comercial al sector privado siguió decreciendo. A raíz de la crisis de 1994-95, este sector sufrió un cambio estructural muy complejo, que lo alejó del mercado crediticio. Desafortunadamente no se ven indicios serios de que tal situación se pueda reactivar en un futuro cercano.

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Lo que mejor refleja la situación de la economía en términos del ciclo económico es el índice compuesto de indicadores coincidentes, que publica el INEGI. Cuando tal herramienta de investigación llega a un punto máximo y empieza a descender, termina la etapa de expansión y comienza la recesión. A la inversa, al alcanzar un punto mínimo y empezar a crecer, termina la recesión y se da pie a una recuperación. El último dato disponible (abril) sugiere que tocamos fondo en algún momento entre enero y marzo (el dato exacto lo conoceremos más adelante, cuando esté disponible mayor información) y que ya iniciamos la mejoría.  Sin embargo, parece que será lenta y tardará en consolidarse.

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¿Por qué anticipamos tal conjetura? Intervienen aquí varios factores. Primero, no disminuyó mucho el consumo de bienes duraderos en comparación con otras recesiones.  En una crisis típica éste es lo que más desciende, como automóviles, enseres domésticos y otros cuya compra se puede posponer de manera relativamente fácil. Si una familia pierde su fuente de ingresos o piensa que su empleo peligra, lo primero que hace es retardar la adquisición de ciertos objetos hasta el siguiente año. Esto se llama “demanda reprimida”, en el sentido de que existe el deseo de comprar un bien, pero por razones económicas se decide no hecerlo en ese momento. Entre más profunda es una recesión, más aumenta este fenómeno.

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Se trata, además, de uno de los motores principales de la recuperación. Al terminar la crisis, poco a poco las familias empiezan a realizar las compras que habían pospuesto. Por lo mismo, se dice que el consumo de bienes duraderos es muy “pro cíclico”, lo que significa que disminuye mucho más que el resto de la actividad económica en una recesión y crece más en una recuperación. Sin embargo, como no bajó tanto el consumo de bienes duraderos, se estima que no existe mucha demanda reprimida. Esto significa que no habrá el empuje adicional que tradicionalmente se da cuando inicia la mejoría.

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El segundo factor tiene que ver con el mercado crediticio. En una recesión disminuyen las tasas de interés, lo cual hace más atractivas la inversión y la compra de casas. Sin embargo, la banca comercial se ha visto renuente para reactivar la oferta de financiamiento, por lo menos en una forma seria. A través del cobro de servicios (por arriba del promedio del estándar mundial) y de los intereses que generan los pagarés de Fobaproa, la banca genera utilidades, pero no ha querido tomar el riesgo mayor que implica el mercado de crédito.

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Un tercer factor es el contagio de la incertidumbre e inestabilidad que sufren la mayoría de los países sudamericanos. No obstante, esto no va a afectar la economía real (a diferencia de la turbulencia en los mercados financieros) ya que nuestra dependencia externa está dirigida totalmente hacia Estados Unidos. La mayoría de los problemas económicos de América del Sur se derivan de factores políticos: en Argentina, existen pocas esperanzas de un acuerdo con el FMI por la propia falta de cooperación; en Brasil preocupa la popularidad del candidato de izquierda; en Venezuela amenazan las huelgas y el descontento político; en Colombia se espera mayor intensidad de los conflictos con la guerrilla. Sin embargo, estos acontecimientos no nos deberían de afectar. Nuestra preocupación tendría que centrarse en un posible deterioro de la economía estadounidense a raíz de la debacle bursátil, que se ha dado como consecuencia de una serie de empresas involucradas en estafas contables, como Enron y WorldCom.

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El último factor es el elemento político. La falta de funcionalidad del Congreso y su negativa para aprobar las reformas estructurales necesarias ha neutralizado las expectativas positivas que se generaron cuando México obtuvo el triple grado de inversión. Por lo mismo, es probable que los flujos de capital extranjero no aumenten en los montos necesarios para estimular el crecimiento económico y crear más empleos.

En resumen, estamos ya viviendo el inicio de una recuperación. Sin embargo, no existen muchos elementos para darle una mayor fuerza, por lo que debemos esperar que sea lenta y difícil.

* El autor es economista de Latinsource México.
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