La Vieja pregunta <br>¿Falló México o

En los 90, el entusiasmo por invertir en los países en desarrollo fue una clásica burbuja especula

México vivió en 1995 el programa de estabilización económica más severo de su historia contemporánea. Ningún país había aceptado pagar tan alto el precio de la confianza de los inversionistas extranjeros. La producción nacional se desplomó más de 7%, desaparecieron miles de puestos de trabajo y un elevado número de empresas.

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Como el diagnóstico fue contundente —se perdió la confianza en México—, el objetivo del PARAUSEE fue restablecer las condiciones que en los años anteriores permitieron hacer de México uno de los principales destinos de los flujos de inversión foránea. Por supuesto, ésta sigue constituyendo el pilar de la estrategia económica, sin la cual está destinada a fracasar.

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Al finalizar 1994, el saldo de la inversión extranjera total sumó $16,165.8 millones de dólares; es decir, fue $17,142.3 millones de dólares menor a la de 1993, que significó recursos equivalentes a 9% del Producto Interno Bruto (PIB). La devaluación de diciembre fue el banderazo de salida para muchos inversionistas.

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La ilusión viaja en portafolios
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El inicio de los 90 marca un nuevo comportamiento de los flujos mundiales de capital debido a las reformas económicas en los países en desarrollo y a las bajas tasas de interés en las economías desarrolladas.

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Países con difícil acceso a los mercados de capitales pudieron hacerlo una vez inmersos en esas reformas. Hacia ellos fueron dirigidos los flujos de capital. Entre 1990 y 1993 el total de flujos de capital neto pasó de $39,800 a $154,700 millones de dólares. Fue el triunfo indiscutible de las ideas neoliberales.

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Probablemente el factor más importante en este contexto haya sido la aceptación universal —de gobiernos y de mercados por igual— de una nueva visión: el desarrollo de una nación lo produce el libre mercado. Tal es el parecer del economista Paul Krugman en su ensayo -Dutch Tulips and Emerging Markets, publicado en Foreign Affairs en agosto de 1995.

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La nueva visión del desarrollo y el crecimiento, denominada con frecuencia como el Consenso de Washington, se refiere no sólo a las ideas del gobierno estadounidense sino también a las instituciones financieras internacionales y a las redes de líderes de opinión en el mundo de los negocios que, en conjunto, establecen las formas de proceder en la economía mundial y en los negocios.

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Hasta antes de la crisis mexicana, los inversionistas y los organismos financieros internacionales preparaban estrategias para aprovechar el auge de las economías emergentes. México, que había sido el modelo de desregulación y de capacidad de inserción en la economía de mercado, y que había diseñado su estrategia con la asesoría de los organismos financieros internacionales, estaba pidiendo ayuda otra vez. Krugman se pregunta si la crisis mexicana es solamente un desatino de su gobierno o es la muestra de la falsedad del -boom de los mercados emergentes. Lo que sigue es, sucintamente, lo que responde.

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Una frágil esfera de cristal
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Luego de la crisis mexicana, el debate sobre sus orígenes e implicaciones muestra, por una parte, a un grupo que señala que la crisis dice más acerca de la política de corto plazo que acerca de la estrategia de largo plazo.

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Y hasta cierto punto esto puede ser cierto. Las crisis monetarias son tan parecidas unas a otras. La historia muestra una inmutable lógica por la cual el choque entre una insostenible tasa de cambio genera repentinamente masivos ataques especulativos. El ataque al peso en diciembre de 1994 se parece mucho al ataque a la libra esterlina, que a su vez es muy similar a los ataques al dólar de 1971 y 1973. Así es que no debiera sacarse una conclusión muy amplia del hecho de que México haya cometido los mismos errores que los países desarrollados cometieron alguna vez.

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En el otro lado, los defensores de las reformas económicas focalizan su análisis únicamente en los aspectos particulares de la crisis monetaria mexicana. Ciertamente, la combinación de la insurrección indígena de 1994, los asesinatos políticos no resueltos y las intrigas políticas no tienen comparación en ninguna parte en el mundo. Pero aún así, la crisis de México no es sólo un asunto mexicano. La crisis ya se esperaba, porque el éxito de las reformas económicas se levantó sobre expectativas excesivamente optimistas y no sobre sólidos resultados.

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De hecho, el reinado del Consenso de Washington fue, además de una burbuja especulativa, un sutil proceso de reforzamiento de creencias mutuas entre los hacedores de política y los inversionistas. Desafortunadamente, ningún proceso de reforzamiento de ideas puede funcionar si la burbuja estalla, mostrando que la realidad no es tan buena como la idea.

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¿Cuánto cuestan las reformas?
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Sin duda, las barreras económicas frente al libre comercio son más fuertes de lo que se cree. La teoría de que las tarifas y las cuotas de importación casi siempre reducen el ingreso real está muy arraigada y ha sobrevivido a una constante crítica. Pero la experiencia enseña que los gobiernos que pretenden que sus estrategias intervencionistas mejoren el libre comercio rápidamente son puestas en duda por un detenido examen.

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Hay un problema en esta teoría: la medición del costo de las políticas proteccionistas; es decir, la reducción del ingreso real que puede ser realmente atribuido a las tarifas y cuotas de importación, y que finalmente no es grande.

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El costo de protección resulta de la “mala colocación” de los recursos: las economías proteccionistas esparcen capital y trabajo en industrias en las que son relativamente ineficientes, en lugar de concentrarse en industrias en las que son relativamente eficientes. Es cierto que estos costos son muy reales, pero al sumarlos, los resultados son usualmente más pequeños de los que sugiere la retórica del libre comercio. Por ejemplo, en Estados Unidos las estimaciones del costo de protección se ubican abajo de 1% del PIB. De manera similar, economías hasta hace poco altamente protegidas, registran un costo mayor, pero no tan grande como se supone. Estimaciones de los costos de protección en países “cerrados” raramente han sobrepasado el 5% del PIB.

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La evidencia empírica sobre los beneficios generados por las políticas de libre mercado es, en el mejor de los casos, pequeña. Un estudio del Banco Mundial clasificó en 1987 a 41 países en desarrollo como cerrados o abiertos y concluyó que la apertura fue asociada con un crecimiento sustancialmente más fuerte. Sin embargo, ese estudio es cuestionado por usar criterios subjetivos para decidir cuáles países tienen libre comercio y cuáles no, en tanto que otros, que se proponen mostrar que los países con regímenes comerciales liberales crecen sistemáticamente más rápido que aquellos cerrados, lo son por sus frágiles resultados.

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No quiere decir esto que la liberalización del comercio no sea una buena idea. Lo es, pero esto significa que la amplia creencia de que moviéndose hacia el libre comercio y la atracción de capitales producirá una dramática aceleración en el crecimiento de los países en desarrollo representa más un acto de fe que una conclusión basada en evidencia real.

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En suma, un frío análisis de los efectos de las reformas económicas en curso en estos países en los años recientes parecen no justificar el entusiasmo declarado por estas políticas.

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Muchas mentiras dan una verdad
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En general, es conocida la manera en que una burbuja especulativa puede desarrollar un mercado financiero. Inversionistas vienen y toman el más favorable prospecto a la vista de un activo negociable. Esto conduce a un aumento en el precio del bien elegido. Si los inversionistas interpretan esta ganancia como una tendencia, se vuelven aún más interesados en comprar este activo, guiados por la siguiente alza y así subsecuentemente. En principio los inversionistas suponen que se pueden prevenir en el escenario de largo plazo las burbujas especulativas mediante la venta de activos que han devenido sobrevalorados y/o comprando aquellos que son baratos. No obstante, a veces los mercados pierden el escenario de largo plazo.

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El entusiasmo por invertir en los países en desarrollo en la primera mitad de los 90 fue una clásica burbuja especulativa. Primero, una modesta recuperación de los prospectos económicos de los sombríos 80 dejó una gran ganancia para los inversionistas, con buena disposición para invertir en estos mercados. Su éxito llevó a otros inversionistas a saltar llevando los precios más altos todavía.

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Paralelo a esto, el proceso de autoimpulso en los mercados financieros ya estaba en camino, un proceso de autoreforzamiento ideológico que fue tomando el lugar del razonamiento económico. En reuniones, discursos e intercambio de comunicados de los organismos financieros internacionales o en los foros mundiales ocuparon más tiempo y espacio los razonamientos ideológicos. La gente creyó historias porque gente importante las contaba. Cuando el sentido común ha llenado el ambiente, un acuerdo con esa sabiduría común deviene casi en una prueba general.

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En este contexto, México impulsó al final de los 80 un programa de liberalización comercial con no tan buenos resultados. Pero la renegociación de la deuda y su hábil manejo cambiaron la imagen del país. Con sorprendente velocidad los problemas de México parecieron desaparecer: las tasas de interés cayeron de 40% a promedio de 5 y 10% y paralelamente los flujos de capital comenzaron a crecer a gran escala. Los inversionistas fueron convencidos de invertir. México entró en “el círculo virtuoso de la economía”. Era en realidad una fotografía feliz. Pero, ¿por qué no pudo mantenerse?

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El modelo compite con la realidad
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De apenas un goteo en los 80, los capitales inundaron los países en desarrollo hasta alcanzar $154,700 millones de dólares en 1993. Relativamente poco de este dinero fue a Asia y menos de 10% a China y a los cuatro -tigres. Se dirigieron a las economías con programas de reforma, entre los que México ocupó un lugar importante. Esto permitió a México reducir su inflación de un promedio de 49% entre 1987 y 1991 a menos de 7% en 1994.

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Esa era la buena noticia. Pero había gran cantidad de noticias decepcionantes en tres frentes. La inflación promedio entre 1990 y 1994 era superior en México a la de su principal socio comercial; el crecimiento económico en esos años fue apenas de 2.5%, una tasa menor al crecimiento de la población y no obstante los $30,000 millones de dólares recibidos en 1993; los beneficios del crecimiento fueron apenas positivos en -término sper cápita, pero desigualmente distribuidos. Mientras el desempleo y la pobreza aumentaban, la Bolsa de Valores crecía notablemente. En suma, las políticas de libre mercado no generaron la explosión de productividad, nuevas industrias y exportaciones esperadas.

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Después de la euforia de la primera mitad de los 90, la crisis de México pareciera ser la palanca que pone el proceso en reversa. Los inversionistas no estarán dispuestos a continuar aumentando el flujo de capital a los países emergentes en la medida que no exista evidencia sustancial de crecimiento y ganancias. Un nuevo tipo de reformas, mucho más lentas y que no privilegien el premio de corto plazo a los mercados de capital, será más difícil de vender políticamente en el futuro. En este contexto, muchos países en desarrollo se colocarán bajo la idea de que el verdadero éxito de las políticas de desarrollo está en una inteligente planeación y un racional intercambio con el exterior.

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En este momento, la mayoría de los países en desarrollo rechazan tratar de regresar a políticas nacionalistas e intervencionistas, pues pueden ser castigados por los inversionistas extranjeros. Pero tarde o temprano algunos redescubrirán los atractivos de los controles de capital y entenderán que éstos pueden ser menos costosos que los ataques que sufren actualmente sus monedas y sus economías.

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