La verdadera responsabilidad

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Joaquín Fernández

En 1990, la socióloga Janet Poppendieck decidió estudiar los programas voluntarios de beneficencia para ofrecer comida a los más necesitados de Estados Unidos, los llamados “bancos de alimentos”, una iniciativa ciudadana creada en los 80 para tratar de resolver la creciente pobreza causada por las políticas de Ronald Reagan. La investigación, que duró siete años, se tradujo en un libro, Sweet charity?, que vuelve a dar al traste con todas las teorías bien pensantes sobre filantropía.

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La académica no niega los efectos benéficos de esas actividades en el corto plazo, pero también evidencia una paradoja: cuanto más se multiplican las propuestas de caridad, más tiende a extenderse la pobreza. Lejos de resolver el hambre, actualmente existen en la unión americana más personas necesitadas de las que había cuando se crearon los bancos de alimentos. Los programas de beneficencia suelen servir de “válvula de escape moral” para tranquilizar la conciencia de quienes los practican, que así evaden su responsabilidad de exigir a su gobierno un cambio radical en las políticas que generan esa pobreza.

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Esto viene al caso debido a las insistentes llamadas a la “corresponsabilidad” de la sociedad por parte de Vicente Fox para resolver el ignominioso problema de la miseria en México. Tanto él como su esposa, Marta Sahagún, responsable del programa de benevolencia Vamos México, parecen creer a pie juntillas que la indigencia y el hambre se solucionarían en gran parte con una mayor respuesta del sector privado.

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Por definición, la acción ciudadana comienza donde falla la gubernamental. Que el gobierno pida a los mexicanos que sean corresponsables de resolver la pobreza es parecido a que un médico exija a un paciente que él mismo se diagnostique y se cure su enfermedad. La sociedad mexicana es profundamente injusta y resulta ingenuo creer que los mismos que han creado y favorecido esa condición van a saber ahora, por un mero cambio de partido en el poder, reconocer y enmendar los errores.

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Los programas de caridad del sector privado son bienvenidos, pero siempre como complemento a lo realmente esencial: una política gubernamental sólida, decidida a cambiar las reglas del juego, aun a riesgo de incomodar temporalmente a los más favorecidos. Para erradicar esa enfermedad, la administración tiene que enfrentar una titánica reforma integral. La modificación de los planes de estudio para inculcar menos patrioterismo y más conciencia de derechos; el diseño de un programa fiscal que promueva una mejor redistribución y la institución de un salario mínimo que garantice el nivel básico de bienestar son algunas de las medidas más urgentes a gestionar.

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Como bien lo explica el economista John Kenneth Galbraith en The Good Society, estas exigencias no contradicen en ningún momento los fundamentos de la sociedad capitalista y democrática. Al contrario, crean las condiciones para una economía más competitiva y una sociedad productiva y participativa y, en consecuencia, más floreciente. “No des generosas dádivas: haz leyes igualitarias, asegura la vida y la prosperidad y no necesitarás ofrecer caridad”, escribió hace más de un siglo Ralph Waldo Emerson. Menos “Vamos México”, y más “venga gobierno”.

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