La renuncia al futuro

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Emilio Zebadúa

El autor publicó su libro Banqueros y Revolucionarios: la soberanía financiera de México, 1914-1929, editado por el Fondo de Cultura Económica, 1994.

- La distancia que existe entre el programa económico del gobierno -tal y como ha sido puesto en práctica a raíz de la devaluación- y la plataforma económica presentada por Ernesto Zedillo durante la campaña electoral, es sencillamente enorme. No sólo en términos estrictamente cuantitativos (que se pueden medir comparando las distintas metas macroeconómicas planteadas antes y después del 1º de diciembre), sino también en términos cualitativos.

- En ese entonces, el plan económico de Zedillo estaba sustentado, ni más ni menos, que en la más absoluta continuidad del proyecto salinista. Tan es así, que en las dos renovaciones sucesivas del Pacto que se llevaron a cabo después de las elecciones del 21 de agosto de 1994, los ejes fundamentales de la política económica del anterior gobierno fueron confirmados (en una ocasión tácitamente, pero en la segunda, incluso de manera explícita) por el propio Zedillo.

- El objetivo de continuar reduciendo la inflación de manera constante pasó así a formar parte del programa inicial del presidente, como también lo estuvo, hasta el último momento posible, el de mantener el tipo de cambio relativamente fijo, dentro de una banda de flotación.

- En prácticamente nada contribuyó (intelectual o políticamente) el nuevo equipo gobernante a renovar el programa económico salinista. Con la sola excepción -debe decirse, sin embargo- de un énfasis especial que el equipo de campaña de Zedillo quiso poner en "el crecimiento de la economía". Así, aquellos 10 no muy memorables puntos de campaña sobre la economía apuntaron en ese entonces a la necesidad de conciliar el programa salinista con un ritmo mayor de crecimiento del Producto Interno Bruto.

- Sin negar la importancia y el éxito de los logros macroeconómicos alcanzados por el gabinete económico del presidente Carlos Salinas (en el que tanto Jaime Serra, Guillermo Ortiz, José Ángel Gurría, Luis Téllez y el propio Zedillo fueron miembros prominentes), el nuevo gobierno consideraba indispensable acelerar la marcha de la economía.

- Una meta de crecimiento de 3% en 1995 (cifra que formaba parte de uno de los escenarios macroeconómicos considerados a fines del sexenio pasado) se estimó en ese entonces como "políticamente riesgosa". Y con los niveles tan altos en el déficit en cuenta corriente que ya venía acarreando la economía, una meta de 5% de crecimiento en el PIB para este año aparecía "imposible de financiar".

- Por un razonamiento así se llegó a fijar la meta final en 4% de crecimiento del PIB, que fue la que la Secretaria de Hacienda (bajo Serra) presentó públicamente a principios de diciembre. Ni 3% ni 5%, exactamente 4%. La continuidad quedaría así asegurada y habría un margen suficiente de maniobra que le debería dar al gobierno una economía en marcha.

- Como sabemos, todo esto se vino abajo muy pronto, y el fine tuning que los economistas en el poder creían poder darle al primer año del gobierno de Zedillo dio lugar, en cambio (bajo un nuevo secretario de Hacienda), a un plan de ajuste brutal. Y ahora las nuevas estimaciones que se derivan de este programa anticipan más bien una caída del PIB de entre 2% y 5%, dependiendo de quien está haciendo los cálculos.

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- De este modo, independientemente de si la continuidad entre Salinas y Zedillo logra salvarse una vez que se asiente el polvo de la crisis, lo que ya se ha perdido irremediablemente es la promesa (la única promesa) económica que hizo el presidente como candidato: hacer que el país crezca.

- En cambio, como resultado del programa de ajuste económico, el gobierno de Zedillo ha condenado al país a una severa recesión en 1995 y, de no haber próximamente un shock externo positivo o un programa de reestructuración novedoso (como lo fue en su momento el programa de privatizaciones o el anuncio del Tratado de Libre Comercio), el gobierno estará condenado irremediablemente a administrar la recesión un muy largo tiempo.

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