La reivindicación de la ortodoxia

El Consenso de Washington, con su énfasis en la estabilidad y en las reformas estructurales, es tod

Los ojos de los inversionistas externos no suelen hacer diferencias entre los países latinoamericanos. Así, pese a que México está totalmente inmerso en la dinámica de América del Norte, más aún desde la firma del Tratado de Libre Comercio, es inevitable que las crisis en la región contagien de temor a quienes requieren de un mínimo marco de seguridad para invertir.

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En un seminario titulado Latinoamérica: a la búsqueda del crecimiento sostenible y socialmente responsable, celebrado el 31 de julio y 1 de agosto pasados en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, España, auspiciado por Grupo Santander y en el que Expansión estuvo presente, quedó claro que los grandes fallos de las economías latinoamericanas no se debieron a la ortodoxia macroeconómica, sino a la deficiente o incompleta instrumentación de las medidas de estabilización, aperturas comercial y financiera, y de reformas estructurales propuestas por el Consenso de Washington. Como bien señaló José Juan Ruiz, director del Área de Estrategia y Análisis de la División América del Banco Santander Central Hispano, si se contempla a la región en su conjunto, saltan a la vista sus pecados: vulnerabilidad de sus instituciones democráticas, corrupción, desigualdad en la distribución de la riqueza, bajo ahorro interno, dependencia del capital externo y bajas tasas de inversión. El pecado original sería la alta dolarización de los pasivos. Esta mezcla explica perfectamente bien la crisis mexicana de 1994 y la argentina de 2002.

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¿Qué ha fallado? José María Viñals, director general de Asuntos Internacionales del Banco de España, insiste en que no ha sido un problema de receta (Consenso de Washington), sino de dosis. El mejor ejemplo es Chile, el único país que ha sido capaz de impulsar estas reformas de manera contundente. En este sentido, se podría hablar de siete errores básicos: en varios países hubo fatiga en la aplicación de las reformas, se subestimaron los efectos de la liberalización de flujos de capitales en medio de rigidez cambiaria, se sobrevendieron la magnitud e inmediatez de las reformas, hubo ausencia de ownership y consenso en los programas, se omitieron aspectos sociales y no hubo cambios en la calidad de instituciones y gobiernos.

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¿Qué falta? En primer lugar, tener claro que no existen atajos hacia la prosperidad. Cuando se desean tomar (caso Hugo Chávez en Venezuela), aparecen problemas mayores. Para crecer de una manera sostenida habría que recuperar un modelo enriquecido del propio Consenso de Washington, tomando medidas para reducir la vulnerabilidad económica, como la consolidación de la disciplina fiscal y baja inflación, y la apertura comercial con acuerdos multilaterales. Deben completarse las reformas pendientes (aquí, México tiene aún mucho por hacer), realizar reformas de segunda generación (eficacia y solidez del sector público, transparencia y rendición de cuentas, seguridad jurídica), atender la agenda social (modelo Lula en Brasil) y, por supuesto, insistir en la mejora de la arquitectura financiera internacional para dar apoyo eficaz a los países.

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En México, más allá de las reformas no llevadas a cabo, parece que el reto es más de competitividad que de estabilidad. Jaime Serra Puche señaló en el seminario: “No tomar decisiones en materia de competitividad, como se está haciendo en México, es una forma de tomar decisiones. Las ventajas comparativas se han ido erosionando. El país debe reposicionarse estratégicamente en América del Norte para lograr ventajas comparativas y consolidar las exportaciones.” No hay otras opciones.

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