La rueda de la fortuna

Las inversiones en cartera son una expresión -de alto riesgo- del capital en la última parte del s
Alejandro Castillo

Muchos son los cambios que ha sufrido el capital en esta última parte del siglo. Desafortunadamente, todavía no se tiene claro de qué manera la economía y la humanidad se beneficiarán de los mismos. Por otra parte, cada vez son más los foros internacionales donde se señala que esos cambios implican fuertes riesgos para la estabilidad de las finanzas mundiales. Sin embargo, se ha avanzado poco en la interpretación de los fenómenos derivados de la nueva realidad económica mundial. De cualquier modo, se puede decir que la reacción de los principales organismos multilaterales en torno a la crisis de México reflejan el temor de lo que una ficha del dominó podría provocar en la pirámide de papel.

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En carne propia. La cada vez menor regulación en el flujo de capitales, la enorme capacidad tecnológica actual, que permite una rápida transferencia de recursos financieros de un destino a otro, y la concentración en unas pocas cabezas de la decisión de moverlos o no, son sólo algunos elementos del nuevo capitalismo.

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Las consecuencias también son múltiples. Hoy, en función de los rendimientos esperados y de la evaluación de los riesgos, esos capitales pueden inundar los mercados de los países emergentes o secarlos, en sólo unas horas. El problema es que, si bien la recepción de capitales es benéfica, lo caprichoso de sus movimientos resulta severamente dañino.

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Lo que ocurrió en México es un ejemplo. En sólo seis años, de 1989 a 1994, se recibieron flujos por $71,621 millones de dólares en inversión extranjera en cartera. En 1992 ingresaron $18,041 millones de dólares y un año después, en 1993, esa suma ascendió a $28,919 millones de dólares. Si se pudiera administrar adecuadamente esos recursos, las cantidades recibidas habrían permitido a México resolver una buena parte de sus problemas económicos.

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No obstante, canalizarlos hacia actividades productivas no es posible de inmediato, ni siquiera en las economías que operan con gran eficiencia. Y no es el caso de la mexicana.

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Es más, en el México salinista confluyeron varios factores para impedir que esos recursos se canalizaran productivamente. Por una parte, debido a la ausencia de una política de desarrollo industrial, los inversionistas no tenían, y todavía no tienen, una definición clara de los campos, condiciones y horizontes de rentabilidad que hagan atractivo el riesgo de destinar capitales a la producción. A eso se añade la existencia de un mercado interno muy estratificado y débil, y en ese tiempo un peso sobrevaluado y la presencia de una fuerte competencia externa.

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De ahí que, en los hechos, buena parte de la inversión extranjera en cartera que se captó durante el sexenio salinista se utilizó para financiar un creciente déficit en cuenta corriente. En la cuenta corriente de la balanza de pagos --que mide el saldo de los movimientos de bienes, servicios factoriales y no factoriales, y transferencias con el exterior-, el saldo negativo pasó de $2,375 millones de dólares en 1988, hasta casi $28,500 millones de dólares en 1994. La suma de los déficit en cuenta corriente registrados de 1989 a 1994 ascendió a $104,544 millones de dólares. En esos años el déficit comercial acumulado fue de $55,633 millones de dólares, en tanto que el saldo negativo de la balanza de servicios y transferencias sumó $48,9 10 millones de dólares. Respecto a esta última cifra, conviene hacer notar que sólo en intereses México pagó $60,291 millones de dólares y recibió $15,061 millones de dólares.

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Síntomas que no deben ignorarse. Como ya se ha señalado otras veces, el abundante ingreso de capitales foráneos coincidió con un momento en que las tasas de interés internacionales seguían una tendencia a la baja. Había una recesión en los países industrializados y los administradores de fondos buscaban afanosamente donde colocar sus recursos.

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El problema se presentó cuando los países industrializados comenzaron a recuperarse. Eso propició una mayor demanda de capitales y el inicio de un proceso de encarecimiento del dinero, que alcanzó su punto más alto cuando la Reserva Federal de Estados Unidos decidió elevar las tasas para desacelerar la recuperación y frenar eventuales presiones inflacionarias.

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Los países emergentes debieron ajustar sus economías a las nuevas condiciones de escasez de capital.

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Lo que no debe perderse de vista es que esos movimientos cíclicos duran cada vez menos. La velocidad con que se desarrollan nuevas tecnologías, la intensidad de los flujos de mercancías en un gran mercado global y la movilidad y magnitud de los recursos financieros son algunos factores que han contribuido a acortar el período de los ciclos del capital. De hecho, todo indica que se ha iniciado otra etapa de abundancia de capitales y nuevos riesgos de caer en el espejismo de crecer sin bases sólidas.

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Prevenir antes que lamentar. En esas circunstancias, que no son fáciles, los países deben diseñar sus estrategias económicas.

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Un ejemplo de lo que podría hacerse lo proporciona Japón, una potencia económica. De manera tendencia, la fortaleza económica de la isla lleva a las fuerzas del mercado a revaluar al yen. Particularmente, de principios de 1994 a inicios de 1995, el yen aumentó 20% respecto al dólar. Sin embargo, esa reevaluación ha sido rápidamente eliminada, aunque ello implicó subsidiar al dólar y reducir las tasas de su banco central a un mínimo de 0.5%. Pesó la necesidad de Japón de mantener el valor de sus reservas e inversiones en dólares en el exterior, así como su competitividad productiva a largo plazo. Atrás de las decisiones de los japoneses hay una concepción de las necesidades y cómo resolverlas.

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En México falta esa concepción de lo que somos y lo que debemos ser. En particular, el papel que se asigne a la inversión extranjera de cartera no debe depender de un simple juicio de valor acerca de su bondad o maldad, o si se está a favor del libre mercado o no. La inversión de cartera, como todos los capitales, nacionales y extranjeros, busca incrementar sus utilidades. Por eso, si se quieren resolver las necesidades de trabajo y bienestar de 90 millones de mexicanos, México debe dejar muy claro qué estrategia seguirá para promover y garantizar la inversión productiva.

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Sobra decir que como una consecuencia de esa definición, deberán quedar en desventaja los rendimientos que comparativamente pudiera ofrecer la inversión en cartera y, si su movilidad pudiera repercutir en las expectativas de la inversión productiva, también será necesario regularla. No se debe correr el riesgo de subirse nuevamente a la rueda de la fortuna.

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