La vida en el retiro

Para mucha gente, el cumpleaños número 60 marca la terminación de sus relaciones con el mundo. Pa
Claudia Aguilar

El retiro es, sin duda, uno de los acontecimientos más trascendentes en la vida de cualquier ser humano. Casi siempre inevitable, sus consecuencias pueden ser tan positivas como devastadoras. Ciertamente, muchos individuos gozan de la tercera edad como si fuera la primera, pero otros se derrumban por completo. Con el retiro sobreviene un súbito abandono de las actividades acostumbradas –intelectuales, sociales, físicas– y un cambio radical de vida: la persona de pronto se encuentra con las manos libres. Le sobran horas, le faltan retos. Y sólo tiene dos alternativas: aprovechar al máximo esa libertad o dejarse llevar por la inercia y consumirse poco a poco.

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“Sumergidos en la inactividad, la pérdida de metas, la soledad y el vacío, muchos terminan por caer en un estado depresivo que normalmente se acentúa conforme pasa el tiempo y que, en ocasiones, trae consigo enfermedades e incluso la muerte”, escribe Kenneth P. Scileppi en su libro Cuidemos a los padres que nos cuidaron (Editorial Diana, 1998). En efecto, con frecuencia este acontecimiento desata una profunda crisis individual que, si bien podría disparar la búsqueda de nuevos horizontes, en determinadas circunstancias bastaría también para acabar con los deseos de seguir adelante.

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Es común que, una vez retirado, el sujeto experimente una pérdida radical de sentido existencial. Quizás le parezca que su vida deja de tener significado y que queda inutilizado para realizar cualquier actividad “importante”. Ese sentimiento no debe sorprender a nadie: casi todos los seres humanos ocupan la mayor parte de su vida en la consecución de labores encaminadas, al menos de principio, a alcanzar una serie de metas concretas y útiles. En ello encuentran el objetivo idóneo hacia el cual dirigir sus pasos, el medio para mantenerse ocupado e incluso la excusa para distraer la atención y evadir ciertos problemas personales.

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Por otra parte, la misma sociedad otorga un valor muy alto a este tipo de actividades y, en sentido opuesto, ve con malos ojos todo aquello que no resulte productivo. Una persona común invierte prácticamente todos sus años “útiles” en la lucha por alcanzar propósitos bien definidos –trabajar, ganar dinero, ascender de puesto, hacer negocios, mantener a su familia– y convertirse, así, en un individuo de provecho. Pero, ¿qué sucede cuando esa misma persona, voluntaria o involuntariamente, deja ya de realizar tales actividades?, ¿cómo puede enfrentarse a un mundo donde los fines no son tan claros y el futuro, de por sí breve, luce tan oscuro?

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La calidad de vida después del retiro depende, en primer lugar, de la voluntad, capacidad y ánimo de cada persona. Sin embargo, existen diversos factores que igualmente la determinan: la carencia de apoyo familiar, la pérdida de seres queridos (el cónyuge, sobre todo), la existencia de alguna enfermedad, el dolor continuo o los problemas económicos son todos elementos que afectan directamente su estado emocional, físico y sicológico.

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Nadie se encuentra a salvo de este tipo de eventos, de ahí que resulte fundamental el desarrollo de una actitud positiva que permita hacerles frente, así como una cierta preparación que garantice una vejez tranquila. Como en todo, las fórmulas mágicas no existen. La experiencia de otros, sus hábitos, visión e ideas personales pueden arrojar un poco de luz sobre un camino extraño y en ocasiones tortuoso.

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