La seducción de los rosados

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María Luisa Tavernier

Con la entrada de la primavera se antoja saborear los vinos rosados, tan olvidados en nuestro país. Sin embargo, el espectáculo cromático que ofrecen es muy seductor. Los hay rosa muy pálido, piel de cebolla, rosado cobrizo, con matices anaranjados o asalmonados.

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Es cierto que este tipo de vino no alcanza la complejidad de los tintos o blancos, pero hay que saberlos gozar para lo que fueron hechos: deleitarse con la frescura de su juventud (no más de dos años) y con sus jugosas notas frutales y florales. Servidos a la temperatura correcta –de 10 a 11°C– y en la copa idónea, el placer se incrementa notablemente.

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Se aprecian especialmente en los días calurosos de primavera y verano, bebiendo al aire libre como suelen hacerlo en tierras portuguesas, riojanas o navarras. Sirven como flanco a platillos aderezados con salsas suaves o simplemente como un lujurioso aperitivo.

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Los rosados provenzales o bordeleses destacan por su acentuada sequedad y estructura, cualidades que les da la garnacha o grenache; sin duda son los mejores del mundo, como el Tavel.

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Baja California nos ha dado la mejor noticia enológica del año: acaba de sacar al mercado La Tacha: ¡espléndido rosado!

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