La soledad de Palacio

En pleno síndrome 2006 un llamado tecnócrata da clases prácticas sobre qué es la política.

Francisco Gil Díaz, secretario de hacienda desde la llegada de Vicente Fox a la presidencia, dice que el principal problema de México es la debilidad de las instituciones. Después de 35 años en el sector público, ha ayudado a consolidarlas.

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El PRI, su partido, se fracturó en 2003 a la hora de (no) aprobar las reformas que resolverían la crisis fiscal que vivimos desde los años 80. Gran parte del PAN no oculta que lo ve como un intruso en el gabinete. En la oposición le reclaman un cambio en las políticas de control presupuestario en nombre del desarrollo; y gobernadores y secretarios critican su negativa a abrir el grifo de los recursos.

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Contra viento y marea, al margen de encuestas y golpes de efecto, Gil ha mantenido sus criterios de control del déficit público, sin dejar en ningún momento de sentarse a hablar, él o sus representantes, con sus críticos.

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Los resultados coinciden en general con el listado de méritos del presente gobierno, más allá del “cambio”: el riesgo país está en mínimos históricos; la inversión extranjera no ha dejado de fluir, pese a los serios problemas estructurales; y las tasas de interés han caído para bien de las finanzas públicas y de aquellos pocos elegibles para el crédito. La reforma de la banca de desarrollo y el Infonavit son éxitos incuestionables. El debate sobre la reforma de las pensiones llegó ya a la opinión pública, y queda en otras manos resolverlo.

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Gil puede presumir de su contribución a ciertos consensos básicos. Por las aulas del ITAM, miles de economistas aprendieron que el papel de Hacienda es el de “responsable”. Después de una entrada accidentada, con la imposición en 2001 de una propuesta unilateral de reforma fiscal, la secretaría de Hacienda ha hecho un esfuerzo por pasar de la cultura autoritaria del pasado a otra negociadora. Gil Díaz tiene una altivez molesta para tirios y troyanos, pero primero por medio de Agustín Carstens, hoy en el Fondo Monetario Internacional, y con interlocutores con Estados, municipios y los partidos políticos, puede decirse que la tecnocracia aprendió a hacer política. Falta su prueba de fuego: la reforma fiscal, hoy en manos de Gobernación.

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Es cierto que hay fracasos. La Administración General de Aduanas no logra abatir los problemas de contrabando pese a los esfuerzos realizados. Cabría exigir a nuestros técnicos algo más de imaginación para ampliar la base de contribuyentes si no se aprueba la generalización del IVA; el IPAB y el Fobaproa, soluciones de emergencia a la crisis de 1995, son objeto de una polémica eterna. Pero el balance de Hacienda es rotundo en comparación con el resto del gobierno.

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Gil asegura que no es político. Hoy, en Palacio Nacional defiende políticas públicas con visión de Estado, a la vez que se buscan consensos y el diálogo con terceros. Se podrá discrepar con él, pero en estos momentos en que la ambición de poder paraliza el país, la política se encarga por encuestas y el juego sucio es el mejor medio de negociación, se hace deseable la presencia de más políticos con el profesionalismo de un Francisco Gil Díaz. Una feliz paradoja.

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